Con Lupa

El mensaje navideño del Rey y la "misericordia"

Sabido es que los asientos de la sillería de un coro catedralicio o conventual suelen contar, en su parte posterior, con un pequeño soporte denominado “misericordia” que, a partir del siglo XI, que es cuando su uso se generaliza, permite a los monjes aguantar horas de rezos y salmos apoyando en él la rabadilla y simulando estar de pie –con el asiento plegado- cuando en realidad no es así. Las “misericordias” son a menudo auténticas obras de arte en miniatura, generalmente relieves en forma de caras representando vicios y debilidades humanas, incluso seres irreales donde no faltan las escenas obscenas. El diccionario de la RAE define “misericordia” como “Pieza en los asientos de los coros de las iglesias para descansar disimuladamente, medio sentado sobre ella, cuando se debe estar en pie”.

Medio sentado, medio de pie, apareció el Rey el lunes 24 en televisión a la hora de dirigir a los españoles su mensaje navideño, apoyando la rabadilla sobre su mesa de trabajo y dando sensación de estar inhiesto, es decir, firme, dispuesto a trabajar, listo para coger el timón, presto para servir al país en este difícil final de año, el peor de su reinado, el más duro para su salud, el más escandaloso para su prestigio y el de la Corona. La gente se ha referido a esta llamativa puesta en escena como lo más destacado de un tipo de mensaje que por su propia naturaleza y por el momento mismo en que se emite suele mezclar lo insípido con lo anodino en un ya habitual “nada con gaseosa”. Este año, sin embargo, ha sido peor, ha sido malo hasta rozar la obscenidad de algunas “misericordias”, y ello debido a las duras circunstancias de la crisis política y económica que atraviesa España.

Un discurso mediocre en la forma y claramente insuficiente en el fondo. Mensaje evanescente y huidizo, cóctel de tópicos aturdidos que, dadas las circunstancias que vivimos, no pudo dejar satisfechos más que a los monárquicos enragés y ni siquiera eso. Es verdad que el Monarca, acostumbrado a lidiar toda clase de toros en todo tipo de plazas, tenía esta vez enfrente al astifino más peligroso de su carrera después del desgraciado asunto de la cacería en Botswana, incidente y accidente que, tras 37 años de reinado, ha permitido a Juan Español conocer el paño que se guarda en el arca de Palacio y que hasta ahora venía manejando en secreto una señora o señorita apellidada Sain-Wittgenstein y apodada “princesa”. Es cierto, donJuan Carlos lo tenía difícil este año. Lo tenía tan difícil, tan duras están las cosas –dentro y fuera de Palacio-, que el lunes por la noche perdió la mejor oportunidad que vieron los siglos para haber reivindicado su figura o, al menos, haberlo intentado.

Con la que está cayendo en Cataluña, con el desafío abierto y sin ambages que Artur Mas ha planteado a este país, la primera autoridad del Estado, cuya esencial función representativa, según recoge el texto de la Constitución Española de 1978, radica en su condición de garante de la unidad de España, no puede dirigir su mensaje anual sin mención expresa a ese problema que tanto preocupa a tantos españoles, catalanes incluidos. No puede hacer usted mutis por el foro. Y no valen esas referencias veladas, ese leer entre líneas del “Es hora de que todos miremos hacia adelante y hagamos lo posible por cerrar las heridas abiertas. Será nuevamente un éxito de todos, ciudadanos e instituciones, basado en el respeto a las leyes y a los cauces democráticos”. No es eso. No es eso, porque eso es demasiado poco, o no es nada para la que está cayendo.

Cumplir y hacer cumplir la Constitución

Imitando a su antepasado Fernando VII, usted, Señor, tendría que haber invitado al señor Mas a seguir aquel célebre “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, y haberlo hecho con la educación debida, con el lenguaje adecuado, con la diplomacia precisa, cierto, pero al mismo tiempo con firmeza necesaria, sin resquicio para la duda, porque en esta hora histórica se trata de cumplir y hacer cumplir la Constitución, no de eludir la alta responsabilidad que le compete. Lo cual no quiere decir que consideremos intocable la norma suprema de nuestro ordenamiento jurídico. Al contrario. Con ser importante el desafío lanzado por el nacionalismo catalán, no menos trascendente y urgente, como bien saben los lectores de este diario, es la necesidad de proceder cuanto antes a una revisión a fondo de nuestra Constitución destinada a devolver el prestigio perdido a las instituciones, mejorar la calidad de nuestra democracia y propiciar un horizonte de futuro, de libertad y prosperidad, para las nuevas generaciones.

Hablamos de la necesidad de cambio que reclama a gritos un sistema agotado y agostado. Pero en lugar de abordar, siquiera mínimamente, el problema -en realidad el GRAN problema español del momento-, Su Majestad se dedicó a ensalzar y poner en valor esa “gran política” que, en su opinión, hizo posible la Transición. Pero la Transición está muerta, Señor, por más que aún no haya recibido cristiana sepultura, y es preciso hacer algo más, mucho más, si queremos rescatar a esta bendita España del vagón de cola de los países que perdieron el tren del futuro anclados en el pasado. En este sentido, el mensaje del Monarca fue decepcionante y descorazonador, por cuanto expandió la idea de que la clase dirigente española no está dispuesta a mover ficha ni aun en las terribles circunstancias actuales.

El subliminal cierre de filas que don Juan Carlos propone con su elogio a esa “gran política” de la Transición ignora lo ocurrido con un sistema que ha devenido en una corrupción galopante y que reclama a voces la necesidad de cambios profundos. Ignora el agua que ha pasado bajo los puentes y revela, en suma, la decrepitud de un sistema que se resiste a perecer. Ni una reflexión seria de futuro, capaz de abrir una ventana a la esperanza de una España mejor. Ni una crítica al funcionamiento de nuestras instituciones. Ni una sola propuesta de cambio. Ni siquiera una mención a su propio hijo, el príncipe Felipe, como eventual encarnación de ese futuro. Solo volver al pasado; solo concitar los valores de ese idealizado pasado reciente ya finiquitado. Y no es eso. No será eso lo que nos saque del atolladero. Porque si usted, Señor, y los partidos mayoritarios que han jaleado su mensaje navideño creen que todo consiste en sentarse a esperar a que escampe, están equivocados. O eso creo.


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