Cultura

Tras los bandazos de otros años, ARCO tiene al fin algo que contar: se llama Colombia

Una buena parte de los artistas colombianos que exhiben en esta edición de ARCO nacieron a finales de la década de los setenta. Se trata de una generación que presenció el auge y caída de las FARC, la eclosión del narcotráfico y la sangrienta época de los extraditables. Hoy, capaces de mirar atrás y libres de la violencia como signo, trazan un nuevo relato colectivo lleno de claridad y fuerza.

El hecho de que ARCO se dedique al arte contemporáneo no la ha eximido jamás de ser, al fin y al cabo, una feria. Sí, con su propia noria, su tiro al blanco y su mujer barbuda; todo dando vueltas alrededor de un tiovivo que parece el mismo año tras año, aunque los pony cambien de color. En esta ocasión, sin embargo hay una noticia. Por primera vez en muchas ediciones, ARCO tiene algo que contar o puede, quizá, que haya conseguido la forma más honesta de contarlo: y ese algo se llama Colombia.

La 34 celebración de la madrileña feria de arte contemporáneo es, según muchos, las más latinoamericana de sus ediciones, pero habría decir, también, que puede que sea la más coherente en los últimos años. Este 2015, también con Carlos Urroz al frente de la cita, acuden un total de 218 galerías de 29 países: 71% son extranjeras y, lo que es más específico, 52% provienen de Latinoamérica. No hay que dejar de lado el programa #SoloProjects: las propuestas individuales de 24 artistas latinoamericanos -uno por galería- que aportan una reflexión menos entumecida sobre la práctica artística.

Esta vez ARCO tiene algo que contar o puede, quizá, que haya conseguido la forma más honesta de contarlo: ese algo se llama Colombia.

En ese enorme concierto, Colombia, el país invitado, lleva la voz cantante; al menos todo está dispuesto para que dé esa sensación de coro. Más de cien artistas, 10 galerías invitadas y veinte exposiciones diseminadas a lo largo de todo Madrid revelan de qué forma un país puede encontrar un relato renovador, que no amnésico, para contarse mejor y más profundamente.

Bajo la curaduría del comisario Juan Andrés Galán, Colombia queda retratada en esta edición de ARCO en un amplio registro en el que cabe desde la reflexión sobre una identidad colectiva hasta elaboraciones más complejas sobre memoria, demolición y futuro. Eso sin dejar de lado, claro, que el arte –como pulsión y reflexión; pero también como representación y relato- puede ser entendido no sólo como una práctica de mercado, que también, sino como el centro de una sociedad decidida a entender .

ARCO, que abrirá sus puertas al público general a partir del viernes 27 de febrero, será inaugurada este jueves por los reyes. Desde 2009 FelipeVI y Letizia no han faltado ni un solo año a la inauguración de la feria de arte contemporáneo , y este año, ya como Reyes, cumplirán de nuevo con esta tradición, mañana jueves en el Parque Ferial Juan Carlos I.

Diez galerías, más de cien artistas y un país

Por lo largo y extenuante del recorrido, vale la pena comenzar  por el pabellón 9 de Ifema, donde están concentradas las 10 galerías elegidas para #ArcoColombia. Una de las más complejas -en su aparente sencillez- es la Galería De la Oficina. Creada en 1972 por el arquitecto de Alberto Sierra –promotor del Museo de Arte Moderno de Colombia-, se presenta, cual díptico, el trabajo de dos artistas: Iván Hurtado (Medellín, 1970) y Pablo Gómez (Medellín, 1975) . Presentadas una junto a otra, ambas propuestas dibujan una línea continua entre la demolición y reconstrucción.

Tanto Hurtado como Gómez pertenecen a una misma generación. Ambos vivieron su juventud entre el esplendor económico del narcoterrorismo en Medellín con Pablo Escobar, así como la progresiva desaparición de una ciudad –acaso más rural, apartada- por otra alucinadamente urbana y delirante, la que se levantó sobre el imperio de la droga y bajo la que creció un nuevo estamento: la violencia como profesión, una épica de la que han dado buena cuenta creadores como Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios. Y aunque todo apuntaría a que la reflexión plástica podría encallarse en la versión actualizada de un mismo problema; dista mucho de ser tal cosa.

Tanto Iván Hurado como Pablo Gómez y Carlos Motta sobresalen entre los 20 artistas elegidos.

"Ambos cuestionamos la memoria. A la vez que destruimos una, proponemos otra. Muchos artistas tuvieron que lidiar con su propias formas de representar el país. Nosotros, sin dejar de aludir al pasado, entendemos que hay que formular un futuro”, explica Pablo Gómez ante la pieza In Pursuit of a Perfect Demolition, una instalación que reproduce la que podría ser la estantería de una tienda de bricolage: martillos, picos, palas, chalecos de construcción, cintas adhesivas… Ese punto intermedio, la metáfora del utensilio como herramienta para demoler y construir, es lo que sujeta la instalaciónn. A través de dibujos prácticamente abocetados, Iván Hurtado denuncia en cambio la destrucción y desaparición de los lugares más importantes de Medellín, sin necesariamente aludir a la naturaleza de esa demolición.

Al preguntar sobre qué los distancia de discursos previos como, por ejemplo, el de Doris Salcedo, los artistas colombianos se resitúan en su propia circunstancia: una realidad que se redescubre con el paso del tiempo. "Doris Salcedo y su generación vivieron una realidad tan violenta que no podían escapar de ella, ni hablar de otra cosa. Nosotros, en cambio, vivimos una transición. Hemos visto los desplazamientos de ciudadanos por la violencia, pero también un boom económico. Nuestra realidad es distinta y nuestro lenguaje también", asegura Pablo Gómez.

En el stand de Instituto de la Visión, se exhiben los proyectos de Carolina Caycedo –una de las artistas colombianas de mayor proyección internacional- y Carlos Motta, quien presenta la instalación Seis Actos: Un experimento de Justicia Narrativa. Exhibida en el Guggenheim de Nueva York en el año 2011, la pieza se recrea en las elecciones presidenciales de Colombia en 2010.

A través de distintas pantallas, Carlos Motta proyecta en cada una el vídeo de seis actores de diferentes clases sociales y orígenes étnicos, quienes recitan seis discursos de líderes liberales de izquierda: Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa, Jaime Pardo Leal, Carlos Pizarro y Rafael Uribe; todos asesinados en los últimos cien años, justamente, por su ideología política. Revisitadas en el tiempo, en el aspecto y la voz de quienes repiten sus palabras, una perversa poética de la desilusión y la resignificación adquieren el efecto de una llamada a la reflexión. La corrupción y la violencia como discurso interminable. Otra vez la memoria como operación de identidad.

Existen, claro, obras flojas, de relamido postureo. Se trata de María Alejandra Garzón con Suntuosa vulgaridad.

Existen, claro, obras flojas, de relamido postureo, en este caso alusivas al género. Se trata de María Alejandra Garzón con Suntuosa vulgaridad. Sin embargo, vistos en conjunto, al momento de comparar a un Oscar Murillo –quien expone en los Solo Projects y también en una muestra individual De marcha, ¿una rumba? No, sólo un desfile con ética y estética en el Centro Cultural Daoiz y Velarde- con el discurso de artistas como Nadín Ospina, Mateo López, Juan Fernando Herrán, Juan Manuel Echevarría o José Alejandro Restrepo, el espectador tiene la sensación de encontrar una sustancia común. No es necesariamente afirmativa ni optimista, pero sí mucho más elaborada en la confitura de quien duda, reflexiona, se detiene. Alguien que da vueltas, de forma distinta, a un mismo lugar.

América Latina, cuando la práctica artística sustituye al territorio

Dar cuenta detallada de todos los artistas que participan en ARCO, además de imposible, es una necedad. Representada en un potente crisol, América Latina –siempre problemática por su diversidad y heterogeneidad- tiene una representación significativa en la cantidad y la calidad de lo expuesto. Así lo demuestra la sección #SoloProjects: 24 propuestas presentadas por 24 galerías, la mayoría de ellas con creadores iberoamericanos.

En el programa general, en cambio, reluce el trabajo de la artista mexicana Teresa Margolles en la galería suiza Peter Kilchmann. En su obra, Margolles denuncia la violencia y la muerte que asolan a México. Partiendo de la documentación fotográfica, la mexicana observa la realidad como si despegara –cual pegatinas- capas de sentido. Un paisaje aparentemente desangelado, por no decir demolido: el de las casas abandonadas en la zona fronteriza entre México y Estados Unidos y en los que la sola fachada se refleja como ruina.

La mexicana Teresa Margolla y el venezolano Luis Molina-Pantin aportan miradas sobre el paisaje y objeto en tanto ruina.

También enfocado en la ruina, en el gesto extractivo del que colecciona, e incluso en la idea de la demolición como una práctica arqueológica, el artista venezolano Luis Molina Pantin muestra en la galería Henrique Faría distintas piezas. Una de las más potentes, la que más resonancia produce en el espectador, incluye una selección de fotografías de huchas –piezas descontinuadas y recuperadas con la paciencia del coleccionista- con las que los bancos venezolanos incentivaban el ahorro entre sus clientes hace unas décadas.

Es una colección que empuja hacia una orilla del espectador los restos del naufragio. Las alcancías pertenecen a entidades bancarias quebradas o intervenidas por el Estado venezolano y que forman parte de la serie 28 Piggy Banks from Venezuelan Intervened or Bankrupted Banks, de 2011. La sola lectura de eslóganes como “Familia que ahorra… Familia feliz” se vuelve doblemente hilarante –e irónico- si se examina ese mensaje no sólo a la luz de la crisis financiera mundial sino también de aquella que asoló a América Latina en la década de los noventa.

En una propuesta más del tipo ‘espectáculo’, destaca la serie formada por doce obras y que lleva por título El traje del emperador, de la artista peruana Sandra Gamarra. Exhibidas en Juana de Aizpuru, se trata de imágenes en las que aparecen desnudos el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, o el exministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos y sus acompañantes, también sin ropa. Tampoco faltan el ministro de Educación, Cultura y Deporte, Ignacio Wert, acompañado por José María Lasalle, secretario de Estado de Cultura, además de a Obama y otros políticos internacionales.

Propuestas españolas que reafirman una forma de mirar

Una feria de arte depende de la obra como mercancía pero también del objeto estético como algo que significa. El desbalance entre baratija y decoración –tan acentuado en las últimas ediciones- es lo que empuja al espectador a sentirse presa del efecto noria y mujer barbuda. La diferencia entre una situación y otra depende, en buena medida, de la mirada del galerista. No se trata sólo de producir, sino de dar a esa producción un discurso. Dentro de esa cadena, es un eslabón fundamental.

Casa sin fin se reafirma, una edición más, como una propuesta coherente e innovadora.

En ese caso, la galería Casa sin fin, dirigida por Julián Rodríguez, se reafirma una vez más con una propuesta coherente, innovadora pero no por ello falta de reflexión. Dos nombres destacan en la selección de Rodríguez: Daniel G. Andújar, quien retoma sus investigaciones sobre los sistemas de control, las nuevas tecnologías y la denuncia social, y Álvaro Perdices.

Asumiendo el modus operandi del Hacker –el método de trabajo del artista, descrito en la muestra individual Sistema operativo en el Museo Reina Sofía-, Andújar relativiza: qué es visible y qué es visible no sólo en Internet, sino también en la sociedad. Con el título Mercancías, el artista abre el visor sobre los foros que permanecen ocultos en la Web y que sirven de plataforma para quienes venden e intercambian desde drogas hasta billetes falsos, o que sirven de zona invisible para pederastas. Álvaro Perdices, en cambio, echa mano de la pintura como soporte para desactivar el paisaje –la idea telúrica, bucólica y hasta cutre del género-. Un amplio óleo que retrata parajes del parque madrileño Casa de Campo funciona como tema para una reflexión mucho más venenosa y que se vale de la pintura deliberadamente mal ejecutada como un mecanismo de significación.

La noria, la mujer barbuda y Julian Opie

En ARCO, muchas veces lo más vistoso se convierte en la revelación mediática. Hemos visto varios ya: desde Franco encerrado en un frigorífico hasta un peep show. Este año, la que previsiblemente se convertirá en una de las más fotografiadas, es la obra del artista salmantino Enrique Marty, que se exhibe como pieza única en Deweer Gallery.

Marty muestra una instalación formada por hombres y mujeres desnudos, con sus cuerpos tatuados y portando grandes machetes. También muy fotografiada, la de la sevillana Pilar Albarracín en la Galería Javier López. Se trata de un gran mandala formado por bragas rojas que amigas, galeristas y artistas han regalado a esta creadora para hablar de la conexión entre el microcosmos y el mundo exterior.

De la mujer barburda, la noria y Julian Opie: porque ARCO sigue siendo una 'feria'

Con esa estética de comida congelada o de pan de molde calentado en un microondas, hay discursos como el de Julian Opie: algo que no llega a ser decoración pero sí escaparatismo. La galería portuguesa Mário Sequeira dedica su stand en exclusiva a este artista. Algunos de los coleccionistas que visitaron la feria no paraban de hacerse selfies con las videoesculturas del británico. Borja Thyssen y su mujer Blanca Cuesta fueron algunos de los embelesados espectadores que invirtieron entusiasmo y tiempo en su obra.


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