Con Lupa

Una victoria para sufrir

Decía Frédéric Bastiat que “La gente ya está empezando a darse cuenta de que el Estado es demasiado costoso. Lo que aún no terminan de comprender es que el peso de ese coste recae sobre ellos”. La frase explica por qué un número elevado de ciudadanos, pese a tomar conciencia de los problemas, se resiste a hacer el análisis correcto. Si cualquier persona sensata sabe que en su familia sólo puede gastar aquello que ingresa, y que, de no hacerlo así, se meterá en serios problemas, ¿por qué esa resistencia a aplicar la misma regla en el caso del Estado? ¿Cómo es posible que siendo conscientes de que colectivamente hemos derivado hacia el abismo a fuerza de gastar lo que no teníamos, se insista en que la solución es seguir gastando? ¿Por qué esta disfunción racional cuando, en vez de pensar en nosotros como individuos, pensamos como colectivo?

Esté o no el conjunto de los ciudadanos maduro para aceptar el cambio de modelo político y económico, para el nuevo Gobierno de Mariano Rajoy no queda más alternativa que hacer aquello que es necesario: acometer las reformas estructurales imprescindibles. Y no sólo ha de hacerlo porque, dada la presión de nuestros acreedores, vulgo “mercado”, sea cuestión urgente, sino porque España, más allá de calmar a quienes desconfían de su economía, no puede permitirse seguir viviendo de espaldas a la realidad.

El líder del PP llega a la Moncloa con una mano atada a la espalda, si no las dos. No hay atajos. No cabe esperar milagros. Con la política de tipos de cambio y la monetaria fuera de nuestro alcance, la política fiscal se alza como el único instrumento a mano para tratar de domeñar el gasto desmedido al que hemos vivido entregados de forma tan torpe como irresponsable en estos años. Una política fiscal que por fuerza ha de ser mucho más restrictiva.

Cumplir los objetivos de déficit público para 2012 (4,4% del PIB) va a demandar de verdad sangre, sudor y lágrimas, pues exigirá recortar del orden de 30.000 millones de euros que difícilmente saldrán de operaciones cosméticas y que requerirán, por un lado, importantes sacrificios colectivos, y por otro, una cirugía invasiva o radical en la revisión de la estructura de ese gasto y su racionalización en todas las Administraciones.

Pero el control del gasto público es solo una de las medidas inaplazables que el nuevo Gobierno deberá tomar de inmediato. Tan inmediata y urgente como la anterior es acabar de una vez con la reforma de nuestro sistema financiero, muy dañado por la grave irresponsabilidad desplegada estos años por el Banco de España y sus rectores. El crédito, copado ahora por las ingentes demandas de las Administraciones Públicas y las necesidades de la propia banca, debe volver a fluir hacia los particulares. Sanear de manera definitiva, por eso, el sistema de Cajas y Bancos es algo que ya no admite dilación. Por desgracia, se hace cada día más difícil imaginar ese saneamiento sin comprometer recursos públicos, ciertamente escasos, lo que obligará al Gobierno Rajoy a ser extremadamente meticuloso en la gestión del proceso y a cargar la mano sobre los responsables de la gestión de las entidades socorridas, que son quienes deben pagar sus errores y no los ciudadanos que pagan sus impuestos.

Entre los cambios estructurales de calado pendientes, ninguno tan necesario como una verdadera reforma laboral que permita la relación directa y beneficiosa entre empresarios y trabajadores. Más que de abaratar el despido, se trata de forzar un cambio radical en la negociación colectiva, uno de los tabúes heredados del franquismo, con el objetivo puesto en la primacía de las circunstancias concretas de cada empresa por encima de las del sector, de forma tal que los acuerdos estén condicionados por la realidad objetiva de las cuentas de resultados y no por cualesquiera otros criterios. También es necesaria una reorganización de los tipos de contrato de trabajo, con el fin de limitar en lo posible el abismo que hoy separa a los indefinidos de los temporales.

Recuperar el orgullo de ser españolesImposible olvidar en este momento la urgente reforma del modelo territorial. Se trata de restablecer y reforzar la unidad de mercado, reducir y uniformizar las normativas y facilitar la puesta en marcha de nuevas empresas y negocios. La lista de deberes que deberá acometer el nuevo Gobierno es ciertamente grande y abarca desde la racionalización de las administraciones, hasta el control del gasto sanitario, pasando por un cambio radical de nuestro sistema educativo, obligado a abandonar esa filosofía del “aprobado general”, tan querida por el socialismo, para entronizar el valor diferencial del talento, el esfuerzo y el trabajo bien hecho.

Reformas todas que no admiten dilación y han de emprenderse de inmediato. Estamos obligados a lanzar un mensaje claro a los mercados y al mundo: España puede salir adelante; España quiere salir adelante, y hacerlo por difíciles que sean las circunstancias y por duros que sean los sacrificios a los que nos enfrentamos. Los españoles están –estaban hasta ayer- esperando el mensaje claro del líder con voluntad suficiente para conducirles a través del desierto de la crisis a la tierra prometida de la creación de riqueza y empleo. El discurso de ayer de Mariano Rajoy abre, por eso, todas las puertas al optimismo. Ojalá no se malogre la buena impresión que causaron sus palabras de anoche.

Confiados en esas buenas intenciones, solo cabe esperar que el nuevo Gobierno sea capaz de tomar las decisiones correctas sin que le tiemble el pulso, lo que implica estar dispuesto a enfrentarse a una parte de la sociedad española muy degradada por la ideología del “buenismo”, para la que la verdad se ha convertido en algo mucho más hiriente que la mentira. Mariano Rajoy tiene ante sí el reto inmediato de tomar las medidas necesarias para evitar la quiebra de España y la intervención de nuestra economía, pero tiene otro aún más importante: el de embarcar a los españoles en un proyecto ilusionante de vida en común, viaje al final del cual podamos encontrar la recompensa de la recuperación de la confianza, el bienestar material y el orgullo de ser españoles.

Más información en:Rajoy, el 20-N y el bucle de oprobio iniciado el 11 de marzo de 2004


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