Con Lupa

Valencia como ensayo general de ocupación callejera

Lo ocurrido estos días en Valencia sería una anécdota más o menos dramática o simplemente pintoresca, a gusto del consumidor y de su particular visión de la política, si este fuera un país en otra coyuntura histórica, un país sin las cifras de paro del nuestro y con un crecimiento saludable de su PIB. Como esto no es así, como España está enfrentada a una crisis de proporciones desconocidas, con un año por delante muy duro que resulta ser el quinto año de una crisis que parece no tener fin, y como hasta el más lego puede imaginar el clima de tensión social que podría llegar a producirse a medio plazo si los sacrificios exigidos a la población llegaran a ser insoportables, no es aconsejable despachar lo ocurrido en las calles de Valencia con una larga cambiada, y sí, por el contrario, tomarlo como prueba, test o anuncio de lo por venir si las cosas llegaran a pudrirse del todo como tantos quisieran.    

No es ocioso recordar que este partido se ha jugado, se está jugando, en el terreno de la Comunidad Valenciana, cuyos responsables políticos, del Partido Popular, por cierto, han protagonizado una de las gestiones económicas más escandalosas que se recuerdan sobre la piel de toro, hasta el punto de haber llevado a la Autonomía a una situación de quiebra que sólo el soporte del Estado ha evitado llegara a materializarse. El agujero tiene proporciones de desfalco generalizado y que se sepa, y al margen del grotesco episodio de los trajes, nadie, ni en PP valenciano ni en el nacional, ha pedido disculpas a los ciudadanos por el cuasisaqueo. Desde el punto de vista de un Gobierno obligado por las circunstancias a poner en marcha un ajuste de caballo, esa condena, primero, y disculpa, después, hubiera sido, más que necesaria, imprescindible para dotarse de la legitimidad necesaria para la acción política.

Parece que una de las consecuencias de los ahorros obligados ahora por los despilfarros antiguos es que un Instituto, o tal vez muchos, no puede poner la calefacción durante toda la jornada escolar. La secuencia es tan vieja que causa rubor recitarla: a las protestas de los estudiantes se unen los gachupines profesionales sin oficio ni beneficio, que han proliferado como las setas durante el invierno de Zapatero, siempre dispuestos a la bronca. Una mala gestión policial (el jefe valenciano fue nombrado por Pérez Rubalcaba) de la algarada callejera consiguiente enciende el fuego, que enseguida el poderoso aparato de agit-prop de la izquierda, a nivel local y estatal, se encarga de alimentar, y cuyas ascuas aviva el PSOE con el entusiasmo que le caracteriza.   

Mención especial merece el nuevo ministro del Interior, Fernández Díaz, valiente, que ha sido capaz de dejar con el culo al aire a su Policía a las primeras de cambio. ¿Es este el tipo de gente “dispuesta a incinerarse” por la causa, que prometió Mariano Rajoy? Es lo que tiene nombrar ministros a gente a la que debes uno o muchos favores y a la que hay que agradecer servicios prestados, por encima de su idoneidad y de su talento para el ejercicio del cargo. El talento de Fernández, un tipo que no mira a las cámaras cuando habla, debe ser mucho, pero debe llevarlo muy escondido.

La labor de desgaste al Gobierno Rajoy

No sé si el Ministro conoce los mecanismos de lucha y ocupación del Poder que la izquierda española ha patentado, pero convendría que los conociera. El punto de partida en la asunción de que la única opción legitimada de Gobierno es la izquierda, la única verdaderamente legitimada para ejercer el Poder en España es la izquierda, de modo que el Gobierno de un partido de la derecha se tolera muy malamente aunque cuente con mayoría absoluta, y la obligación de todo progre que se precie es la de obstaculizar su labor y tratar de tumbarlo por tierra mar y aire. Dentro de esa línea, el aparato de agit-prop de la izquierda lo tiene claro: todo es un asunto de buenos y malos. Ayer mismo, por ejemplo, todos los gamberros apaleados por la policía aparecían en el diario oficial de la “operación desgaste del PP” como grandes chicos, y sus testimonios eran recogidos en términos elogiosos. Ninguno tenía/tiene edad para estar en el Instituto ya, y todos o casi “pasaban por allí”  cuando apareció el de la porra dispuesto castigar duramente nalgas ajenas. Ni un testimonio policial, desde luego, porque los malos son los polis. Entendámonos, los polis son malos por definición; en realidad son unos hijos de puta, sólo que cuando gobernamos nosotros son nuestros hijos de puta y hay que defenderlos…

La política de apaciguamiento tiene sus riesgos, desde luego. Pero, con todo, esta no va a ser una pelea que, con la que se le viene encima, el Gobierno Rajoy PP pueda ganar o simplemente pueda plantearse ganar a medio y largo plazo apelando a las vísceras, a la testosterona. Esto sólo lo podrá ganar con talento, con mucho talento, y con mano izquierda, nunca mejor dicho. Va a hacer falta mucho tacto, combinado con la imprescindible firmeza, para poner en su sitio de una vez a los que, después de haber dejado España en ruinas, aprovechan el primer error del Ejecutivo para, desde el aparato de agitación y propaganda que controlan, tratar de incendiar la calle.

Quien desde hace décadas comanda ese aparato no es otro que el señor Cebrián, que ya ha empezado a trabajar en la tarea de desgaste del Gobierno Rajoy, para allanar el camino al amigo de la casa, que a su vez no es otro que el señor Rubalcaba. Convendría que el señor Rajoy y su gente tomaran nota: un tipo que ha sido capaz de montajes tan pestilentemente mafiosos como el puesto en marcha con el caso del juez prevaricador Garzón, es un tipo capaz de todo. Pero no debería ser tan difícil llamar al orden al jefe de la “famiglia”, un tipo que como premio a su conquista de haber empobrecido a los herederos del fundador se atiza un sueldo de 9 millones de euros al año, y vive, él y su grupo, a costa de la constante renovación de créditos bancarios vencidos desde hace años. No debería ser tan difícil tocarle las cosquillas, digo yo.

Lo dicho: ya sabemos que en el correcalles de Valencia ha comenzado la labor de desgaste al Gobierno Rajoy. No hay que olvidar que menear a los estudiantes de bachillerato, y no digamos ya a los universitarios, es una tarea sumamente fácil, con o sin porras de por medio, en un país que hoy no ofrece a sus generaciones jóvenes más futuro que el paro o la emigración. Sumar a los sindicatos en la algarada es asunto que está en el libreto. Hacer después la situación irrespirable es trabajo que domina a la perfección el señor Cebrián y sus chicos. Le conviene al Gobierno Rajoy atarse los machos.


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