Con Lupa

Hemos ganado tiempo: se trata de no perderlo

Asistí ayer complacido, como tantos compatriotas, al saludo que la familia real tributó en La Zarzuela a la selección española de fútbol, reciente triunfadora de la Eurocopa 2012. Un acto que unió efusividad y sencillez, rehuyendo la retórica grandielocuente propia de este tipo de situaciones. Muy bien la selección. Muy mal el Rey. Jovial, como siempre, que eso está en su ADN. Pero físicamente muy disminuido, como si en seis meses le hubieran caído un porrón de años encima. Recordatorio de uno más, y no precisamente el más liviano, de los interrogantes que se ciernen sobre el futuro de este país a cortísimo plazo.

La victoria de los chicos de Del Bosque en Kiev ha servido a muchos para tirar de metáfora mostrenca, tópico a calzón quitado, como si cualquier cabeza mínimamente amueblada y mayor de edad no supiera que con dedicación y esfuerzo, amén de unas gotitas de talento, es posible llegar lejos o muy lejos. El intento de trasladar la épica de nuestros futbolistas al pedestre territorio de los males político-económicos cotidianos que nos aquejan como nación no deja, por eso, de ser llamativo, en tanto en cuanto esa retórica parece más propia de países de nuevo cuño que luchan por buscar su lugar al sol, que de naciones con siglos de historia detrás, hartas de saber, un suponer, dónde les aprieta el zapato. Recetas de gente menuda. Soluciones de tienda de todo a cien. A cien pesetas.     

Se da por descontado que España tiene excelentes futbolistas –a las pruebas me remito-, magníficos arquitectos, grandes ingenieros, médicos de primer nivel, maestros eficientes, y cientos de miles de titulares de profesiones y oficios que hacen con diligencia su trabajo diario, como corresponde al país desarrollado que somos. El problema se circunscribe en esencia a nuestra clase política, en particular a esa pequeña elite que ocupa la pirámide del poder en los grandes partidos mayoritarios y que, como heredera de la transición, se niega en redondo a abordar cualquier intento de reforma, de regeneración democrática y de recuperación del prestigio de las instituciones, que suponga poner en peligro el estatus quo. Su propio estatus quo como grupo de poder.

Urge recuperar el pulso del Gobierno

Fracasó con estrépito el PSOE de Rodríguez Zapatero, embelesado viendo crecer la burbuja inmobiliaria, primero, y negando la crisis, después, y corre el riesgo de fracasar el PP de Mariano Rajoy si reniega de su obligación –la que le ha caído en suerte en este momento histórico-  de abrir al enfermo en canal y aplicar la terapia de choque que el cáncer que sufre reclama: terapia económica, sí, pero fundamentalmente y sobre todo, cirugía política. España y el Gobierno Rajoy han ganado tiempo en la cumbre europea celebrada en Bruselas la pasada semana. No es poco, bien cierto, pero puede ser nada si el Ejecutivo no aprovecha ese tiempo extra para enmendar el rumbo y enviar mensajes claros, dentro y fuera, de que está dispuesto de verdad a fajarse, a morir en el empeño de volver del revés un país acostumbrado a vivir por encima de sus posibilidades, con la divisa de la corrupción por bandera.

Nada nuevo bajo el sol. Nada que no esté ya dicho cien veces. Los acuerdos alcanzados en Bruselas encierran más de un peligro para España, como ayer mismo se encargaron de poner de manifiesto al unísono los Gobiernos de Holanda y Finlandia. La entrada en vigor de las dos patas fundamentales de los mismos –la posibilidad de rescate directo para la banca, por un lado, y la compra de deuda pública por parte del Fondo de Rescate para países asediados por los mercados, por otro- se retrasan a la última parte del año en curso. Demasiadas incógnitas durante demasiado tiempo. ¿Ha ganado España margen de maniobra bastante para aguantar sin sobresaltos hasta octubre, en un caso, y hasta diciembre, en otro? Dependerá de las urgencias que imponga la refinanciación de nuestra deuda externa en los mercados de capitales. De momento se trata de superar el verano y llegar vivos a finales de septiembre.

Se trata, de una vez por todas, de que el Gobierno Rajoy haga el trabajo para el que fue elegido por mayoría absoluta. Ni más, ni menos. A fin de cuentas, nuestras angustias recientes tienen mucho que ver, todo que ver, con la percepción del mercado, amén del resto de cancillerías europeas, de que, tras unas primeras semanas de aparente actividad febril, Rajoy y su Gobierno han ido perdiendo a chorros iniciativa política hasta dar la sensación de estar a merced de los acontecimientos, cual barco que, perdido el rumbo en plena tempestad, solo espera el momento de ser tragado por las olas. En lugar de haber presentado a los españoles y a los mercados un plan económico global, un plan integral que inexcusablemente debería contar con medidas específicas, plazos establecidos y balances previsionales concretos, el Ejecutivo se ha enredado en una maraña de decisiones menores, cuando no pintorescas o sencillamente erróneas. Urge recuperar el pulso y demostrar que hay un guión y una hoja de ruta clara. Esfuerzo, dedicación y un poquito de talento. Al fin y al cabo, esa es la receta de La Roja.


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