Con Lupa

¡Todos iguales ante la ley… menos yo!

La noche del 22 de febrero de 1863, Leopoldo O'Donnell presentaba su dimisión –la segunda, y aún habría una tercera- como Presidente del Consejo de Ministros de su Graciosa Majestad DoñaIsabel II, siendo despedido –en palabras de Isabel Burdiel, autora de la monumental Isabel II una biografía, Ed. Taurus- “como un lacayo que cumple mal”. La decepción del hombre que había logrado “salvar la monarquía de sí misma” durante cinco largos años fue tanto más profunda cuanto que siempre creyó contar con el cariño y gratitud de la reina, sentimientos que, en palabras deAntonio Rubio, secretario que fue durante años de María Cristina, la reina Regente, “no anidaban mucho tiempo en el corazón  de Isabel II, pues la gratitud es una virtud vulgar que no obliga a los Reyes, en quienes la ingratitud misma puede ser deber y virtud cuando lo exige la razón de las razones que es la […] Razón de Estado, o sea, lo que los humildes súbditos lisa y llanamente llaman injusticia”.

Fácil es imaginar el hondo despecho que a estas horas invadirá el corazón de Iñaki Urdangarin, violentamente despedido, arrojado por la borda más bien, de la nómina de la familia real después de que el Rey se viera obligado a reconocer un comportamiento “poco ejemplar” en el marido de su hija, la infanta Cristina de Borbón, todo un eufemismo que parece encubrir el “trinque” sistemático llevado a cabo durante años de dinero procedente de Administraciones y empresas varias por parte del antaño campeón del balonmano español.

De nuevo la Razón de Estado ha forzado al Rey a aludir claramente a la que sin duda es la crisis más importante sufrida por la Monarquía española desde la restauración franquista. Razón de Estado o puro instinto de supervivencia más bien, siempre tan presente, tan desarrollado, en el inconsciente de quienes Antonio Rubio llamaba “mis Borbones”. Ese instinto parece haber guiado la voluntad del Rey Juan Carlos en su mensaje del día de nochebuena, en el que, con una elíptica claridad que sobrecoge para los usos y costumbres de la Corte, el Monarca apuntó directamente al escándalo de corrupción que le afecta. Porque pudo haber sido peor: pudo haber callado, lo cual hubiera supuesto sin duda un punto de no retorno en la suerte a medio/largo plazo de la Corona.

Don Juan Carlos ha logrado salvar los muebles, parar el tsunami provocado entre el pueblo llano por la conducta desvergonzada de su yerno. De ahí al ridículo volteo de campanas de que ha hecho  gala buena parte de los medios de comunicación –y una mayoría de  columnistas- españoles, media un abismo. El problema está en la declinación del pretérito imperfecto del verbo saber, a saber: yo sabía, tú sabías, él sabía, nosotros sabíamos, vosotros sabíais y ellos sabían. Y aquí resulta inevitable preguntarse –se lo han preguntado el sábado millones de familias españolas mientras compartían cena- si la Familia Real “sabía” o no que el matrimonio Urdangarín adquirió en 2004 una palacete en Pedralbes, la zona más cara de Barcelona, por el que pagó cerca de 6 millones de euros o el equivalente a mil millones de pesetas. ¿De dónde salió ese dinero? ¿No hubo entonces ninguna pregunta que formular en Palacio?

De eso hace ahora 7 años 7, que son los que ha tardado la Casa del Rey de hablar de “conducta impropia” y el propio Rey en acusar recibo de la “enorme preocupación” que le produce “la desconfianza que parece extenderse en algunos sectores de la opinión pública respecto a la credibilidad y prestigio de algunas de nuestras instituciones”. El problema, la cuestión que reduce a cenizas la alegra algazara de alguna prensa, es que razonablemente hay que pensar que “sabían” desde hace 7 años. Pero en lugar de tomar medidas y cortar por lo sano, se optó por enviar al campeón del “talonmano” a los Estados Unidos, como antaño hacían las familias nobles enviando a los vástagos díscolos a un estricto internado inglés. 

Los negocios de Urdangarin y los del Rey     

El escándalo es morrocotudo, y lo acrecientan iniciativas como la de Su Majestad la Reina viajando a Washington para hacerse fotografiar, en la portada de “¡Hola!”, al lado de Urdangarin y su esposa, viaje que hay que interpretar como iniciativa personal de la Señora al margen de la voluntad de su real esposo y del propio jefe de la Casa, puesto que imaginar lo contario sería aceptar que en Palacio reina el sinsentido. El problema es que la Familia Real “sabía” hace mucho tiempo que los Urdangarin vivían por encima de las posibilidades que razonablemente podía otorgar la capacitación académica y el amor al trabajo de ambos, y el problema, aun mayor, es que las elites españolas “saben” desde hace décadas que el propio Rey ha conseguido levantar, en tres décadas y pico, una estimable fortuna de la que carecía en 1975 a la muerte de Franco. El problema, como ya se dijo en estas páginas hace escasas fechas, no es que Urdangarin haga negocios; es que quien no puede, no debería, hacer negocios es el Rey.

Y este yo sabía, tu sabías, él sabía… colectivo –convertido todavía en el gran tabú de nuestra vida política y mediática- es lo que lleva a preguntarse a muchos españoles si el jefe del Estado con el que los españoles han vivido años de paz y progreso ahora seriamente amenazados, está en condiciones de reclamar “rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos”, porque “las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”.

La situación parece difícilmente sostenible a la luz de la inevitable imputación de Urdangarin y su posterior declaración judicial, ello por no hablar de las eventuales responsabilidades de la infanta Cristina. Seguramente estamos ante el principio del fin de un reinado. Un largo final, sin duda, que debería inducir a nuestras elites –los jefes de los dos grandes partidos, y/o sus sucesores, que aparecían enmarcados en el discurso de nochebuena junto al Monarca cual columnas de Hércules de la institución-, esas elites políticas y económico-financieras, si de verdad existen, a ir preparando, para cuando la crisis económica amaine, un relevo controlado en la titularidad de la Corona en favor de un Príncipe Felipe de conducta irreprochable hasta el momento, abdicación de don Juan Carlos I mediante.


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