Con Lupa

La descomposición de un partido llamado a refundarse o desaparecer

"La mejor historia de España en los últimos años está toda ella teñida, determinada, por una vieja tradición de melancolía que en forma muy visible reaparece en los mayores historiadores del momento. A la contemplación de la historia se le inyecta el deseo de que hubiese sido de modo algo distinto de como fue, no por capricho o sentimentalidad de estos sabios, sino porque la historia de España hace siglos que viene consistiendo -entre otras muchas cosas- en un anhelo de desvivirse, de escapar a sí misma. Las ideas de grandeza y de decadencia no sirven aquí para mucho". El párrafo pertenece a La realidad histórica de España, el célebre ensayo de Américo Castro enmarcado en el debate intelectual acerca de la identidad nacional española, el "Ser de España" o el "Problema de España" que, surgido a finales del XIX, se prolongó durante décadas y de algún modo aún sigue vivo.

De nuevo la melancolía, el sentimiento de fatalidad que a lo largo de la historia suele acompañar a los españoles cada vez que se frustra, por mil y un motivos, la ocasión de convertir este viejo país ultramontano a veces, cainita otras, tan apasionado como inconstante siempre, en una de esas democracias con las que siempre nos hemos querido comparar. La melancolía se ha hecho carne de nuevo entre nosotros al socaire del fracaso aparente de la Transición, ese periodo histórico que se abrió tras la muerte de Franco y que durante años hizo pensar a millones de españoles que sí, que esta vez sí, que a caballo entre el tormentoso siglo XX y el prometedor siglo XXI había llegado el momento de la redención de nuestras miserias y la conversión de la vieja atrabiliaria España en un país definitivamente moderno, incluso ejemplar. Aquel proyecto por el que valía la pena apostar, se ha visto arrastrado por el fango por culpa de la corrupción, la sed de dinero y la falta de escrúpulos morales y éticos de las elites políticas llamadas a defenderlo y engrandecerlo.

Todo está podrido, porque una generación entera de políticos, los beneficiarios de la Transición, se han entregado a la adoración del becerro de oro del dinero sin ningún tipo de escrúpulos

Casi solapado con el escándalo Rato, la última desgracia que nos ha caído encima atiende a los nombres de Federico Trillo y Vicente Martínez-Pujalte, de quienes ahora sabemos que cobraron de una empresa especializada en la construcción de parques eólicos en Castilla y León 354.560 euros en el caso de Trillo y 75.000 en el de Pujalte. Cobraron por "asesorar" y lo hicieron mientras se sentaban en el Congreso de los Diputados. La Agencia Tributaria dice no haber encontrado informe alguno que justifique los cobros. Ambos son gente muy principal. Trillo ha sido ministro, presidente del Congreso y en la actualidad representa a España como embajador en el Reino Unido. Es de suponer que a estas horas del domingo 26 de abril habrá abandonado el cargo por vergüenza torera, si no por dignidad democrática. Pujalte es el portavoz del PP en la Comisión de Economía en el Congreso. Y de nuevo Juan Español se mira perplejo sin entender nada, o comprendiéndolo todo de golpe: todo está podrido, todo agusanado, porque una generación entera de políticos, los beneficiarios de la Transición, se han entregado a la adoración del becerro de oro del dinero sin ningún tipo de escrúpulos.

Las explicaciones que llegan de la ribera popular sólo consiguen aumentar la congoja de quienes no pueden sino sentirse avergonzados ante semejante espectáculo de rapiña. Pujalte ha reconocido que los cobros existieron y que, "aunque no parezcan éticos, son legales", argumento en el que también ha insistido Trillo. Y el PP ha considerado "suficientes" las disculpas. Más aún, el presidente del Congreso, Jesús Posada, ha venido a justificar la faena asegurando que los sueldos de nuestros parlamentarios "son de los más bajos de la UE", por lo que no ve mal que sus señorías puedan completar su estipendio haciendo lobby en sus ratos libres. "¿Será cierto, como algunos benévolamente afirman, que la masa de nuestro pueblo está sana y que solo la hez es la que sale a la superficie?", escribía Menéndez Palayo en junio de 1882. Y es entonces, viendo a la tercera autoridad del Estado endulzar la tropelía y pervertir el lenguaje, cuando llega el momento de aceptar resignadamente que todo está perdido y que esto no tiene arreglo: ha llegado el momento de hacer borrón y cuenta nueva, pasar página, para, ordenada y democráticamente, buscar un nuevo marco de convivencia entre españoles.

Es el final del PP de José María Aznar

Es el final del viejo PP de José María Aznar, podrido, agusanado hasta el techo. Todos, o casi, se han rendido al vil metal. Todos, o casi, han querido "pillar". Ante tamaña evidencia, la teoría de la conspiración, la tesis de la guerra fratricida que divide al Gobierno y al partido en dos o más frentes, no deja de ser una anécdota para los millones de españoles que apuestan por el cambio. Guerra o conspiración, el caso es que de las sentinas de la Agencia Tributaria no paran de salir nombres manchados, y todos pertenecen a la vieja guardia del PP. "Es el nuevo PP de Soraya & Cia quien quiere enterrar en el barro al viejo PP de Aznar, a la guardia de corps de Aznar", cuentan los exegetas. Pero, ¿quién es ese nuevo PP y qué raíces tiene en la historia y en la estructura territorial del partido? ¿Con qué prestigio cuenta? ¿Qué proyecto tiene para España, si alguno?

Ha llegado el momento de hacer borrón y cuenta nueva, pasar página, para, ordenada y democráticamente, buscar un nuevo marco de convivencia entre españoles

El PP es hoy lo más parecido al ejército de Pancho Villa. Un partido roto, desmoralizado, en el que impera el sálvese quien pueda y que se mueve en el terreno pantanoso donde crece la delación, la filtración interesada, porque todo el mundo está en expectativa de destino y ha llegado el momento de abandonar la nave que se hunde y tender puentes nuevos. Con el 24 de mayo a menos de un mes, Cospedal sigue manteniendo que si pierde la presidencia de Castilla-La Mancha, esa misma noche abandonara la secretaría general del partido, mientras Núñez Feijóo se declara en situación de "disponible", de modo que su desembarco en la calle Génova parece inevitable si el lunes 25 de mayo la derrota que auguran las encuestas fuera una realidad con proporciones de catástrofe. ¿Para hacerse cargo de un barco que navega a la deriva, y cuyo rumbo difícilmente logrará enmendar el buen desempeño de la Economía? Y el ministro Montoro cabreado, profundamente ofendido al descubrirse en el desierto predicando desde la tribuna del Congreso la lucha sin cuartel contra los corruptos sean quienes fueren, mientras sus conmilitones miran hacia otro lado. Y Soraya retranqueada, escondida, ¿esperando su oportunidad? Y Rajoy en silencio.

Imposible ignorar las consecuencias para el inmediato futuro del más que aparente hundimiento del partido que agrupa a la derecha política española. "Yo asistí en primera fila al derrumbe de la UCD y no pasó nada", afirma un veterano político popular. "No pasó porque la Constitución del 78, tan vilipendiada por tantos, permite que a partidos tan importantes como aquél se los trague la tierra sin que tiemblen las columnas del templo, y ello porque entonces había dos alternativas: AP por la derecha y el PSOE por la izquierda. Siempre pensé que al PP nunca podría pasarle cosa parecida, algo que hoy veo muy posible, entre otras cosas porque también ahora hay reemplazo: está Ciudadanos por la derecha, y vuelve a estar el PSOE, muy malito, eso sí, por la izquierda. De modo que el problema no es la Constitución, que naturalmente se puede mejorar; los que están muertos son los dos partidos mayoritarios en los que desde el 78 se ha basado la alternancia, por lo que hay que tener cuidado con arremeter contra una Constitución que ha dado a España muchos años de paz y prosperidad. En todo caso, se puede poner en cuestión el régimen, no el sistema, porque para el sistema democrático no hay alternativa, a menos que esa alternativa sea la que nos ofrecen los Podemos de turno".

De nuevo el "problema de España" sobre la mesa

Es la mala suerte histórica de España con sus élites. "No es la menor desventura de España la escasez de hombres dotados con talento sinóptico suficiente para formarse una visión íntegra de la situación nacional donde aparezcan los hechos en su verdadera perspectiva", escribe Ortega en su España invertebrada. ¿Es posible refundar un PP despeñado en la sentina de una corrupción escandalosa, como el propio PSOE, como el propio rey Juan Carlos I, figura emblemática de la Transición, o hay que darlo por muerto para pensar y repensar una nueva derecha libre de adherencias franquistas, una derecha laica, tolerante, culta y sobre todo honrada, firme en la defensa de los valores liberales, radical con la separación de poderes y constante en el proceso de liberalización económica? La descomposición del PP, en todo caso, viene a certificar el final de la entelequia del cambio del régimen desde dentro, una idea que se ha revelado el sueño de una noche de verano. Tendrán que ser otros los protagonistas del cambio y la regeneración democrática. Vuelta a la melancolía.

¿Es Ciudadanos el germen de esa nueva derecha democrática española? "Es algo que, ante la inoperancia de Rajoy, han captado con rapidez los señores del Ibex. Ellos sí han sabido reaccionar, apoyando en cuestión de meses la consolidación de una alternativa de centro derecha capaz de llenar el vacío provocado por el previsible derrumbe del PP; es una cuestión capital para la estabilidad del país", asegura un empresario madrileño. De nuevo el viejo problema de España, una España que "en cuanto empresa nacional y sin mengua de tal o cual acierto aislado, no ha sabido resolver de un modo armonioso y continuo las varias antinomias operantes en el cuerpo mismo de nuestro país", según Laín Entralgo en su España como problema. Terminemos con un hilo de esperanza, en palabras de gran Sánchez Albornoz y su España, un enigma histórico: "No estamos condenados por implacables leyes de herencia a seguir la misma senda que hemos seguido hasta hoy. Todos los pueblos han cambiado en el curso de su historia y seguirán cambiando en el mañana. Las inclinaciones temperamentales de una comunidad histórica no son eternas. Pueden ser superadas por la inteligente acción de los hombres. Siempre que la conciencia histórica de la colectividad ponga tensos los resortes de la voluntad nacional". 


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