Con Lupa

Lo que hay que recuperar de verdad es España

Una historia verídica. Javier, un ingeniero informático rondando la treintena, y Marina, 28, titulada en Económicas y Empresariales por la Carlos III, pareja de hecho, tenían un trabajo más que aceptable en Madrid, pero hace menos de un año decidieron marcharse a Alemania a probar fortuna. Les gusta Alemania aunque, por encima de todo, no les gusta nada la España de nuestros días, como por desgracia está ocurriendo con los jóvenes mejor preparados de nuestro país. Javier encontró pronto trabajo en una empresa de su especialidad, aunque Marina todavía no ha tenido suerte. Está contento Javier, y aún lo estaba más hasta que, hace unos días, tuvo un desagradable incidente en su oficina. Su jefe le reclamó un dato concreto, que el aludido trató de atender de inmediato en su ordenador. Como tardaba unos segundos, su superior insistió perentorio. “Enseguida va, lo estoy buscando”, replicó el aludido. “Pues date prisa; esto no es España…” soltó lapidario el boss germano. Este fin de semana Javier y Marina se casan por lo civil en Pozuelo de Alarcón.

La anécdota, real como la vida misma, refleja a nivel muy doméstico el drama general de un país caído en desgracia a lo largo y ancho del mundo. En el quinto año de una crisis sin precedentes, España y lo español no solo ya no está de moda, sino que es visto como ejemplo de lo que cualquier país serio debe evitar si no quiere convertirse en diana de críticas y mofas, cuando no de desprecio, de cualquier hijo de vecino. Naturalmente que convertirse en el foco de atención de medio mundo no es cuestión que tenga que ver únicamente con el derrumbe de esa nuestra proclamada condición de nuevos ricos. Lo hemos dicho ya muchas veces: esta no es solo una crisis económica, es mucho más que eso. Es una crisis, quizá terminal, de modelo, en la que, a modo de tormenta perfecta, se han dado la mano la impericia de la peor clase política de las últimas décadas con el descrédito de las instituciones, la más importante de las cuales, a tenor de su rango Constitucional, es la propia Corona, hoy sumida en una serie de escándalos muchos de los cuales ya estaban más que apuntados hace 10 ó 20 años, pero que los españoles no hemos querido ver hasta ahora.

No es solo la crisis económica la responsable del imparable deterioro de lo que se ha dado en llamar la “marca España”. Un país que durante ocho años ha tenido al frente del Gobierno a un piernas del calibre de Rodríguez Zapatero, un tipo que en su majestuosa liviandad fue capaz en solo cuatro años -los que van de 2008 a 2011- de elevar la deuda exterior en más de 335.000 millones, es un país menor, país que no se respeta a sí mismo, país de chichinabo al que se puede venir a tomar el sol o a divertirse, pero en el que difícilmente uno se jugaría su dinero para invertir o crear una empresa. Un país con una democracia de baja calidad, con corrupción a mansalva, sin Justicia eficaz y efectiva, con un Estado autonómico que ha colapsado y un partido en el Gobierno cargado de buena voluntad, un suponer, pero a quien las desgracias parecen haber cogido por sorpresa. Un país con una oposición –gran responsable de la elección del piernas citado- que, después de haber arruinado la finca, pretende que se la arreglen en dos días bajo amenaza de echarse al monte, unos empresarios acostumbrados a hacer negocios a la sombra del Gobierno, unos sindicatos dispuestos a seguir viviendo del Presupuesto y unos medios de comunicación en bancarrota, entregados a la caridad de los bancos.

Nos han perdido el respeto

Todas las desgracias parecen haberse dado cita a la vez en la gran crisis de nuestro tiempo, remedo de aquella otra gran crisis -material y de identidad, también- que fue la del 98 del siglo XIX. En estas circunstancias, no es extraño que su jefe alemán increpe a Javier con un ofensivo “date prisa, que esto no es España”. No es extraño que doña Cristina Fernández expropie una empresa española y a continuación haga lo propio Evo Morales con otra. Cualquier caudillo de medio pelo se atreve hoy con un país donde todo está en almoneda, desde su pasado reciente hasta su futuro, porque él mismo se cuestiona su propia identidad como nación. Es este cúmulo de desdichas internas surgidas de golpe y como a borbotones lo que explica la desproporción que se adivina entre nuestra delicada situación económica, en cualquier caso susceptible de mejora con sacrificio y esfuerzo, y la imparable caída que de nuestro prestigio, de nuestro crédito exterior, se advierte por doquier. Nos han perdido el respeto fuera de casa, porque nosotros mismos hace tiempo dejamos de respetarnos como país eficiente y serio.

Me asombran, por eso, los reclamos que estos días se escuchan desde casi todas las instancias, oficiales y privadas, urgiendo a un relanzamiento de la “marca España”. Parece que el ministerio de Asuntos Exteriores tiene previsto un gran acto oficial para anunciar una nueva estrategia de marketing al respecto, acto presidido por Su Majestad el Rey, cuyo marketing privado –léase prestigio-, como su cadera, no está para muchos trotes. Se supone que esa nueva estrategia pasa por invertir, ¡será por dinero!, pasta a mansalva a través de las embajadas. Y no es eso, no es eso, o a mí me lo parece. No gastemos un duro en pirotecnia vana. No se trata de recuperar la marca España. Lo que hay que recuperar de verdad es España. Arreglar España. Hincarle el diente a los problemas de España. No nos hagamos trampas en el solitario. Cuando España sea un país digno de respeto, nos respetarán. Cuando este Gobierno haga de una vez por todas las reformas que España necesita, nos alabarán. Deje usted por eso, señor Rajoy, de anunciar duchas frías todos los viernes y haga lo que tenga que hacer ya. De una vez por todas. De golpe. Y dese prisa, hombre de Dios, que esto no es Alemania.


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