Cultura

¿Qué tienen que ver un vaso de agua por 20.000 euros y el entierro de la sardina? ¡Pues todo!

El artista cubano Wilfredo Prieto levanta revuelo en ARCO con su vaso de cristal medio lleno de agua que vale 20.000 euros. La obra de arte como mercancía copa el -manido e inagotable- debate sobre qué y qué define el arte. La respuesta está en todos lados: desde las visitas guiadas a los coleccionistas -el flaneur convertido en turista- hasta el motor cascado de 'lo cultural'.

Vaso medio lleno (2006), de Wilfredo prieto. Imagen: Nogueras Blanchard
Vaso medio lleno (2006), de Wilfredo prieto. Imagen: Nogueras Blanchard NB

Hasta el momento no se ha vendido y no será por falta de publicidad, mucho menos por falta de ganas de Wilfredo Prieto, cuyo nombre ha trascendido en esta edición de la feria ARCO. ¿La razón? Un vaso lleno, hasta la mitad, de agua. Sí: eso. Con 'tan poco' se ha armado una verdadera tormenta. Entre otras cosas porque cuesta 20.000 euros. Sí: un vaso de agua posado en un estante de madera cuesta lo que el salario bruto anual de algunos españoles.

Expuesto en la galería Nogueras Blanchard, con sede en Madrid y Barcelona, la obra de Wilfredo Prieto-que lleva por título Vaso medio lleno-, hace un guiño al arte conceptual que eclosionó en los sesenta y setenta; esa corriente que todavía influye en el arte contemporáneo y que se recicla de generación en generación como un aceite viejo en el cascado motor de la cultura. La noticia de la exhibición de esta pieza en ARCO ha desatado una nube de titulares, tertulias y una cierta demagogia tan saludable como retórica. ¿Puede costar un vaso de agua 20.000 euros? Se preguntan unos mientras otros, más optan por decir: ¿Debe costar un vaso de agua 20.000 euros?

¿Puede costar un vaso de agua 20.000 euros? Se preguntan unos ¿Debe costar un vaso de agua 20.000 euros?, se interrogan otros.

Buena parte de ese precio lo explican dos datos dependientes el uno del otro. Primero, la trayectoria de Wilfredo Prieto, discreta pero solvente para sus 36 años –una de sus obras forma parte de la Colección Solomon Guggenheim o el Pompidou- hasta las leyes del mercado del arte, esa cubeta que se empoza como las aguas que polucionan en los estanques. Oferta, demanda, mercado, mercancía.

Ni esto es nuevo ni debería –en principio- coger a nadie por sorpresa. A este 'sinsentido' -20.000 euros por un vaso de agua-, lo explica la economía: "Es un tema puramente de mercado, de la ley de la oferta y la demanda. Wilfredo Prieto es un artista conceptual que lleva con nosotros diez años y produce muy poco. Trabaja con materiales que se pueden reponer si se estropean, como las frutas", ha dicho Ález Nogueras, uno de los propietarios de la galería.

Hay mucho más que economía detrás de todo esto. Mejor dicho, hay de todo: ideología, espectáculo, circo... todo junto –confundido- como el tiempo en el que ocurre. Desde hace ya décadas, críticos y artistas llevan muy claro que el arte ha muerto y no pasa nada por bailar sobre su tumba –las más bellas en sitios como el MoMa, la Tate o ferias como Frietze y Basel-. Si desde hace ya tiempo, antes de Walter Benjamin -allende el romanticismo que diría Woodsworth-, hablamos de la muerte del arte, ferias como ARCO –o cualquiera en Europa y Estados Unidos-  no puede ser otra cosa que el entierro de la sardina, uno que dura, en este caso, 5 días: desde el 25 hasta el 01 de marzo , las fechas en las que ARCO abre sus puertas.

"Es un tema puramente de mercado, de la ley de la oferta y la demanda".

El vaso de agua, claro, es lo suficientemente hilarante e irónico como para sacudir a unos y a otros. Pero no muy lejos están las esculturas decorativas de Julian Opie –más de 100.000 euros cada una- que los coleccionistas miran, atentos, mientras un guía contratado por la feria les da un paseo comentado sobre qué es cada obra y cuánto cuesta. Casi como japoneses en peregrinación a las tiendas Louis Vuitton. ¿Es nuevo? Pues no.

Desde Marcel Duchamp y su urinario resignificado como La Fuente (1917)y firmado por R. Mutt, el objeto se ha separado y superado el concepto de valor en sí mismo y ha desacralizado la idea de autoría. De eso hace ya casi cien años y sin embargo  el mecanismo se replica, desprovisto de su cinismo inicial, un chiste reblandecido en el uso que lo ha vaciado de contenido. Eso incluye desde el vaso de agua de Prieto hasta las Cajas de brillo de Warhol o los tiburones de Damien Hirst. Tiempos aquellos los del flâneur de Baudelaire, al que ahora alguien lleva de la mano como a un turista y no como el ocioso paseante que todo lo descubría en el París de finales del siglo XIX.

El gesto de sacar un objeto de contexto –un urinario, un vaso, un animal disecado- y meterlo en una galería o en un museo -acceder al sistema que permite entrar en esos espacios- lo empuja precipitadamente a un nuevo estatus. El mecanismo, sin embargo,  ha envejecido y se ha vaciado del contenido original para llenarse de otro: aquel con el que los actores del arte y la larga cadena de intermediarios desde el artista hasta el coleccionista generan esa fuerza autónoma llamada mercado. Esa caja negra donde todos intervienen, la más perversa y ‘democrática’ conjunción. Si existe es porque alguien está dispuesto a pagar por eso.


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