Cultura

MacLauchlin: 'En España entienden mejor a Kennedy Toole que en los EEUU y es por el Quijote'

Cory MacLauchlin ha escrito probablemente la mejor y más hermosa biografía de un autor a quien nunca podremos agradecer lo suficiente: John Kennedy Toole, creador de una de las novelas esenciales de la literatura norteamericana del siglo XX, 'La conjura de los necios' (Anagrama).

Un detalle de la portada del libro 'Una mariposa en la máquina de escribir'.
Un detalle de la portada del libro 'Una mariposa en la máquina de escribir'.

André Gide rechazó Por el camino de Swann por considerarlo un folletín y sin embargo Proust lo publicó con dinero de su bolsillo; el primer editor que leyó El libro de la selva le dijo a Kipling que no sabía usar el inglés y el de John Le Carré no dudó en espetarle que no tenía futuro. Cuando Robert Gottlieb, el editor de Simon & Schuster, leyó La conjura de los necios, en 1964, le dijo a John Kennedy Toole que tenía talento, pero que el manuscrito necesitaba trabajo; acaso que debía eliminar la excesiva peripecia de su protagonista Ignatius J. Reilly o a Myrna Minkoff. En fin, darle centro a una novela deslavazada, demasiado episódica para venderse en Estados Unidos. Lo hizo con educación y en una larga relación epistolar que duró dos años, hasta 1966. Kennedy Toole no llegó a verla publicada. Se suicidó tres años después, en 1969, a los 31 años, aquejado por una profunda depresión. Su madre, Thelma Toole, la publicó en 1980. La novela recibió el premio Pulitzer y se convirtió en un éxito editorial. Thelma aprovechó, claro, para acusar a Gottlieb de ser el culpable de la muerte de su único hijo.

¡Cuántas horas de trágica risotadas debemos a Kennedy Toole por Ignatius… Y cuánto a Jorge Herralde por haberlo publicado!

Entonces el mundo conoció la que puede que sea una de las mejores novelas norteamericanas del siglo XX, pero también al mito sobre el que más páginas truculentas se han escrito. Y ha sido un joven ensayista e investigador de la Universidad de Virginia, Cory MacLauchlin, quien ha hecho justicia al novelista John Kennedy Toole con un retrato honesto, escrito con belleza e inteligencia. Se trata de la biografía Una mariposa en la máquina de escribir(Anagrama), un libro que lleva por subtítulo La trágica vida de John Kennedy Toole y la extraordinaria historia de La conjura de los necios, que se ha presentado esta semana en el Ignatius Day, un homenaje realizado en Madrid para celebrar a uno de los personajes más entrañables y sarcásticos: Ignatius J. Reilly, aquel seboso Quijote que come perritos calientes y convoca excéntricas acciones de sabotaje social para rivalizar con su amiga Myrna Minkoff. ¡Cuántas horas de trágica risotadas debemos a Toole por Ignatius… Y cuánto a Jorge Herralde por haberlo publicado!

Escrita hacia 1962, mientras realizaba el servicio militar en Puerto Rico, fue la gran apuesta y el despeñadero por el que John Kennedy Toole decidió arrojarse. Hijo único, de una familia de clase media de Nueva Orleans, niño prodigio criado por una madre entregada y perfeccionista, y brillante estudiante y profesor, Kennedy Toole se debatía entre la necesidad de reconocimiento y la alienación de quien no soporta el fracaso, justamente por no haberlo conocido. Mientras completaba sus estudios en la Universidad de Columbia, escribió un poema que da título a este libro y resume la esencia de su vida y también la de esta conversación. El poema, The arbiter, termina con estos versos:

Creemos que el libro se vendió bien.

Aunque la tapa en sí atraería la atención d eun comprador:

una abeja enorme, abstracta, aplastando a una mariposa

con una tecla de la máquina de escribir.

Ahí estaba John Kennedy Toole despellejándose las alas como quien le pregunta a una flor mientras le arranca los pétalos: ¿escritor o crítico literario? ¿novelista o académico? ¿autor o profesor? A su alrededor, la abeja de la madre que quiso hacer de él un genio, el aguijón venenoso de quien llevaba la ventaja de no conocer la derrota. Mientras vivió, escribe su biógrafo, Kennedy Toole emocionó a sus familiares y amigos, también a sus alumnos. Por eso, si bien se quitó la vida, la historia de esa vida merece la comprensión. Algo que Cory MacLauchlin no le niega en una sola de las 400 páginas de este bellísimo libro y de los 35 minutos de esta entrevista.

Se quitó la vida, pero la historia de esa vida merece la comprensión. Algo que MacLauchlin en logra en las 400 páginas de este libro

-¿Quién es la abeja que aplastará a la mariposa con la tecla de la máquina de escribir? ¿Es Kennedy Toole la mariposa y abeja a la vez? ¿O lo son madre y Robert Gottlieb?

-Me gustan todas las respuestas. Para el momento en que Kennedy Toole escribió ese poema tenía que tomar una decisión. Estaba haciendo un master en Columbia. Pensaba en lo que hacen un crítico, un editor y un académico (analizar la literatura) en contraposición con un escritor.

-El poema se lo envía a Thelma Toole, su madre.

-Sí, quería saber qué pensaba ella. Porque al escribirlo, él se estaba preguntando: ¿Qué seré, un escritor, un crítico o un académico? Siendo una cosa tendría estabilidad económica, trabajo en la universidad. Siendo novelista quizá no tendría todo eso, pero sí reconocimiento. La respuesta a esa pregunta es la batalla de Kennedy Toole, que es la misma que libra al final, la que enfrenta al escribir La conjura de los necios y tras recibir un rechazo relativo, que no total, porque lo que consiguió de Gottlieb fue resistencia. Es ahí cuando decide dejarlo todo.

-El umbral de tolerancia de Kennedy Toole al fracaso es bajísimo. Incluso, es algo que parece incapaz de metabolizar, porque no lo conoce. De pequeño todo han sido halagos y éxito.

-Él no tolera el rechazo, entre otras cosas porque su madre tampoco tolera el rechazo. Él desde el día uno, está predestinado al éxito. Él debía ser un genio, y en verdad lo era. Tenía un coeficiente muy superior a los de los niños de su edad. Eso supone mucha presión.

-¿Pero no pudo enviar la novela a alguien más? Había muchos más editores que Simon & Schuster y Robert Gottlieb.

-Él había decidido que su meta era Robert Gottlieb. Y cuando vio que no iba a ocurrir tal y como él quería, decidió dejarlo. El plan que él diseñó en Puerto Rico no estaba funcionando tal y como él lo había pensado. No sólo quería convertirse en escritor, sino además conquistar el bienestar económico para terminar de sanear las finanzas de su familia y marcharse. Eso era la clave para irse a Nueva York y convertirse en un escritor independiente.

"Es muy fácil decir Thelma Toole mató a su hijo, así como es muy fácil decir que Robert Gottlieb mató a Kennedy Toole"

-Pero si terminó por odiar Nueva York, al menos eso es lo que se entiende en las cartas de sus últimos años.

-Ya, pero en un momento de su vida, Kennedy Toole ve Nueva York como el lugar para escribir. Aunque cualquier otro lugar distinto de Nueva Orleans habría sido bueno para él. Lo peor que pudo hacer fue quedarse en la casa, con su madre.

-Lo cual es 100% Ignatius Reilly. Es su retrato. En ambos, hay algo tragicómico: la presencia devoradora y paralizante de la madre.

-Esto es algo contra lo que luché. Es muy fácil decir Thelma Toole mató a su hijo, así como es muy fácil decir que Robert Gottlieb mató a Kennedy Toole. Su sentido del rechazo y del fracaso fue lo que lo llevó a la muerte. Toda persona que se plantea y ejecuta un suicidio es difícil de comprender, pero al menos en Toole coinciden una serie de temas.

-Entre ellos...

-¿Fue Gottlieb responsable que su madre leyera ante sus amigos las cartas de rechazo con Kennedy Toole sentando frente a ellos? Por supuesto que no. Gottlieb no tenía ni idea de cómo era Thelma Toole ¿Podría haber sido menos dominante Thelma Toole? Sin duda. Para mí podría ser sencillo decir que él debía marcharse de aquella casa, por supuesto, ella no es mi madre, era la suya. El sentido de responsabilidad de un hijo único…

-Y con un padre enfermo, además. Eso complicada todo aún más. Hacía a la familia más dependiente del escritor.

-Pienso que Kennedy Toole siempre sintió simpatía por su padre, primero por su enfermedad y también por la forma en que su madre trataba a su padre. A sus 16 años, Kennedy Toole tuvo que desarrollar un sentido de responsabilidad y cuidar de ellos económicamente. ¿Te imaginas a los 16 años buscando una nueva casa para tus padres? Ese peso recayó en él constantemente.

-Incluso estando a Kilómetros de distancia.

-Ya, pero en Puerto Rico, en esa pequeña oficina con la máquina de escribir prestada, encontró en La conjura de los neciossu billete de salida de aquella situación. Por eso, cuando ve que su plan no funciona, lo deja y se marcha a hacer el doctorado. Es ahí cuando se convierte en la abeja y asume el rol que había rechazado. Claro, ahí también juega un papel la enfermedad mental.

-Ya, pero, la depresión y este delirio de persecución que padece en los años finales parecen más una consecuencia que una causa.

- En eso estoy de acuerdo. No creo que Kennedy Toole sufriera de una enfermedad mental o una neurosis mientras escribiera La conjura de los necios. Ahí estaba en el pináculo de su vida, por muchas razones: estaba lejos de su casa, tenía una relativa seguridad económica, ganaba para pagar sus gastos y enviar dinero a su familia, tenía tiempo y espacio para estar solo… casi todo lo que un escritor desearía. Pero no se puede negar que en su familia había antecedentes de enfermedades mentales. Si él hubiese publicado la novela y cumplido su sueño, ¿se había suicidado? Probablemente no. ¿Podría haber ocurrido algo más en su vida?

"Para Toole, en 1969, el concepto de enfermedad mental era vergonzoso. El suicidio era vergonzoso"

- Podríamos decir que tanto Kennedy Toole como Foster Wallace son santos laicos. Sin embargo, ¿realmente, además de la muerte prematura, qué los une?

-El suicido es un tema difícil de resolver. Una de las ventajas que tuvo Foster Wallace, si se puede decir tal cosa, fue quizá el hecho de que en su tiempo existía una concepción más moderna de la enfermedad. Para Toole, en 1969, el concepto de enfermedad mental era vergonzoso. El suicidio era vergonzoso. En su funeral solo hubo tres personas. Thelma Toole estaba avergonzada de su hijo y lo culpaba por lo que había hecho. ‘Cómo te atreve a haberme abandonado’, le recriminaba. Ella destruyó su carta de suicidio. Cuando entrevisté a las monjas dominicas de la universidad en la que Kennedy Toole trabajó, me dijeron que, en el momento del suicidio de Kennedy Toole, ella lo que sentía era resentimiento y rabia contra su hijo. Luego, con el tiempo, una vez que reescribió la vida de su hijo al conseguir que se publicara la novela y se convirtió en alguien muy famosa, la cosa cambió. Pero inicialmente su actitud es otra. Cuando alguien muere, normalmente anuncias lo ocurrido y la hora del velatorio, para que las personas puedan presentar sus respetos y condolencias. Ella lo hizo al día siguiente. No quería nadie en el funeral. Porque la dejaba pobremente reflejada. Además, en una sociedad católica, el suicido era un pecado y eso también formaba parte de la vergüenza.

-¿Por qué cree que Thelma Toole publica La conjura de los necios, por ella o por su hijo?

-John Kennedy Toole era el proyecto de Thelma. Desde el comienzo y hasta su último aliento. Eso no quiere decir que no amara a su hijo, por supuesto que lo amaba. Ella lo decía: si yo he caminado en el mundo, ha sido por mi hijo. Pero, si tuviéramos a Thelma Toole aquí con nosotros y le preguntáramos sobre su hijo o sobre su suicidio, ella te diría primero cómo se sintió ella, que su corazón estaba destrozado y cambiaría después el tema; luego te diría lo hermoso que era de niño; hablaría de lo maravillosa que es la novela; haría una lectura dramatizada de algunas páginas; tocaría el piano; luego cantaría… ¿Qué tiene que ver eso con la novela? ¡Nada! Tiene que ver con un minúsculo estrellato. El proyecto funcionó para ella. El sacrificio fue recompensado. Públicamente ella culpó a Robert Gottlieb por la muerte de su hijo y ella quedó como la madre abnegada que llevó hasta el final el talento de su hijo genio.

-¿Qué le dijo Robert Gottlieb?

-Tuve una conversación asombrosa, extraña. Él me tomó por sorpresa. En primer lugar porque es muy difícil de contactar y muy difícil de convencer. Cuando lo llamé por teléfono para pedir una entrevista, lo primero que hizo fue preguntarme: ‘¿Le parece que La conjura de los necios es una buena novela?’ Estoy escribiendo un libro sobre el autor, así que sí, creo que es buena. Él me dijo: ‘Bien, porque ¿sabe algo? Yo en verdad no la recuerdo. Pero lo que sí recuerdo perfectamente es a Kennedy Toole’. Y se puso como una fiera. ‘¿Qué quería que hiciera? Su madre andaba por ahí diciendo que yo había matado a su hijo. Tenía dos opciones: o demandarla o, de manera muy educada, mostrar mi desacuerdo’. Entonces me dijo: ‘su hijo tenía talento, pensé eso en aquel momento, no creo que tenga ninguna responsabilidad y estoy contento de que ahora haya alcanzado la gloria que merecía’. Cuando hablamos después me dijo que había vuelto a leer la novela y que seguía estando bastante igual a como él la recordaba y que seguía necesitando un editor.

-Pero en el fondo, lo que importa de esa novela no es la trama al uso, sino Ignatius y sus peripecias.

-Estoy de acuerdo, pero piensa que hablando de los años sesenta. Kennedy Toole no tenía ninguna una pretensión política, él se estaba mofando. La risa era el punto. Él no estaba buscando un estandarte moral, sino episodios que permitieran y propiciaran el humor. Una de las razones por la que los lectores españoles entienden mejor y disfrutan mejor La conjura de los necios que los norteamericanos es porque son capaces de seguir este mecanismo, saben que el humor puede ser gran literatura y saben que un libro no tiene que tener un gran estandarte moral, que pueden disfrutar de los episodios, que es lo que ha Cervantes en el Quijote. Es gracioso, es trágico. Y de eso se trata. El lector norteamericano no estaba preparado para eso y todavía no lo entiende.

-¿Me está hablando en serio?        

-Totalmente. En Estados Unidos hay gente que odia o ama La Conjura de los necios. Si la odia, la desprecia. Se sienten ofendidos de que haya recibido el Pulitzer o cualquier tipo de atención, porque les parece un libro horrible. Pero los que la aman, no es que la hayan leído y digan: ‘Oh, me ha gustado’. Estamos hablando de gente que la lee cada año como un ritual, como una devoción. Creo que Robert Gottlieb es un hombre muy inteligente y que, para el mercado americano, no estaba necesariamente equivocado. En lo que no estoy de acuerdo con él es en el hecho de que esta novela no tuviese mérito literario.

-Hay algo que usted no aborda directamente en el libro: el supuesto alcoholismo de Kennedy Toole. ¿Por qué?

-Me lo plantee. Pero no lo hice por varias cosas, una de ellas tiene que ver con el hecho de que el alcohol es distinto en Nueva Orleans, porque prácticamente está insuflado en la vida de la ciudad, especialmente en los años sesenta, setenta y ochenta. El alcohol es parte de su cultura. La cuestión de una adicción es diferente. Toole bebía y mucho, sus amigos lo decían: que daba la impresión de estar bebiendo todo el día y sin embargo ser inmune a las consecuencias. Pero… ¿era una lucha personal? ¿le impedía escribir o se lo hacía más fácil? No lo sé, es como al homosexualidad. No lo sé. Quién llevaría una chica a casa para conocer a Thelma.


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