Con Lupa

Mas deja sin argumentos a quienes, lejos de Cataluña, defienden a Cataluña

Dice un antiguo proverbio que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, afirmación que en el caso de Cataluña es más evidente que nunca a la luz de lo ocurrido ayer en el Parlamento regional, donde el presidente Artur Mas anunció la convocatoria de elecciones anticipadas para el próximo 25 de noviembre, una consulta que claramente hay que entender como un plebiscito planteado a los ciudadanos catalanes a favor de la independencia y que hace innecesario, por redundante, el referéndum del que se había venido hablando en las últimas semanas. Nada de medias tintas: si los votos de los partidos que defienden la independentista suman la mayoría el 25-N, como hoy parece evidente, ¿para qué andarse con sutilezas y medias tintas?

Urgido por la imposibilidad –al haber perdido el apoyo del PP catalán- de presentar un proyecto de Presupuestos regionales para 2013; agobiado por una quiebra financiera que le ha forzado a pedir 5.000 millones de euros adelantados al odioso Gobierno de Madrid, y asustado por el malestar social causado por los recortes impuestos por la crisis, el Gobierno de Mas, con el aliento en el cogote de la dinastía Pujol, con un donJordi a la cabeza que aspira a presidir el panteón de los hombres ilustres, la columnata de los héroes de Cataluña con Casanovas, Maciá, Companys y otros adalides del catalanismo, ha decidido envolverse en la senyera para hacer olvidar su fracaso, embarcándose en un viaje a ninguna parte que, además de suponer un monumento al dogmatismo y la intransigencia, reclama un descaro, una desvergüenza y una falta de pudor que sobrepasa todos los límites conocidos hasta ahora.

Parece que CiU y Mas han decidido jugárselo todo a la carta de una independencia imposible

Sumida España en una crisis de proporciones desconocidas, los nacionalistas catalanes han optado por aparcar el seny en el baúl de los recuerdos para entregarse a un juego tan peligroso como incierto. Es el triunfo de la táctica del “cuando peor, mejor”. La irresponsabilidad de este movimiento quedó ayer meridianamente clara a lo largo y ancho del discurso del president. Lejos de nosotros la prudencia del gobernante responsable, vino a decir, llamado a minimizar los problemas en lugar de ampliarlos: “En momentos excepcionales, hay que tomar decisiones excepcionales” (…) “No son tiempos de comodidad institucional. Son tiempos de jugársela”. Y, en efecto, parece que CiU y Mas han decidido jugárselo todo a una carta, la carta de una independencia imposible que para verse coronada por el éxito necesitaría no solo del derribo de la Constitución del 78, que por supuesto, sino de la renuncia del pueblo español en su conjunto a defender su herencia cultural y la integridad territorial de la Nación.

Es evidente que el señor Mas y el ala más radical de CiU han conseguido vender su “mercancía de agravios” a una parte considerable de los ciudadanos catalanes. Cuando los sentimientos sustituyen a los argumentos y la emoción a la razón, como es el caso, cualquier demagogo populista con el freudiano superyo reforzado es capaz de embarcar a un pueblo entero en aventuras cuyo final suele terminar en la estación del dolor y el sufrimiento. El siglo XX está lleno de ejemplos de este tipo. Obligados, pues, a repetir la Historia. El mismo 14 de abril de 1931 en que Alfonso XIII -¡un acierto el viaje del Rey Juan Carlos a Barcelona para verse con Mas, precisamente el día que Mas oficializaba su envite a la nación española!- abandonaba Madrid camino de Cartagena y se proclamaba la Segunda República, Francés Maciá, líder de una Esquerra Republicana entonces triunfante, anunciaba solemne (“¡Catalanes! Interpretando el sentimiento y los anhelos del pueblo que nos acaba de dar su voto…”) el nacimiento de la “República Catalana como Estado integrado en la Federación Ibérica”. El proceso culminaría un 6 de octubre de 1934, con Lluís Companys proclamando desde el balcón de la Generalidad el “l'Estat Català de la República Federal Espanyola”. El final del episodio es de sobra conocido.

 Asombra que la burguesía catalana se embarcarque en este periplo que en modo alguno puede terminar bien

Asombra que 80 años después, en una España que en nada se parece a aquel país económicamente pobre y culturalmente inane –minorías sonoras aparte- que caracterizó nuestra primera mitad del siglo pasado, una Cataluña rica en una España desarrollada; una España integrada en un proyecto supranacional que día a día va reduciendo los perfiles de los viejos Estado-nación a cuenta de las constantes cesiones de soberanía, y una Europa sometida a las tormentas del mundo globalizado de hoy, asombra, digo, que la burguesía catalana sea capaz de embarcarse en este periplo enloquecido que en modo alguno puede terminar bien, a menos que, como antes se dijo, el resto del país, con su clase política a la cabeza (habrá que verlo, porque ayer el Gobierno Rajoy volvió a hacer mutis por el foro), abdique de su obligación moral, que no es otra que defender la Constitución que votamos todos, incluidos los ciudadanos catalanes.

La importancia de focalizar bien al “enemigo”

Factor esencial en el éxito de esa “venta de agravios” ha sido focalizar al enemigo común, al supuesto responsable de las dificultades y penurias de Cataluña, que no es otro, obvio, que el Estado español, el Gobierno de Madrid. Ninguna culpa para el derroche, la corrupción y el sectarismo de un nacionalismo capaz de poner en fuga al capital extranjero más sensato. El tripartito heredó una deuda de 10.000 millones que, menos de ocho años después, había engordado hasta casi 38.000. El tripartito lo presidió el PSC y lo apuntaló esa ERC que, con dinero público, se dedicó activamente a pregonar por pueblos y comarcas de la Cataluña profunda la buena nueva de la independencia redentora, mientras Montilla en Barcelona y Zapatero en Madrid miraban hacia otro lado. En el éxito de esa “venta de agravios” ha resultado fundamental, en fin, la labor de intoxicación de los medios de comunicación catalanes, cuyo adelantado es ahora “La Vanguardia”, antes “La Vanguardia Española”, ahora y antes propiedad de Javier Godó, conde de Godó, Grande de España por la gracia de Juan Carlos I Rey, y siempre fuertemente subvencionada, como el resto de medios catalanes, por la Generalitat.

Conscientes de que todos terminaremos pagando por tanto dislate, solo podemos apelar al cumplimiento de la Constitución. 

Quienes siempre hemos criticado el llamado “café para todos” que tras la muerte de Franco pretendió igualar las aspiraciones históricas hacia el autogobierno de Cataluña y el País Vasco con CCAA tan artificiales, por muy dignas de respeto que puedan hoy parecernos, como La Rioja, Cantabria y tantas otras; quienes siempre hemos defendido la necesidad de dar un cauce democrático, desde luego distinto y distintivo, a aquellas aspiraciones; quienes siempre hemos propugnado el diálogo y la creación de puentes cada vez más sólidos entre Cataluña y el resto de España, convencidos de que no todas las culpas estaban más allá del Ebro; quienes hemos participado de esa corriente de opinión, repito, nos hemos quedado sin argumentos tras el puñetazo en la mesa protagonizado ayer por Artur Mas. Nos rendimos a la evidencia: la demagogia se ha impuesto a la razón; la rauxa a la prudencia, el aventurerismo al sentido común. Conscientes de que todos terminaremos pagando un precio por tanto dislate, solo podemos apelar al cumplimiento de la Constitución.   

Para terminar, y sin ánimo de cabrear a nadie, he aquí una transcripción literal de la respuesta que, en el debate electoral celebrado el 25 de febrero de 2008 ante las cámaras de TVE entre Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, regurgitó el de León a preguntas del gallego: “Nosotros creemos en el Estado de las Autonomías y estamos convencidos de que ha sido muy bueno para el bienestar de España, porque favorece la libertad eliminando el centralismo. Ustedes siempre han ido a rastras con el Estado de las Autonomías, y menuda la que han montado con el Estatuto de Cataluña, crispando, trasladando a todas las CCAA que se rompe España, lo cual era radicalmente falso, cizañando con el tema del catalán… Hemos hecho reformas en los Estatutos para mejorar el autogobierno, y en este periodo hemos vivido más cooperación y menos conflictividad ante el Constitucional que en cualquiera de sus 8 años de Gobierno. Tienen una gran desfachatez: han sembrado discordia entre los ciudadanos y especialmente con el Estatuto de Cataluña. La que han liado con la enseñanza del castellano es la misma que hace 20 años… (…) Por eso, señor Rajoy, su apocalipsis, que es lo que ha hecho en estos cuatro años, parece que se retrasa en la historia: ni España se rompe, ni Navarra ha sido entregada a ETA, ni Cataluña está en un proceso de secesión; más bien está más unida, porque ahora hay ya alta velocidad…” ¡Cuántas cosas tiene España que agradecer al PSOE…!


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