Con Lupa

Entre la decepción y la esperanza: un año de Gobierno Rajoy

Botella medio llena o medio vacía. El tópico al uso se hace más presente que nunca a la hora de pasar revista, siquiera apresurada, al primer año de Gobierno de Mariano Rajoy. Se ha dicho en repetidas ocasiones y es hora de reiterarlo en el momento de hacer balance: para montones de españoles sigue siendo un misterio en qué empleó su tiempo –en qué perdió el tiempo, cabría mejor decir- Rajoy y el Partido Popular en el año y medio largo que va desde el 10 de mayo de 2010 –la noche triste de Rodríguez Zapatero- hasta el 20 de noviembre de 2011, sabiendo como sabía todo el mundo que a la derecha y a su líder les iba a tocar asumir la tarea de gobernar y recomponer el jarrón roto por la inepcia de Zapatero. Misterio. Contra toda lógica, Rajoy entró en Moncloa sin plan concreto alguno, sin equipo de Gobierno, aparentemente sin informes, sin decretos ya listos para asomarse al BOE, es decir, en pelota picada. Esta fantasmal improvisación ha marcado su primer año de Gobierno porque, en apariencia, al Ejecutivo todo parece haberle cogido por sorpresa: desde la cifra de déficit heredada de Elena Salgado hasta el más nimio de los asuntos. Atroz improvisación.

El segundo error, garrafal también, vino después, cuando, en los primeros compases del año, decidió retrasar la adopción de las medidas de ajuste que le reclamaban desde los mercados hasta el lucero del alba para no perjudicar las opciones electorales en Andalucía del camaradaArenas, eterno aspirante al trono de San Telmo para el ala socialcristiana, más que socialdemócrata, del PP. Rajoy cometió de nuevo ese pecado tan español de procrastinar las decisiones, un barco que nunca ha llevado a nadie a buen puerto. El resultado es que se perdieron unas semanas, meses, preciosos. Un error tanto más grave si se tiene en cuenta que destacados economistas liberales  –que sí, que aún queda alguno- venían recomendándole, desde antes incluso del 20-N, la adopción de una batería de medidas de ajuste rápida y contundente, porque hubiera sido preferible, por doloroso que resultara el trance, acometer el ajuste de una sola vez, cortar la cabeza de la serpiente de un tajo, un corte profundo al gasto de 70.000 millones, en lugar de tratar de hacerlo por etapas. Hubiera sido preferible, por doloroso que resultara el trance, acometer el ajuste de una sola vez en lugar de tratar de hacerlo por etapas

Ello hubiera supuesto someter al país a una ducha de agua helada en pleno invierno. Doloroso, cierto, pero preferible al castigo continuado de ese ajuste por etapas, o no hay viernes sin dolor, en que se embarcó el Ejecutivo, cargando semanalmente con nuevos recortes a un cuerpo social muy castigado ya tras cinco años de crisis, con una escandalosa cifra de parados, y con las reservas –desde el humor colectivo hasta la capacidad de resistencia- bajo mínimos. El resultado de la opción gradualista es que, a pesar de los esfuerzos realizados este año –con el consiguiente desgaste en términos de intención de voto para el Ejecutivo- el Gobierno no le ha hincado el diente de verdad a los problemas de fondo, no ha entrado en harina porque, admitiendo que no hay margen para el aumento de los ingresos fiscales por vía de impuestos, no queda más remedio, si queremos evitar la deriva griega, que meterle mano a los cuatro pilares de nuestro Estado del Bienestar, responsables de más del 90% del gasto autonómico: Educación (derrochona y de muy baja calidad); Sanidad (de primer nivel, pero que no podemos pagar); Pensiones (el aumento del gasto, del 5% anual, hace insostenible el sistema y reclama medidas de urgencia), y subsidio de Paro (porque, fraudes al margen, tampoco se puede financiar). Lo dijo Frédéric Bastiat: “La gente ya está empezando a darse cuenta de que el Estado es demasiado costoso. Lo que aún no terminan de comprender es que el peso de ese coste recae sobre ellos”.

Al Gobierno no le queda más remedio que meterle mano a los cuatro pilares de nuestro Estado del Bienestar: Educación, Sanidad, Pensiones y subsidio de Paro

Esta es la situación, en espera de ver qué ocurre con el cumplimiento de déficit a fin de año, el verdadero gordo, por pesado, de Navidad que nos espera a los españoles. Y ya puede decir la izquierda estatista lo que quiera; ya pueden las huestes sindicales echarse al monte y convocar huelgas generales. “Tendremos el Estado del Bienestar que podamos permitirnos”, que dijo Rajoy en junio de 2011. Un año después del 20-N, seguimos en situación de emergencia nacional. Bajar de un déficit heredado del 9,4% a otro del 3% en dos o tres ejercicios exige un cambio radical de mentalidad a Gobierno y gobernados, porque no es posible acometer tamaño ajuste cerrando televisiones autonómicas, aparcando coches oficiales y ahorrando en bolígrafos. Los españoles nos hemos dado un Estado del Bienestar que no se puede financiar más que en situación excepcional de boom fiscal como el que conocimos con el ladrillo, que no se puede mantener con los ingresos que nuestra economía es capaz de generar en condiciones normales de funcionamiento, lo que nos lleva, de pretender seguir viviendo a lo grande como exigen “las izquierdas”, a tener que depender del ahorro ajeno, conducta irresponsable que genera déficits anuales que a su vez se transforman en deuda, deuda cuyo solo servicio se come ya una parte importante de nuestros Presupuestos.

La tarea del Ejecutivo, a medio hacer

Cumplido un año de Gobierno, la tarea del Ejecutivo, para la que conscientemente fue elegido por una mayoría de españoles, se encuentra a medio hacer, por ser benévolos con el calificativo. La reforma del sistema financiero se ha convertido en un serial por entregas ininteligible, inacabable y descorazonador, en tanto en cuanto el crédito está muy lejos todavía de poder empezar a fluir con certeza. Ni un euro de los 100.000 millones prometidos por la eurozona ha llegado aún a España, y el cabreo de los banqueros con el ministro De Guindos, en particular de Francisco González, presidente del BBVA -el único apoyo sincero con que contó Rajoy en la oposición-, es total o casi.

En lo que a la estabilización de nuestra deuda exterior se refiere, el país vive una situación más que paradójica. El Ejecutivo parece haber parado el golpe de una intervención a la griega que durante meses, en especial en torno al verano, se cernió sobre España, mérito achacable -tampoco seamos cicateros- al mismo, pero sigue sin estar resuelto ese problema fundamental que es la financiación de nuestra Economía. Rajoy no pide el rescate porque Alemania no quiere que lo pida ni “patrás”, y la idea de una línea de crédito que por importe de 100.000 millones aportaría el FMI, con el beneplácito del BCE –que de este modo podría empezar a comprar deuda española en caso necesario-, es decir, de Alemania, parece haberse estancado sin que se sepan bien los motivos. “Ahora mismo somos un bote que navega a la deriva con el timón averiado y con la suerte de que la mar está en calma chicha”, aseguraba ayer un conocido economista liberal, “pero el riesgo es altísimo, porque como se desate un temporal, como los mercados se fijen en nosotros y decidan de nuevo ir contra España, estamos muertos…”.

Mariano Rajoy no pide el rescate porque Alemania no quiere que lo pida ni “patrás”

En tal caso a Rajoy y a su Gobierno no le quedaría otra que acometer a uña de caballo un ajuste brutal, el de verdad, un ajuste suficiente como para convencer a los dichosos mercados de que vamos a ser capaces de pagar nuestras deudas. Ajuste a fondo y reformas en profundidad. Es precisamente en el capitulo de las reformas donde la labor del Gobierno Rajoy más insatisfacción está produciendo entre sus votantes. Si de muestra vale un botón, el amago de reforma energética anunciado ha resultado un completo fiasco. A las primeras de cambio, el Ejecutivo se ha rendido a los lobbys y grupos de presión de eléctricas y renovables. A las primeras de cambio se la ha envainado. ¿Resultado? Seguiremos pagando una de las energías más caras de Europa.

Es cierto, este es un Gobierno mediocre, lastrado, además, por la inexistencia de un potente vicepresidente económico con capacidad para articular ese guion, ese relato de su acción ejecutiva que tanto se hecha en falta. El propio presidente es un hombre honesto, un conservador español sin más ideología que la de “mantener sin daño”, que no engrandecer, la herencia recibida. Un patriota sensato –ejemplar, de momento, su manejo del desafío independentista de Mas-, alejado de las locuras de un mentecato como Zapatero que han llevado a España al borde del abismo, pero, para qué negarlo, no es ni de lejos el tipo de líder carismático que la nación necesita en momentos como el presente, uno de los más dramáticos de la ya larga historia de España. No pidamos peras al olmo.

Un Gobierno sano y frugal

Rajoy sería un presidente del Gobierno idóneo para una situación de normalidad presidida por el crecimiento económico y la creación de empleo. El Presidente de “un Gobierno sano y frugal, que asegure la convivencia en paz entre los hombres y los deje libres para hacer realidad sus ambiciones, para crecer y progresar, y que no quite de la mano de nadie el pan ganado a fuerza de trabajo”, que dijo Thomas Jefferson en 1801, con motivo de su primer discurso como presidente. Una situación de país en marcha con una democracia que funciona. Pero España necesita ahora una auténtica revolución democrática, en realidad reclama la apertura de un proceso constituyente capaz de asegurar la convivencia para los próximos 30 ó 40 años sobre la base de una profunda regeneración democrática que ponga fin a ese sistema agotado, exangüe, salido de la transición. Y está claro que esa revolución pacífica no la va a propiciar ningún Gobierno salido de la vieja, eterna alianza, entre la clase política y las oligarquías económico-financieras, con la Monarquía como guinda que corona el pastel.

Tendrán que ser los propios ciudadanos españoles quienes conquisten su futuro. El crecimiento económico se recuperará tarde o temprano, porque nada ni nadie es eterno, pero la asignatura del gran cambio político que España pide a gritos habrá de ser conquistada con sacrificio y esfuerzo. Con movilización. Seamos optimistas. Este es un gran país, con una sociedad civil potente y con grandes profesionales en todas las ramas del saber, de las profesiones liberales y de los oficios. Soñemos por un día con la España que todos ellos se merecen, recordando una frase no de un teórico salido de las sentinas de una Universidad, sino de un hombre de acción, un patriota norteamericano, un tal Ronald Wilson Reagan, dicha ante la Convención Republicana en 1992: “Lo he dicho antes y lo diré nuevamente: los mejores días de los Estados Unidos están por venir. Nuestros momentos de mayor orgullo, nuestros logros más gloriosos, aún están por llegar. Estados Unidos es aún lo que Emerson dijo que era hace 150 años, el país del mañana. Qué descripción tan maravillosa y acertada…”.


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