Con Lupa

La parodia de los JJOO en los páramos de España

En este diario nos hemos posicionado en reiteradas ocasiones en contra de la organización, en la presente coyuntura, de unos Juegos Olímpicos en la ciudad de Madrid. Entendemos que a Florentino Pérez y a otros peces del mismo porte les vuelva locos la posibilidad de mover de nuevo su ejército de grúas y excavadoras ahora varadas en la arena de la crisis, es decir, les interese seguir medrando a cuenta del erario público, pero al ciudadano medio, sobre todo si es madrileño, la pretensión de estos gigantes con pies de barro, estos listos que tras las bambalinas alientan las ambiciones personales de cuatro tontos y desvergonzados politicastros, solo puede mover a escándalo.

El intento de organizar unos Juegos en un país quebrado, y en una ciudad igualmente quebrada por la megalomanía de un alcalde, apodado “el faraón”, a quien no se le ocurrió nada mejor que enterrar la M-30 -y con ella varios miles de millones de euros- para seguir teniendo en hora punta los mismos atascos de siempre –ello a pesar de la drástica caída del tráfico consecuencia de la crisis-, no deja de ser una manifestación más de la enfermedad española y un síntoma de que esto nuestro, esto que llamamos España, tiene difícil arreglo. ¿Cómo se puede manipular tan fácilmente a cuarenta y tantos millones de personas? ¿Cómo se puede embarcar a un país entero en esta locura? Como dijo el poeta, estamos de nuevo antes esos “bueyes que doblan la frente,/ impotentemente mansa,/ delante de los castigos”.

Nos cuentan como gran argumento a favor de la fiesta que, ¡hombre de Dios, pues claro que sí! Vengan Juegos y vayan letras (de pago), que ya están hechas el 80% de las obras, de modo que con 1.500 millones más se arreglan las cosas… Lo que equivale a decir que ya nos hemos pulido 6.000 millones nadie sabe en qué, porque Madrid sigue sin tener un estadio de atletismo propio de una modesta ciudad de provincias, ni siquiera eso. Tiene, en cambio, claro está, una llamada “caja mágica” que costó 300 millones y que está cerrada, bueno, miento, se abre para un torneo de tenis al año donde se exhiben los “gominas” locales, y tiene un Madrid Arena donde hace unos meses perdieron la vida de forma atroz cinco chicas jóvenes por la desidia dolosa de un Ayuntamiento que ni siquiera tenía previstos planes anti incendio y de evacuación para casos similares.

Los responsables de esas muertes son los mismos que estos días se han paseado por Madrid, escoltados por un ejército de periodistas, vendiéndonos la moto con las supuestas ventajas de unos Juegos de los que esperan sacar tajada sus amigos, los cuatro ricachos de siempre. De modo que se trata de gastar 1.500 millones más en infraestructuras, 7.500 millones en total, y ya tendríamos el escenario olímpico a punto. Y bien, ¿no hay otra forma de gastar con mayor fundamento esos millones? Sabemos de sobra lo que pasa con los cálculos olímpicos, incluso en países y ciudades considerados serios en lo que a corrupción se refiere, que no es el caso de España. Sabemos que Londres 2012 calculó gastarse 2.400 millones de libras y que al final el gasto reconocido se disparó hasta los 9.300. Sabemos que Atenas 2004 dobló su previsión de gastos hasta alcanzar los 11.000 millones de dólares. “El dinero fue dilapidado de una manera irreflexiva”, contó años después una exdiputada griega, para quien aquel dispendio fue “el germen de la gran crisis griega actual”.

Sabemos de sobra que la organización de unos Juegos tiene un patrón de comportamiento que conduce directamente al despilfarro gratuito e injustificado, y más aún, repito, en un país con el nivel de corrupción que padece el nuestro. El presupuesto de los JJ. OO. de invierno a celebrar en Sochi (Rusia) en 2014, inicialmente estimado en 12.000 millones de dólares, se ha disparado hasta unos increíbles 33.000 millones (un 175% más). Una empresa más modesta, los Juegos de la Commonwealth celebrados en Delhi, India, en 2010, y presupuestados inicialmente en 6.200 millones de rupias, terminaron llevándose por delante 706.000 millones (11 veces más). Caso más cercano es el del Mundial de fútbol en Suráfrica, también ese año, donde los 2.000 millones de rands inicialmente previstos para levantar los estadios se convirtieron al final en 13.000 millones.

Todo un síntoma de la grave enfermedad española

Y ello porque, como alguien ha escrito con fundamento, “si una ciudad o país gana la candidatura para organizar un gran evento deportivo de estas características, la presión llega a ser insoportable en la dirección de gastar más y más dinero para asegurarse que el evento termine siendo un éxito capaz de dar una imagen positiva del país, de la ciudad y, sobre todo, de sus gestores. Los organizadores son rehenes de las entidades organizadoras, los operadores de televisión, los arquitectos, los profesionales, la industria del deporte y un largo etcétera”.

Rajoy aseguró el lunes a las gentes del COI el “total apoyo de España a Madrid 2020”, algo que según él es “el sentir general de la sociedad española”. Mentira. Una más. Su mensaje fue claro: «Estamos preparados y dispuestos para organizar los Juegos Olímpicos de 2020». Eso es verdad: en España estamos siempre listos para el despilfarro, porque aquí el dinero público no es de nadie. El presidente cerró su intervención con una media verónica según la cual “tenemos buen clima, buena gastronomía, y muy buenas conexiones internacionales». Tenemos también seis millones de parados, una Educación pública de mala calidad, una Sanidad cuyos costes no podemos soportar, unas pensiones a punto de irse por la alcantarilla si no se toman decisiones drásticas y rápidas, una Justicia sometida al diktat de lospoderosos, una falta de competencia sangrante que diariamente pagan los consumidores, unos jóvenes –los mejor preparados- obligados a buscarse la vida en el extranjero, una… Tenemos, en definitiva, una democracia de muy baja calidad, un país abierto en canal por culpa de una corrupción –del Rey abajo, todos- galopante. Esto es lo que de verdad tenemos, señor Rajoy, además de sol, playas y buen vino.

El entero episodio –un país en bancarrota, que se debate aún en el alambre del “rescate país”, jugando a conseguir unos Juegos para seguir gastando alegremente el dinero que no tiene- de esta visita Olímpica es todo un síntoma de la enfermedad española, que a estas alturas es incurable por cuanto, como aquí se ha dicho tantas veces, la nuestra no es una crisis económica, o no sólo económica, sino que es fundamentalmente política, crisis terminal del régimen salido de la transición que ha llegado a este punto arrastrándose, más que agotado exhausto, lacerado por el cáncer de la ausencia de valores y la corrupción galopante al que le ha conducido la alianza entre la clase política y las elites económico-financieras. Un país sin horizonte, ni ahora ni en 2020, por culpa de la ceguera cómplice de esas elites que, empeñadas en darle hilo a la cometa hasta que el cuerpo (social) aguante a base de panen et circenses, fútbol y Juegos, no encontrará la senda de su futuro hasta que el sumiso pueblo español  -(¿Nunca medraron los bueyes/ en los páramos de España?)-no se plante, en bloque y sin fisuras, exigiendo eso tan elemental que llamamos regeneración democrática.


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