Con Lupa

¿Y si Rajoy hiciera coincidir catalanas con generales?

Difícil no sentir cierta debilidad por el personaje. Aunque su apostura se marchita a pasos agigantados (normal, el hombre dice que duerme mal, que tiene pesadillas por la noche, que sueña con Oriol Junqueras, que no lo puede ver ni en pintura, que lo detesta…), sigue luciendo ese palmito de jefe de planta de El Corte Inglés, su sonrisa impostada, sus guiños pícaros tras las elegantes gafas de concha, sus manos moviéndose como aspas de quijotesco molino, y con qué seguridad se explaya en ruedas de prensa que pueden durar 40 minutos o 4 horas, porque el señor tiene todo el tiempo del mundo y lo que es gobernar, lo que se dice gobernar, es decir, preocuparse por los problemas de los catalanes, no se ocupa para nada, de eso pasa, que él bastante tiene con la misión histórica que le ha sido encomendada no se sabe muy bien por quién, y qué cuajo, qué seguridad, qué capacidad para tragar sapos tiene este Marlon Brando del nacionalismo, che bello, “una pesadilla han sido estas últimas semanas”, decía el miércoles, “pero se ha rehecho el pacto de unidad”, ¿para qué? Para “continuar el proceso político de transición nacional hasta la victoria”. En ello anda, con ello sueña, con poder asomarse al balcón del Palau de la Generalitat y, cual nuevo Macià, declarar la independencia de Cataluña pasando a la historia como el héroe definitivo que el nacionalismo anda persiguiendo desde 1714.

Mas disponía de 62 diputados y disolvió el Parlament porque quería 70, pero se tuvo que conformar con 50. Ahora la horquilla está entre 30 y 35. Éxito total

De derrota en derrota hasta la victoria final. Porque Artur Mas, que estaba llamado a calentar sillón para uno de los hijos del padre de Convergencia, el fundador de la dinastía, don Jordi Pujol, el evasor, el defraudador Pujol, se ha hecho fuerte en la plaça Sant Jaume y de allí no le saca ni la pareja de la guardia civil, que todo podría suceder. El señorito disponía de 62 diputados en el Parlament y disolvió porque quería 70 y fue a elecciones anticipadas y se tuvo que conformar con 50, hostia al canto, y ahora las encuestas que maneja La Vanguardia, diario oficial del procés, le dan una horquilla de entre 30 y 35. Éxito total. El menda urdió la estratagema de ir a “elecciones plebiscitarias” (sic) en lista única con ERC para enmascarar el descalabro, pero “cara de piedra” Junqueras dijo que de eso nada, monada, que ya era hora de retratarse por separado y ver quién es quién, de modo que no le quedaba más remedio que alargar la agonía e intentar acabar la legislatura, con la esperanza de que la recuperación económica, el cansancio de ERC o un simple milagro le permitiera dar la vuelta a la tortilla.

En esas andaban, rota la unidad, quebrada la sagrada unanimidad que ha de llevarnos al edén de la independencia, hasta que el miércoles, casi en el último suspiro, se rehízo “el pacto de unidad” no sin que antes, en la sede de la Generalitat, la heroína Forcadell que con mano de hierro controla la Asamblea Nacional Catalana pusiera firmes a ambos y les conminara: “de aquí no salimos hasta que haya un acuerdo; tenemos todo el tiempo del mundo”. Y como el que va a ganar no tiene capacidad para convocar –prerrogativa del presidente-, se ve obligado a aceptar las condiciones del que va a perder, asumir la patada palante y a ver qué pasa de aquí a septiembre. Un arreglo de mínimos, como revelaban los gestos crispados de Mas y Junqueras en la noche del miércoles, dos tipos dispuestos a jugarse, cual perfectos tahúres, el futuro, probablemente la paz, y seguramente la prosperidad de más de 7 millones de catalanes. Cataluña raptada, emparedada entre las ensoñaciones de un atávico profesor de Instituto y las ambiciones de un tipo que sencillamente se ha vuelto loco y que, fuera de la realidad, solo aspira a salir al balcón y proclamar la independencia, porque eso quiere hacerlo él, tiene que ser él, que no vamos a dejar tamaño honor a un señor tan poco presentable como Junqueras, un tipo al que nunca invitaríamos a cenar en cualquiera de nuestras elegantes torres de  Sarrià-Sant Gervasi.

Las contradicciones de la farsa nacionalista

Y que le vayan dando a ese 70% de catalanes que no quiere la independencia o pasa de ella, porque lo que de verdad le importaría es que los servicios públicos funcionaran, los recortes pasaran a mejor vida y la calidad de vida democrática ganara algún entero, lo que implicaría, por encima de otras consideraciones, que los que llevan casi 40 años robando dejaran de robar. Es parte esencial en la farsa nacionalista: las huestes de Junqueras no solo le aprueban a Mas los presupuestos, sino que se comprometen a tapar sus vergüenzas evitándole el trago de tener que comparecer ante la comisión de investigación (es un decir) del caso Pujol, un asunto que Mas conoce al dedillo, toda una vida a la sombra de Pujol, viendo cómo afanaban los Pujol, participando en la fiesta de los Pujol. Es el santo y seña de la “República Catalana del 3%”: su falta de escrúpulos a la hora de trincar, su laxitud moral para luchar contra la corrupción. Una República quebrada, que este año necesitará pedir al Estado, a través del FLA, alrededor de 6.500 millones para poder pagar las nóminas de sus funcionarios, y también para que “la comunidad internacional entienda bien qué se vota el 27 de septiembre y qué quiere decir que Catalunya disponga de un Estado propio”, según decía ayer el consellerFrancesc Homs en La Vanguardia. 

De nuevo la impresión de que el soviet de la secesión, la minoría revolucionaria, que decía Lenin, lo domina todo y no hay espacio para la voz discrepante

Como era de esperar, el tam tam mediático que encabeza el conde de Godó por la gracia de Juan Carlos I y que con tan soviética perfección funciona en Cataluña (341 millones tiene previsto invertir este año la Generalitat en medios públicos y privados), ha vuelto a cantar las excelencias de este nuevo conejo, nada por aquí, nada por allá, que el señorito se ha sacado de la chistera, esta nueva patada a seguir. De nuevo la impresión de que el soviet de la secesión, la minoría revolucionaria, que decía Lenin, lo domina todo, todo lo controla, y no hay espacio para la voz discrepante. Y otra vez la sensación de que no hay alternativa, de que en Cataluña no hay espacio para la razón por la fuerza de la sinrazón, porque las baterías del nacionalismo se están encargando de machacar a Podemos, porque Pere Navarro se cargó al PSC, porque Ciudadanos crecerá pero no lo suficiente para ser alternativa y porque lo del PPC es una tragedia con ribetes de comedia, por no hablar de esa izquierda catalana que sigue en lo suyo: en hacer de palanganeros de la revolución burguesa que persiguen los señoritos de Convergencia asustados con los jueces de Madrit.  

Los empresarios siguen callados como putas, con la excepción del dueño de Freixenet, un valiente dispuesto a recibir las tortas que la intolerancia nacionalista tenga a bien propinarle. “Fainé no habla con Mas porque Mas no le llama. Hace tiempo que Mas se dio cuenta de que los que tienen poder económico en Cataluña son cuatro, que cada vez son menos y que nunca contará con su apoyo, así que pasa de ellos”. Y ¿por qué, entonces, empresas como La Caixa o Gas Natural no denuncian los riesgos de la aventura secesionista? “Porque tienen que disparar esa bala en el momento oportuno, ni antes ni después. Si lo hubieran hecho las veces que se lo han pedido, hace tiempo que la habrían gastado. Por lo demás, todo el mundo sabe que el portfolio de esas dos empresas es mucho más español que catalán, de modo que es fácil adivinar lo que harían si la aventura independentista saliera adelante”. 

El hastío que produce el circo nacionalista

Y una sensación de hastío se apodera de la gente del común. Es el cansancio que produce este circo non stop, este culebrón desvergonzado, esa obscena realidad virtual en la que se ha embarcado el nacionalismo catalán entre el silencio general y sin enemigo en frente. No lo han encontrado en Mariano Rajoy. No hay enemigo en el hombre que se limita a callar, que ya le hubiera gustado al independentismo tener en frente a un presidente del Gobierno dispuesto a intervenir, qué maravilla sería contar en Madrid con alguien con gallardía bastante para permitirles, victimismo mediante, superar sus diferencias y soldar por vínculo de sangre esa sagrada unanimidad que es piedra angular del Procés. Por encima de la hojarasca mediática que expele la Cataluña nacionalista, la realidad es que el acuerdo del miércoles no ha apagado el odio que se profesan Mas y Junqueras sino al revés, y casi 9 meses por delante hasta el 27 de septiembre pueden resultar demasiados meses a poco que la sociedad civil catalana se movilice contra el aventurerismo y que el Gobierno central haga sus deberes de una vez por todas.

El Gobierno Rajoy dispone ahora de una carta de oro que ese fino estratega que dice ser Mas le ha puesto en bandeja, al fijar fecha para las autonómicas: hacer coincidir el 27 de septiembre próximo las catalanas con las generales que, de un modo u otro, deberían tener lugar apenas mes y pico después. Sería una forma de diluir a los partidarios del soberanismo en la gran ola de las generales, con el PP como garante de la unidad y con Podemos como protagonista activo con capacidad para robar votos a mansalva. Una oportunidad de asestar al procés un golpe tal vez definitivo. Me consta que en La Moncloa se está analizando esta posibilidad –José Alejandro Vara cuenta aquí la decisión de aunar las campañas del PP a catalanas y generales, indicio claro de por dónde van los tiros-. El obstáculo a superar es la renuencia del registrador de la propiedad a admitir la idea de que el independentismo catalán pueda condicionar la vida política española. ¿Le parece al señor Rajoy poca cosa el riesgo de ruptura de la unidad de España? Encomendémonos pues a San Mariano y exijámosle que tenga lo que hay que tener. Que no es lo que algunos piensan, que también, sino una pizca de talento y un poco de patriotismo. “Patriotismo constitucional”, lo llamó Jürgen Habermas. Pues eso.


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