Con Lupa

El sapo de Cristina y la abdicación como ejemplo

Lo de Cristina de Borbón estaba descontado, que dicen los expertos en Bolsa. Un sapo más que la sociedad española tendrá que tragarse por mor de la situación de una España que cada día parece menos un país civilizado y más una casa de locos, o tal vez de lenocinio, porque toques lo que toques surge el escándalo, brota la corrupción. Como este sábado contaban aquí Oscar López-Fonseca y Javier Ruiz, la Audiencia de Palma ha dado por buena la “doctrina del amor”, según la cual la esposa de Iñaki Urdangarin, confianza ciega en su cónyuge, nunca conoció el origen ilícito del dinero que la mantenía y, por tanto, no pudo incurrir en delito de blanqueo de capitales. Justo lo de Ana Mato y el célebre jaguar que su marido guardaba en el garaje de su casa en Pozuelo. O lo de Rosalía Iglesias y su marido, el no menos célebre Bárcenas. Sin embargo, el tribunal sí la responsabiliza por fraude fiscal, con el argumento de que “es innegable e inobjetable que era copartícipe de sociedades ficticias”. ¿Se enteraba o no se enteraba, pues? Todo parece diseñado para que, gracias a la aplicación de la ignominiosa “doctrina Botín”, Cristina dé esquinazo al banquillo, a pesar de que tras la derogación parcial de la citada “doctrina” por posteriores sentencias del Supremo, bastaría con que la acusación popular instase la apertura de juicio oral para que ésta pudiera decretarse, con independencia de que tanto la Fiscalía como la Abogacía del Estado se opusieran a la misma, ya que está fuera de duda que los delitos fiscales vulneran bienes jurídicos supraindividuales (el “Hacienda somos todos” o casi) y no estrictamente individuales, como ayer sábado aclaraba Enrique Gimbernat en El Mundo.

El sapo de la infanta asoma el papo la víspera del aquelarre catalán, qué casualidad, para que resulte engullido por los fuegos artificiales que hoy domingo se disparan en Cataluña a cuenta del butifaréndum que Arturo el Astuto Mas ha organizado para solaz de las huestes independentistas. El final del caso Nòos, con todo, pilla a la Casa Real en una situación mucho más templada, menos dramática, que la que cabía imaginar hace apenas seis meses, y ello como consecuencia del éxito de la operación relevo llevada a cabo en la cúspide de la Corona con la abdicación de Juan Carlos I y la subida al trono de Felipe VI. De repente, una cuestión que se había convertido por mor del desprestigio del monarca saliente en parte, y muy importante, del problema de España, parece haber desaparecido gracias a que se hizo lo que algunos veníamos diciendo que había que hacer: forzar la abdicación de Juan Carlos y poner al frente de la Institución a su hijo, un tipo no contaminado por la corrupción escandalosa que acompañó el reinado de su padre.

Regenerar la institución. Es un ejemplo palmario de lo que habría que hacer con la gran crisis española: Juan Carlos I se había convertido en un problema y se ha resuelto. No es que la vieja disyuntiva Monarquía-República haya desaparecido en absoluto, porque es más que probable que vuelva con fuerza tras las generales de 2015 y la entrada de Podemos en el Parlamento, incluso es posible que rebrote con el fin de la instrucción del caso Nòos –no digamos ya si la infanta llegara a sentarse en el banquillo, cosa por demás improbable-, pero ese debate coge a la institución fortalecida por la presencia como titular de la Corona de Felipe VI, ese debate seguirá existiendo, pero serán las futuras generaciones quienes se entiendan con él. Lo importante es que el issue ha dejado de ser uno de esos puntos calientes que amenazaban la estabilidad del país.

Regenerar la institución. Es un ejemplo palmario de que habría que hacer con la gran crisis española: Juan Carlos I se había convertido en un problema y se ha resuelto

Y no parecía fácil desalojar del trono a un hombre como Juan Carlos I, con el peso de su historia detrás. Los conocedores del personaje, incluso sus mejores amigos, juraban que solo abandonaría el trono con los pies por delante. La incredulidad general se vio finalmente vencida por una decisión del propio monarca, en cuanto entendió que su pérdida de facultades físicas y su desprestigio personal estaban poniendo seriamente en riesgo la continuidad de la institución. Se acabó de convencer el 6 de enero pasado, día de la Pascua Militar, cuando, después de una noche en vela, nervioso y falto de confianza, maltrecho, subió al estrado para leer un discurso que a duras penas pudo acabar. “Es que me bailaban las letras”, comentaría después, apesadumbrado, en palacio. Cuatro días más tarde, el 10 de enero, llamó a Rafael Spottorno a su despacho: “Creo que ha llegado el momento de irme”. Spottorno, adulador por naturaleza, trató de rasgarse las vestiduras. En vano. Sí logró establecer un timing: pedía al Monarca tres conversaciones previas, cual periodo de maduración, antes de dar por buena la iniciativa y ponerla en marcha. Una semana después, el jefe de la Casa del Rey vio que no había marcha atrás, por lo que empieza a trabajar en un papel titulado “Condiciones políticas y jurídicas para una Abdicación”. El 31 de marzo, tras el funeral por Adolfo Suárez (“Adolfo y yo hemos traído la democracia”, más o menos), Mariano Rajoy acude a la Zarzuela para despachar y allí es puesto al corriente: “He pensado en abdicar”. Tres días después lo supo en líder del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba. Desde finales de enero lo sabía el príncipe Felipe. Y naturalmente su mujer. Muy contenta. El martes 27 de mayo, el propio Monarca se lo comunicó en persona a Emilio Botín y César Alierta. El 2 de junio estalló la bomba. 

La descomposición del partido en el Gobierno

La gran enseñanza de ese relevo es que cuando los problemas se afrontan con decisión, es posible encontrar soluciones. Cuando, por el contrario, se procrastina la toma de decisiones de acuerdo con el tradicional “vuelva usted mañana”, suele ocurrir que se infectan hasta terminar convirtiéndose en algo más grave: una dificultad insalvable o una enfermedad terminal. Aplazar la solución de las dificultades equivale a embalsarlas con el riesgo de que un día la presa reviente con estrépito llevándose por delante lo que encuentra a su paso. España es hoy una de esas presas a punto de explotar, en la que vierten sus aguas la corrupción, las tensiones territoriales, con el problema catalán en cabeza, y el desprestigio de las instituciones, particularmente de la clase política. Lo que nadie esperaba es que al cóctel letal de corrupción y rebelión territorial fuera a sumarse la descomposición del partido que parecía llamado a asegurar la estabilidad en la tormenta gracias a la mayoría absoluta con la que fue investido en Noviembre de 2011. Lo inimaginable ha terminado por hacerse realidad.

El votante del Partido Popular no es que esté decepcionado: sencillamente lo que está es avergonzado

El PP vive hoy en un incendio permanente, por culpa de la dificultad casi genética de su líder y presidente del Gobierno (el estafermo de Pedro J Ramírez), para tomar decisiones. Entre los escándalos que le brotan por doquier (el último el del presidente extremeño Monago) y los cepos en que el propio partido y su gente más principal caen casi a diario (ese tercer grado concedido a Jaume Matas), el PP vive en un sin vivir. Es como si, haciendo bueno el dicho de que los Dioses ciegan a quienes quieren perder, a Rajoy y su equipo no le aconsejara el mago Arriola, sino el peor de sus enemigos. Imposible operar con mayor torpeza. La falta de un relator cualificado, un comunicador con capacidad de transmitir con cierta fluidez la acción del Ejecutivo está alcanzando cotas que rozan lo cómico. Cada vez que abre la boca esa buena moza de apellido Cospedal, las gentes de Podemos se frotan las manos. De modo que el votante del PP no es que esté decepcionado: sencillamente está avergonzado. 

La recuperación electoral de la derecha parece a estas alturas una entelequia. Ello, con un PSOE que sigue siendo una incógnita en manos de Pedro Sánchez a cuenta de la progresión vertiginosa de Podemos sobre el caladero de votos de la izquierda, dibuja un horizonte muy preocupante para la estabilidad del país, un país en el que tras las generales de finales de 2015 va a resultar muy complicado formar mayorías parlamentarias, con todo lo que ello implica de cara a la inversión extranjera y los mercados, por no hablar de la pura y estricta gobernabilidad. El viernes mismo lo advertía el banco JP Morgan, cuando aconsejaba a sus clientes no invertir en deuda española “ante las expectativas de que la incertidumbre política crezca a nivel tanto regional como central” en España.

Podemos apoya el derecho a decidir del “pueblo catalán”

Y bien, ¿hay alguien ahí…? ¿Alguien capaz de escuchar y alentar soluciones? ¿Alguien con poder bastante para sacar al presidente Rajoy de su letargo? Lo hemos dicho ya aquí y volvemos a hacerlo ahora: si el cambio democrático, si la tan ansiada regeneración no se aborda desde dentro, alguien la abordará desde fuera, y seguramente esa será una solución más traumática y dolorosa. Más cara para todos. Baste la lectura del artículo que este sábado publicaba Íñigo Errejón, uno de los líderes del partido de Iglesias,en El País (“Podemos: más democracia, nuevo tablero”): los tópicos, las perífrasis, la morralla conceptual, las baratijas intelectuales propias de la dialéctica asamblearia en la universidad. Pero si la forma es disculpable, mucho peor es el fondo, esa inicua manera de manipular el significado de las palabras. Viene a cuento el diálogo entre Alicia (A través del espejo) y Humpty Dumpty:

-La cuestión –insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión –cortó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda… Eso es todo.

El que manda es el que impone la norma, el que dice lo que significan los términos. Podemos no tiene, todavía, el Poder, pero retuerce el lenguaje como si lo tuviera (en eso se parece al nacionalismo catalán y su facilidad para pervertir el significado de las palabras). Podemos “apoya el derecho a decidir del pueblo catalán. No podría ser de otra manera”, escribe Errejón. La peor izquierda y su tradicional aversión a España, a la unidad de España. Podemos dice querer acabar con el “régimen” pero, mucho antes de que ellos llegaran a la Facultad de Políticas, montones de españoles honrados estaban ya reclamando la regeneración del sistema, aunque no para reconvertirlo en algo parecido a la actual Venezuela. 

El tiempo empieza a correr en contra de la adopción de soluciones desde dentro. Apelar a un gesto de heroísmo parecido al que protagonizaron las cortes franquistas cuando aceptaron hacerse el harakiri tras la muerte de Franco, no parece en esta situación una propuesta descabellada. Es evidente que los cambios que el país necesita solo podrán abordarse mediante un gran pacto político –concretado o no en un Gobierno de concentración- en el que deberían integrarse al menos los dos grandes partidos del país. ¿Pueden encabezar ese pacto dos hombres como Rajoy y Pedro Sánchez? Difícil, aunque no imposible, porque nada debería ser descartable cuando lo que está en juego es la estabilidad del país. Algunos sostienen, no obstante, que ese gran pacto se hará, pero no lo encabezarán ni Rajoy ni Sánchez, cuyas cabezas podrían rodar por el empedrado el próximo mayo si las autonómicas y municipales confirmaran el desastre que anuncian las encuestas. Hay quien dice, por eso, que el futuro de España lo dibujarán dos manos femeninas desde el partido del Gobierno y desde el de la oposición: las de Soraya Sáenz de Santamaría y las de Susana Díaz, el verdadero poder fáctico del socialismo español. Pero, ¿habrá tiempo a partir de mayo para reforzar la presa y evitar que explote?


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