Con Lupa

Rajoy es de los nuestros, pero está con ellos

Circula una tira cómica verbal por ambientes cercanos al ala liberal –tan raquítica ella, por cierto- del PP, según la cual Mariano Rajoy, haciendo honor a su especialidad, ha organizado el Gobierno de la nación que preside como un Registro de la Propiedad, y a tal efecto ha nombrado un oficial mayor, en este caso Soraya Sáenz de Santamaría, de quien dependen una serie de auxiliares encargados de tareas varias que despachan con la oficial los asuntos del día. El señor registrador se pasa por la oficina una vez a la semana para atender los asuntos de firma, pero no se mete en harina, deja hacer, delega. En realidad delega tanto que el guirigay se ha instalado ya en el Registro, y eso que el negocio acaba de abrir como quien dice. Y, como diría el cheli, esto no queda así; esto se hincha.

La sensación que se advierte entre el electorado popular es de perplejidad, emoción que se trasmuta en alarma creciente a cuenta del aluvión de cifras y datos y proyecciones a cual más negativas, provenientes cual chuzos de punta de todas las instancias terrenales, sea el FMI, Bruselas, el Banco de España o el sursum corda. Como en el caso del Costa Concordia, el barcarrón español ha encallado, el país está parado, recostado sobre los bajíos de una crisis terrible. Nada ni nadie se mueve, y no sabemos si nuestro particular capitán Schettino sigue a bordo o se ha caído también en un bote salvavidas, alarmado por las nuevas cifras de paro que llegan, dispuesto a huir al puerto de nunca jamás donde atan los perros con longaniza de esperanza.

Tanta desdicha, tanta perplejidad, coge a Juan Español muy bajo de defensas, porque la nueva gripe le asalta tras una pulmonía que ha durado años y después de que la vacuna descubierta el 20-N le permitiera soñar con una primavera donde no tuviera que desayunarse cada mañana con un aluvión de desgracias. Primera constatación: no hay en este Gobierno y sus aledaños un guión medianamente claro de lo que está haciendo o quiere hacer; no hay un relato, un discurso coherente sobre sus planes a corto, medio y largo plazo, tras el cual aparezca, o al menos se intuya, un cierto horizonte de futuro. Rajoy, como la gaseosa, gastó su fuerza el famoso 30 de diciembre con el ajuste de los 15.100 millones, y desde entonces el huracán ha ido amainando hasta quedar en nada. Como en la meteorología, pura situación anticiclónica: solecito frío por la mañana y larga noche negra, después, con temperaturas bajo cero.

Segunda constatación: Una descoordinación más que notable preside la acción de Gobierno. Y la manguera de Soraya, nuestra Oficial Mayor, no llega para apagar tanto fuego como le preparan algunos ministros. En efecto, la señora vicepresidenta no da más de sí atendiendo declaraciones encontradas no solo de los responsables de Economía y Hacienda, sino de ministritos que pasaban por allí, y con actos como el de este martes en torno a la promoción de la “marca España”, donde cerca de 30 prebostes de nuestra empresa se reunieron con el ministro de Industria y el de… Exteriores, pero no con el de Economía. Cierto, De Guindos tenía Ecofín, pero eso se sabía, esa reunión figuraba en la agenda de Bruselas desde hace muchas semanas. ¿Hay alguien ahí dispuesto a poner orden?

El enigma de la ideología de este Gobierno

Tercera constatación: La ausencia de un vicepresidente económico formal se está demostrado como un error de trazo largo. Como escribí en este blog, la asunción de ese papel mediador por parte de Rajoy le iba a suponer echarse sobre los hombros una carga de trabajo adicional formidable, desde luego añadida a la ya de por sí cuantiosa inherente a un cargo condenado siete días a la semana, 365 días al año a tratar con músicos y filósofos, con escribas y fariseos, con asuntos de energía, salud, educación, interior, exterior, lobbys, presiones, amenazas, riesgos sin fin… Lo normal, por eso, es que el presidente del Gobierno no pueda cumplir esa función añadida, una constatación que tiende a avivar las llamas de la bicefalia creciente visible en el área económica, pelea en la que Montoro, por obvias razones, parte con varios cuerpos de ventaja sobre De Guindos.

Cuarta constatación: Las medidas –más bien anuncios- adoptadas hasta ahora están tan condicionadas en su aplicación por la racanería del discurso que todo está saliendo mal o lo parece, todo tiene un aire emergencia, de provisionalidad y de falta de solidez que asusta. Por debajo del oleaje del momento, de esa “mar confusa” que corona la escala deBeaufort, late un mar de fondo de no te menees y que tiene que ver con la orientación ideológica de este Gobierno, asunto este preocupante en extremo para quienes han creído votar a un Gobierno de centro derecha que, inopinadamente, comienza a comportarse con tics propios de cualquier socialdemocracia démodé. De Guindos, o el propio ministro de Industria, Soria, de acrisolada condición liberal, parecen tener perdida la partida ante las socialdemócratas querencias de Montoro, el hombre fuerte de este Gobierno, muy influido él por paisanos y amigos como Javier Arenas, un socialcristiano perdido para la causa liberal, y como Pedro Arriola, un malagueño con cierta querencia hacia esa concepción del Estado “hada madrina” propia del sindicato vertical.

El bloque andaluz controla Moncloa

Con este panorama, no es extraño que la especie de que la política de reformas del Gobierno Rajoy está capada por la exigencia del bloque andaluz de no perjudicar con un ajuste duro las posibilidades de ocupar la presidencia de la Junta de Andalucía que alberga Javier Arenas se haya convertido en moneda de curso legal que ha calado hasta en los mercados de abastos. La explicación es, como coartada, una inmoralidad inaceptable, y como estrategia un inmenso error, pues, como se demostró en Cataluña con CiU, el electorado tiende a premiar, que no a castigar, a aquellos partidos y Gobiernos capaces de tomar el toro de la crisis por los cuernos y adoptar medidas, por duras que sean, que les permitan atisbar cuanto antes un horizonte de esperanza.

“Esto tiene muy mala cara”, se oye decir por la calle a gente nada sospechosa de izquierdismo. “El problema”, me contaba ayer un hombre con criterio, “es que Mariano Rajoy no es un liberal, sino un conservador español a la vieja usanza”, y de ahí, cabría concluir, esa tensión que se advierte entre dos visiones encontradas de la política económica y de las reformas que es necesario abordar. “Eso no es verdad”, me replicaba más tarde alguien muy cercano al Ejecutivo, “Mariano es más liberal que conservador; Mariano es de los nuestros, lo que pasa es que está con ellos…” No todo está perdido, ni mucho menos. El partido acaba de empezar. Todo dependerá de lo que este Gobierno sea capaz de hacer con las dos grandes reformas que tienen pendientes, la financiera y la laboral. Con más de 5 millones de parados, o se interviene a fondo al enfermo o morirá. Jamás Gobierno alguno dispuso de semejante cheque en blanco como el que la mayoría absoluta ha otorgado a Rajoy, y ni España ni la Historia le perdonarían nunca no haber hecho lo que estaba obligado a hacer.


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