Con Lupa

Otro varapalo a Garzón al final del calvario

Lo del juez Campeador y prevaricador es como el juego de la quiniela, en el que el buen pueblo llano puede apostar al 1, a la X, o al 2, según opte por la victoria del equipo de casa, por el empate o por su derrota. En la Liga de los juicios de Baltasar GarzónBalta para los amigos, se jugaban tres partidos y, curioso a más no poder, en la Audiencia Nacional y aledaños, por supuesto en el Tribunal Supremo y en el propio CGPJ, la inmensa mayoría apostaba a que en esos tres partidos –la grabación de las conversaciones en la cárcel de los abogados defensores del caso Gürtel; la pasta que se llevó el lince de los bancos en los famosos cursos de Nueva York, y la cosa del franquismo, ya saben, ese asunto pintoresco consistente en pedir la partida de defunción de MolaFrancoet altri- se iban a dar los tres resultados: condena, en uno; absolución, en otro, y prescripción en el tercero. ¡Una triple, marchando!

Y, oiga, mano de santo, así ha sido, 14 aciertos. Condena, prescripción y absolución. ¡Cómo para creer en la independencia de la Justicia española…! Me lo decía la semana pasada un destacado miembro de la judicatura con quien compartí almuerzo, cuando aún estábamos a la espera del tercero de los fallos del Tribunal Supremo, el anunciado ayer: “Desde el punto de vista de la oportunidad, tal vez lo mejor fuera la absolución, ya sabes, por el lío que una condena tendría para la imagen de España en el exterior con lo del franquismo y tal, pero desde el plano de la estricta legalidad, este caso es de condena, una condena como un piano… Además, el tío ha estado pésimamente defendido, o se ha defendido a sí mismo tan mal como acostumbra…”

De modo que absolución al canto, a pesar de todas las evidencias en contra, y alivio del Gobierno Rajoy, muy preocupado, como cuenta hoy en este diario Cristina de la Hoz, por la repercusión internacional de un fallo condenatorio. Ocurre que fuera de España, a cuenta de la eficaz labor deagit-prop de nuestra izquierda, siempre tan amante de la marca España, hay quienes creen que este pájaro estaba juzgando de verdad al franquismo y que una parte importante de los españoles no quieren ni oír hablar de semejante juicio, cuando no es eso, no era eso. Fue que Garzón se pasó en su día por el arco del triunfo la orden del Supremo instándole a no seguir con su investigación por no ser competente, porque, al margen de la existencia de la Ley de Amnistía de 1977, no se pueden perseguir delitos ya inexistentes, no puede imputarse un delito a una persona fallecida, como cualquier estudiante de Derecho Penal mínimamente aplicado sabe.

Ya ven, Garzón azote de las dictaduras de derechas, porque las de izquierdas no le producen mucha repugnancia intelectual o moral. Después del éxito que para su caché en Latinoamérica supuso la detención en Londres de Augusto Pinochet, el juez estrella invitó a cenar en Nueva York a Henry Kissinger, ex secretario de Estado norteamericano con Richard Nixon y Gerald Ford, que tanto tuvo que ver –casi todo- con el derrocamiento de Salvador Allende en Chile por obra y gracia de Pinochet. Le invitó a cenar –junto a veinte más- y pagó la cuenta con la pasta que había trincado del Santander, querido Emilio, en una zafia demostración de la escala de valores de este personaje de opereta, redomado caradura dispuesto siempre a hacerse un traje a su medida con Leyes propias y ajenas. Ese es Baltasar Garzón.

“El deber de agradecimiento de la dádiva”

De manera que la Justicia española se ha vuelto a cubrir de gloria, por no decir de barro, tal vez incluso de algo peor,  con esta absolución. Como dejó claro el magistrado instructor Manuel Marchena en el segundo de los casos, el de la prescripción, querido Emilio (“El deber de abstención que le incumbía fue conscientemente infringido en gratitud a la generosa respuesta que el Banco de Santander había realizado a su petición de ayuda económica”. Garzón, agrega, “consideró oportuno ocultar al fiscal y a las partes la concurrencia de una causa que podía perturbar su imparcialidad”), estamos ante alguien que tenía que haber sido condenado en todos y cada uno de los procesos penales que tenía abiertos en el Supremo, y que no lo ha sido por el juego de pesos y contrapesos de nuestro poder judicial, el corporativismo atroz del gremio de las togas y, en última y poderosa instancia, la conveniencia política, con el propio Gobierno Rajoy, a través del nuevo fiscal Torres Dulce, dulcísimo, presionando en tal sentido. Un asquito.

La sentencia de ayer, como ocurriera con la de los cursos de Nueva York citados (Garzón, según Marchena, decidió de forma consciente no abstenerse de investigar causas relacionadas con los patrocinadores de los cursos que recayeron en su juzgado y fueron archivadas “por el deber de agradecimiento de la dádiva”) es también muy dura para el Campeador, un reproche jurídico en toda regla, una descalificación total, “porque pone en evidencia todo lo que había hecho mal o no tenía que haber hecho”, asegura un miembro del CGPJ, “pero, como era un problema condenarle, al final el ponente se ve obligado a una pirueta para absolverlo, lo cual no evita que Baltasar quede para los leones”.

Este es un día para celebrar. Siempre dije que Garzón era la manifestación más clara del cáncer que corroe a nuestra Justicia, y que su salida de la carrera era condición sine qua non para cualquier proceso de regeneración democrática de la misma. Ya está fuera. En buena hora. Un largo camino de éxitos le aguarda, de la mano de Prisa y Juan Luis Cebrián, por tierras latinoamericanas. Como dicen en mi pueblo, quien no te conozca que te compre, chato, y tanta gloria alcances como paz nos dejas. Que tengas, en efecto, muchos éxitos por esos mundos de dios y termines de hacerte rico, muy rico, que sospecho es en el fondo lo único que te motiva. Pero antes de irte, Balta, dime niño de quién eres, aclárame una cosita, todo vestido de blanco: entonces, en qué quedamos, ¿Franco estaba muerto o andaba de parranda?


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