Con Lupa

El ajuste mollar y los cuatro pilares del Estado del Bienestar

No poca gente de la derecha venía en las últimas semanas afirmando en voz baja que Mariano Rajoy se estaba equivocando al pedir, tímidamente al principio, sin ambages al final, una flexibilización por parte de Bruselas del objetivo de déficit de España para 2012. El argumento esgrimía que esa petición de clemencia debilitaba su posición y hacía componer a España la figura del pobre instalado a la puerta de la iglesia a la salida de misa mayor. Pocos sospecharon que podía tratarse de una estrategia perfectamente diseñada, que buscaba trasladar a la opinión pública la imagen de un Presidente reacio a someter a la población a sacrificios excesivos por la vía de un ajuste draconiano. Don Mariano asumía así el papel del poli bueno, endiñando a la señora Merkel el rol opuesto y haciéndole responsable de las medidas impopulares a adoptar por su Gobierno. “Yo no quería; ellos me obligaron”. Desde esta perspectiva, una suavización del ajuste sería mérito de su Ejecutivo, fruto de la enconada lucha mantenida con Bruselas.

Lo que pocos esperaban es que Rajoy fuera a sorprendernos el viernes con el anuncio de un objetivo de déficit del 5,8%, un punto y cuatro décimas por encima del comprometido con las autoridades comunitarias. Los medios, con pocas variantes, hablaron esa mañana de “desafío” y de “órdago” del Presidente del Gobierno, que con un par había hecho mangas y capirotes del gendarme alemán y de sus monaguillos en Bruselas, para suavizar la dimensión del ajuste exigido a España. Que la estrategia parece haber tenido éxito queda claro en la siguiente anécdota: un periodista de Vozpopuli llamó a Ferraz para recabar la opinión del PSOE sobre lo ocurrido. “Un desastre; fracaso total de Rajoy; no sé dónde va a ir a parar España…” Estas y otras frases del mismo tenor salieron de la boca de Inmaculada Rodriguez-Piñero, miembro de la Ejecutiva Federal. Pocos minutos después, sin embargo, la interfecta llamaba de vuelta pidiendo tiempo muerto: “Oye, para eso, que voy a hablar con Alfredo”. Y un minuto después arribaba la versión oficial: “que no, que al contrario, que está muy bien, y que ya era hora de que Rajoy se subiera al carro de lo dicho por el propio Rubalcaba…”

“Un desastre; fracaso total de Rajoy; no sé dónde va a ir a parar España…”

Sin duda el gesto de “valentía” de Rajoy del viernes tiene más de teatro que de auténtico desafío, puesto que parece obvio que por debajo de la mesa ha tenido que haber algún tipo de guiño cómplice o acuerdo que se formalizará cuando, a la altura de junio próximo, Bruselas revise el Pacto de Estabilidad. Con no pocos países sometidos al mismo o parecido estrés que España –incluida la rica y calvinista Holanda-, la señora Merkel, y no digamos ya el señor Sarkozy, saben que será inevitable suavizar el ritmo de consecución de esos objetivos de déficit, amén de tener que contemplar enseguida medidas de estímulo, pues no hay cuerpo serrano que aguante una cirugía a corazón abierto de 43.500 millones en un solo ejercicio, que es la cantidad que habría sido necesario ajustar en 2012 para pasar de un déficit del 8,5% a otro del 4,4%, porque hacerlo así supondría quebrar de forma dramática la estabilidad política y social del país.

Gente hay en la propia derecha que opina que Rajoy se ha equivocado, porque hubiera sido preferible, por doloroso que resultara el trance, hacer el ajuste de una sola vez, cortar la cabeza de la serpiente de un tajo, en lugar de tratar de hacerlo por etapas. Alcanzar el 5,8 de déficit va a exigir un ajuste en los PGE de 2012 de 13.600 millones (a sumar a los 15.000 desmochados a finales de diciembre), que es mucho, sí, una barbaridad, pero que una cifra manejable comparada con el esfuerzo que queda pendiente, porque los PGE del próximo año, cuyo proyecto tendrá el Gobierno que presentar en julio –en realidad el Ejecutivo va a tener que trabajar en paralelo con dos Presupuestos- exigirá un recorte de otros 29.700 millones para alcanzar la tierra prometida del 3% de déficit a finales de 2013. Pero eso se va a tener que hacer con un cuerpo social muy castigado ya tras cinco años de crisis, con una escandalosa cifra de parados (24,3% de la población activa), y con las reservas –desde humor colectivo hasta capacidad de resistencia- bajo mínimos. ¡Un desafío en toda regla!

Por las buenas o a la griega

Nos hallamos ante una situación de emergencia nacional, que no admite paños calientes. Bajar de un déficit del 8,5% a otro del 3% en dos ejercicios (en realidad en año y pico) afrontando un ajuste de caballo de 58.400 millones, no va a ser posible cerrando televisiones autonómicas, aparcando coches oficiales y ahorrando en bolígrafos. Los españoles nos hemos dotado de un Estado del Bienestar que no se puede financiar con los ingresos que nuestra economía es capaz de generar en condiciones normales de funcionamiento, lo que nos lleva a tener que vivir del ahorro ajeno, y a generar déficits anuales que se transforman en una deuda cuyo servicio se come una parte importante de nuestros PGE (casi 30.000 millones gastaremos en 2012 en pagar intereses, más de la mitad del ajuste total). La dura realidad es que es imposible cumplir cualquier objetivo de déficit sin estabilizar esa deuda, lo que implica meter la tijera de forma drástica en el gasto.“Tendremos el Estado del Bienestar que podamos permitirnos”

Se acabaron los tiempos de la cosmética. Hay que entrar en harina, porque no hay margen para el aumento de ingresos fiscales por la vía de la subida de impuestos. El gran ajuste que viene implica tocar los cuatro pilares de nuestro Estado del Bienestar, responsables de más del 90% del gasto autonómico: Educación (derrochona y de muy baja calidad); Sanidad (de primer nivel, pero que no podemos pagar); Pensiones (el ritmo de aumento del gasto, del 5% anual, hace insostenible el sistema y reclama de nuevo  medidas de urgencia), y subsidio de Paro (porque, fraudes al margen, tampoco se puede ya financiar). Esta es la situación. Se podrán poner todas las pegas del mundo a esa radiografía; se podrá argumentar en contra, protestar y patalear, pero no hay tío páseme el río. Lo dijo el propio Rajoy en junio de 2011: “Tendremos el Estado del Bienestar que podamos permitirnos”. Y, ¿cómo se arregla esto? Por las buenas o a la griega, no hay otra forma. La clase política no quiere saber nada de esta abrumadora realidad, y sigue escamoteando la verdad a los españoles, pero si queremos reducir la espiral de la deuda y sus funestas consecuencias, no habrá más remedio que acometer la parte mollar del ajuste.

¿Defender lo público o defender lo mío?

Visto lo ocurrido en Valencia y en Barcelona estos días por una futesa, el horizonte no puede ser más preocupante a la luz de esos recortes. Conozco a algún socialista con pedigrí que, antes de la toma de posesión de Rajoy, aseguraba que la situación se iba a volver tan irrespirable desde el punto de vista de la paz social que el PP se vería obligado a llamar a la puerta del PSOE en demanda de un Gobierno de concentración o cosa parecida. La realidad es que va a ser tan fácil incendiar la calle con algo de determinación y unas gotas de demagogia, que resulta difícil imaginar la mera posibilidad de un ajuste de tales dimensiones, siquiera con mayoría absoluta, sin llegar a algún tipo de pacto o acuerdo con el Partido Socialista.   

El Gobierno Rajoy está trabajando como una mula en estos primeros meses, pero ese loable esfuerzo no le pone a sotavento de un temporal que puede sacar a la calle no solo a los marginales de costumbre, sino a un montón de gente “normal”. Además de los asalariados del sector privado que vienen pagando el pato vía paro o vía IRPF, las medidas van a afectar a amplios sectores de clase media, clientela electoral popular incluida, que se han acomodado a vivir en el engranaje administrativo, educativo, sanitario o simplemente clientelar de las CC.AA. controladas por el PP, y que van a resultar directamente afectados por el recorte, hasta el punto de ser potencialmente utilizables por la fiel infantería de la izquierda. Una mayoría de la población entendería la necesidad de reducir el coste de servicios fundamentales para evitar su desaparición, pero aquí no se trata de “defender lo público”, sino de “defender lo mío”, porque “lo público”, entendido como servicio a terceros, en realidad importa a muy pocos. Lo público es “mi curro” y “mi nómina”, y el capullo que ose tocármela se va enterar de lo que vale un peine. Así estamos: abocados al gran desafío.


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