Con Lupa

Rajoy, Obama y la tristeza del discurso español

Un día gris de noviembre. Amanece otra mañana fría sobre Madrid, mientras los noticieros desgranan con voz cansina el rosario de desgracias que acontecen en la patria mía: un señor que se ha tirado desde el noveno cuando iban a desahuciarle; una alcaldesa que se fue a pasar el fin de semana a Penha Longa mientras la capital lloraba a sus muertos del Madrid Arena; una señora que reconoce haberse metido 375.000 euros año “pal cinto” por pertenecer al Consejo de un banco a pesar de no tener “ni idea sobre finanzas”; unos diputados que pierden sus iPads con regularidad más que sospechosa y reclaman al Congreso que se los reponga, y un señor, el de siempre, que en el diario capítulo de “pasión de catalanes” acaba de arrear la coz del día a quienes no son nacionalistas… Más las previsiones de la Comisión Europea para España, recordando que en 2013 caeremos un 1,4%; más los miles de personas que hoy perderán su empleo, y todo son desdichas, negro sobre negro, miserias de país dejado de la mano de Dios, pesadumbre, desesperanza que incita a volver a la cama para no salir de ella.

Y de repente una voz metálica, altiva, cargada de energía, inunda el receptor con un discurso en inglés que rebosa fuerza, desprende vigor, llamando a sus compatriotas, norteamericanos que acaban de elegirle para un segundo mandato, concitándoles para el supremo esfuerzo de afrontar los problemas del país desde el convencimiento de que el sueño americano, los ideales que hicieron grande a la democracia en América, siguen vivos, plenamente vigentes. “La tarea de perfeccionar nuestra unión sigue adelante gracias a vosotros. Sigue adelante porque habéis reafirmado el espíritu que ha triunfado sobre la guerra y la depresión, que ha levantado a este país desde la desesperación más profunda hasta las mayores esperanzas, la convicción de que, aunque cada uno de nosotros persigue sus sueños personales, somos la familia americana y ascendemos o caemos como una misma nación y un mismo pueblo (…) Esta noche, vosotros, el pueblo estadounidense, nos habéis recordado que, aunque nuestro camino ha sido duro, aunque nuestro recorrido ha sido largo, nos hemos levantado, hemos recuperado nuestro rumbo, y sabemos, desde el fondo de nuestros corazones, que, para los Estados Unidos de América, lo mejor está por llegar”.

Y uno siente de pronto un cosquilleo que le recorre el cuerpo, le dilata el corazón y casi le invita a abrir de par en par la ventana para gritar a los ciudadanos que, taciturnos, caminan abajo, llenando la acera, con la cabeza gacha… Gritar, ¿qué? No sé, tal vez decirles que se paren un momento, que desafíen a la lluvia, unan sus manos y decidan luchar juntos por algo mejor, un país más limpio, más justo, menos corrupto, mejor gobernado… Que decidan, como primera providencia, desterrar de un manotazo la sombra gris de este pesimismo que nos domina y asusta y paraliza y parece empeñado en arrebatarnos el futuro.

Camino ya del sexto año de una crisis que parece no tener fin, a los españoles, siempre derrotistas, siempre dispuestos a hablar mal de nosotros mismos, se nos ha olvidado que España es un gran país y que los españoles formamos parte de una gran nación. Nuestros hijos figuran por derecho propio entre ese 30%, tal vez 40%, de jóvenes que hoy integran la generación mejor preparada de la historia española, jóvenes capaces de competir con ventaja con sus iguales de cualquier latitud, y ello porque los padres nos hemos ocupado de que así fuera, dedicando a la tarea buena parte de nuestros ahorros. Contamos con arquitectos de enorme prestigio cuya obra inunda las cuatro esquinas del planeta; ingenieros que construyen puentes y autopistas en los cinco continentes; médicos y especialistas que han hecho de nuestra medicina hospitalaria una de las mejores del mundo; científicos que investigan en los más prestigiosos laboratorios; deportistas de elite que ganan competiciones internacionales; gentes sin cuento: técnicos, maestros, artesanos… familiares, amigos, vecinos, que hacen su trabajo con diligencia y honestidad.

Formamos parte de un gran país

Este país que parece a punto de hundirse como si de un nuevo Prestige se tratara, expulsado a mar abierta por la incuria de una clase política que es, tal vez, la peor preparada, la intelectualmente peor pertrechada para hacer frente a la situación que atravesamos, este país, digo, asediado por los perros de la crisis, sigue siendo una plataforma de oportunidad, un país con grandes cosas de las que presumir, tal que, por ejemplo, dos de los mejores bancos del mundo (toda una paradoja en plena crisis financiera); una compañía de telecomunicaciones de dimensión global; algunas firmas de moda de fama mundial; empresas que construyen autopistas en la India y trenes de alta velocidad en Arabia Saudí y dragan el Canal de Panamá para ampliarlo; y sociedades que gestionan los aeropuertos de algunas de las mayores ciudades del mundo; construyen parques eólicos y solares en el Mar del Norte o en el Sahara, plantas desalinizadoras en Australia o el desierto de Atacama; compañías que controlan el espacio aéreo alemán, que desarrollan vacunas contra enfermedades incurables, que exportan tecnología eólica… Un país que es puntero en energías renovables instaladas y cuyas exportaciones han crecido casi un 20% en los dos últimos años… Ejemplos de sobra para certificar el espíritu emprendedor y la creatividad de los gestores, técnicos y trabajadores españoles.

Formamos parte de un país con atractivo suficiente para que millones de extranjeros, nada menos que 57 millones, quieran pasar en él sus vacaciones. ¿Por qué, entonces, estamos poseídos por ese fatal derrotismo que nos hace desconfiar de nuestras posibilidades para superar el trance? En días como ayer, cuando a miles de kilómetros escuchamos los ecos de un mensaje de esperanza, los españoles reparamos de pronto en la necesidad de contar con un discurso global a lo Obama, un discurso entreverado de confianza en el futuro, un discurso capaz de devolvernos el ánimo frente a la resignación y el miedo. A miles de kilómetros de Washington, estamos hartos de escuchar las frases mostrencas con las que nuestro presidente del Gobierno suele justificar las medidas de ajuste: “Tenemos que hacer el ajuste porque es lo que hay que hacer y por eso lo vamos a hacer”. Mensaje a ras de suelo, terrestre y pedestre, sin brillo y sin vuelo, negado a la imaginación, enemigo de la fantasía.

Tan elogiable en tantos aspectos, algo está haciendo mal este país con su clase política, algo ha cedido, mucho ha tragado, demasiado ha permitido como para haberle consentido llevar al país al callejón en el que se encuentra. Algo seguimos haciendo mal cuando aceptamos que esa clase, so capa de la gravedad de la cosa económica, siga escamoteando el discurso de la gran revolución democrática que reclama a gritos nuestro sistema agotado, la necesidad de abordar la solución de la gran crisis política que está en el origen, y no al revés, de la decadencia económica, auténtica madre del cordero de lo que nos pasa. De momento, conformémonos con una frase de estímulo, unas palabras de aliento, un elogio del optimismo. Exijámoslo, porque, como dijo otro presidente norteamericano –Ronald Reagan- en su primer discurso a la nación, “No hay arsenal ni arma en el mundo tan formidable como la voluntad y el valor moral de los hombres y mujeres libres”. Soñemos con un discurso a lo Obama, capaz de inflamar los corazones siquiera por un rato. Porque tal vez no sea tan importante cuidar la imagen de la “marca España” en el exterior, como levantar la moral de los españoles en el interior.


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