Con Lupa

Partido Popular, un grupo en liquidación por derribo

Luis [de Guindos] está muy presionado por el caso de las putas tarjetas, que así es como se refieren a ellas en Economía, las putas tarjetas”, asegura una fuente del Gobierno, “porque sabe que se ha ganado la enemiga de por vida de 86 señores que ahora están en boca de todo el mundo y de sus familias, 86 tíos que jamás le van a perdonar que haya activado la espoleta judicial, empezando por Rodrigo Rato, mal enemigo, y siguiendo por mucha gente del propio PP que están que muerden, que se la tienen jurada, porque hay que oír lo que dicen por aquí sobre Guindos, lo más suave de hijo de su madre para arriba, que si le importa un huevo el partido porque él no es militante, que si por su culpa vamos a perder las próximas generales, que habría que ponerle en la puta calle cuanto antes… Un drama y una contradicción un poco alucinante, porque, gracias a la decisión de Luis, el PP podría presumir de estar combatiendo la corrupción con medidas concretas como llevar ante el juez a los tarjeteros abusadores. En fin, una muestra de cómo están las cosas en el partido, con los nervios a flor de piel…”  

Con buena parte de la legislatura consumida y cuando el Gobierno que preside Mariano Rajoy imaginaba estar ya recogiendo los frutos de la recuperación económica, lejos los días de angustia vividos en estos traumáticos años, resulta que sobre el Partido Popular (PP) han empezado a caer de nuevo chuzos de punta. Otra vez Moncloa y Génova sumidas en una de esas tormentas perfectas que no dejan títere con cabeza. Otra vez Mariano obligado a esconder la cabeza bajo el ala o, como los barcos en pleno temporal, a reducir máquina para ponerse a la capa, resuelto a esperar que escampe. Son semanas que recuerdan la tensión vivida en julio de 2013, cuando vieron la luz aquellos mensajes del presidente al malote de Bárcenas: "Luis, nada es fácil, pero hacemos lo que podemos (…) Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo”. Un partido en permanente estado de shock, al que el destino parece empeñado en negarle respiro.

Con la izquierda movilizada, es fácil imaginar lo que habría pasado si Teresa Romero hubiera fallecido, todo parecía preparado para una reedición del Prestige

Y menos mal que ha logrado salvar el matchball del ébola, después de que Sáenz de Santamaría tomara cartas en el asunto desplazando a Ana Mato a un rincón y encomendándose al expertise demostrado por el equipo médico que ha atendido a la enferma. Con la izquierda movilizada a pesar del final feliz del envite, es fácil imaginar lo que habría pasado si Teresa Romero hubiera fallecido, porque todo parecía preparado para una reedición del episodio Prestige. Troya. El venturoso epílogo del espasmo ébola vino a solaparse, sin embargo, con el episodio de las tarjetas opacas de Caja Madrid, plástico con el que partidos y sindicatos festejaron por igual, pero cuya cuenta paga el PP en razón a la presencia en la cúspide de la Caja de Blesa –el amigo de Aznar, colocado por Aznar-, primero, y de Rodrigo Rato –nada amigo de Rajoy, pero colocado por Rajoy, simplemente porque le debía un favor o tal vez un desagravio-, después. Ébola y Bankia han truncado en flor las expectativas de recuperación de voto de un PP que llegó a creer en una cierta primavera al socaire de un eventual regreso al crecimiento económico.

¿Es el final del viejo PP?

En éstas estábamos cuando el séptimo de caballería de la Audiencia Nacional cayó sobre Ángel Acebes, secretario general que fue entre 2004 y 2008 con Rajoy al frente del partido. Acebes, un tipo más bien simplón pero honrado, al decir de quienes le conocen, seguía la estela de Rato, el hombre que seguramente ha gozado de mayor prestigio en las filas del partido, empitonado por los jueces por culpa de la ambición dineraria, la pulsión por el enriquecimiento a cualquier precio. En realidad, asistimos a la decapitación del PP salido de la revolución interna emprendida por José María Aznar en los noventa. Todos, o casi, han resultado engullidos por escándalos de distinto pelaje. Todos políticamente amortizados. El propio Aznar encabeza la lista de pesos muertos, en la que habría que incluir a ZaplanaCascos, Rato, Acebes, MatasAguirre y un largo etcétera. ¿El final del viejo PP? Sí y no, porque al frente de la formación sigue impertérrito un Rajoy que fue compañero de fatigas de los aludidos y que debe su cargo al dedazo de Aznar. Es el flanco abierto en el costado de un partido que atraviesa por un momento crítico.

Rajoy tendría que haber aprovechado su paso por la oposición para acometer una profunda renovación en el partido, como no lo hizo, el desprestigio no ha cesado de crecer

Son las consecuencias de laissez passer de un Rajoy que, aprovechando su paso por la oposición, tendría que haber acometido una profunda renovación en el partido durante las dos legislaturas de Zapatero. Como eso no se hizo, como nada parecido se ha hecho, como el desprestigio de la clase política no ha cesado de crecer, el PP, falto además de un discurso político y de un relato coherente de su línea de Gobierno, es incapaz de sacar algún provecho de episodios como el de las tarjetas opacas, siendo así que fue el FROB quien remitió al fiscal el expediente de marras, un FROB que depende de Economía, del mismo modo que De Guindos depende de Rajoy. “Nadie concibe que una decisión tan importante como la de sacar a la luz este escándalo haya podido tomarse sin el visto bueno del presidente”, asegura la fuente arriba citada. “Si Economía hubiera derivado este asunto hacia el Banco de España, aquí no nos hubiéramos enterado nunca de cómo esos 86 señores se gastaban la pasta de la Caja en lencería fina, porque todo se hubiera tapado. Guindos decide ejemplarizar, y en esa operación cuenta con el respaldo total de Rajoy”. Con nulos resultados, porque cualquier cosa que intente ahora el Gobierno resulta desbordada por la marea del cabreo social, de la protesta contra una clase política desprestigiada.

La penúltima víctima de la brigada judicial ha sido el exalcalde de Toledo José Manuel Molina, imputado por el caso Bárcenas, un disparo que por elevación parece apuntar a la cabeza de la secretaria general, María Dolores de Cospedal. La guinda llegó el viernes, cuando la Agencia Tributaria confirmó al juez Pablo Ruz la sospecha de que el PP pagó buena parte de la reforma de su sede de Génova con dinero de la “caja B”. ¿Cabe imaginar alguna piedra más cayendo sobre el tejado del partido del Gobierno?  ¿Queda algo en el actual PP que no se haya visto afectado por la riada judicial? Queda, sí, la vicepresidenta Soraya como gran triunfadora de la purga, último asidero existente en la derecha española en caso de que Rajoy renunciara a presentarse a las próximas generales, asunto que podría ser algo más que una especulación infundada a tenor del cansancio acumulado por el personaje. El de Soraya sería el Ejecutivo de los abogados del Estado, chicos listísimos y con idiomas, muy sobrados, muy soberbios, que nunca han dirigido una empresa, que carecen de ideología y por tanto de proyecto de país, y cuya máxima aspiración consistiría en gestionar con eficacia al estilo de los Gobiernos tecnocráticos que en el mundo han sido.

Las esperanzas de remontada de Pedro Arriola

Imagen del PP destruida por la marea de la corrupción. En el castillo encantado donde habita Pedro Arriola siguen confiando en que los 13 meses que quedan para las generales sean capaces de diluir el clima de descrédito que hoy tiene al partido metido en la hura, ello en la confianza de que la recuperación económica obre el milagro de otorgarle una nueva legislatura, incluso una nueva mayoría absoluta que los más optimistas en Génova no descartan en caso de que Mariano lograra gestionar bien el envite del separatismo catalán, lo cual parece aquí y ahora el cuento de la lechera redivivo. El cabreo ciudadano no deja de enviar riadas de votos hacia el caladero de Podemos, en una marea alarmante para quienes ansían un proyecto de sociedad abierta con escrupuloso respeto hacia las libertades individuales. Esa es la peor lectura que desprende la crisis sistémica que atenaza al PP: la de contaminar cualquier proyecto, siquiera teórico, de una derecha liberal dispuesta a abordar el saneamiento integral del sistema desde dentro.

La situación política no puede estar ahora mismo más cargada de incertidumbres de cara a ese 2015 que, a priori, se presenta como uno de esos años capaces de pasar por derecho propio a los libros de Historia, como lo fue 1975 y como lo fue, por tristes motivos, 1936. Los dos partidos que dan soporte al sistema se encuentran internamente muy dañados y sin liderazgos fiables. Al uno lo sostiene el poder de la mayoría absoluta. El otro, obligado a testar un nuevo liderazgo sin poder territorial y con el desgaste de sus propias corrupciones, parece en caída libre. Una situación que podría hacer realidad, en las peores circunstancias posibles, la vieja quimera del Gobierno de coalición o de concentración como una vía de sostén mutuo capaz, además, de permitir aguantar el sistema el tiempo preciso para abordar el reto de la reforma constitucional, un envite que hoy ya parece como la única solución, casi la panacea, para encarar los desafíos presentes –desprestigio de la clase política, desafío de los populismos, envite de los nacionalismos, etc.- y alumbrar ese nuevo periodo de convivencia para los próximos 30 o 40 años del que tanto hemos hablado aquí. ¿Con estos bueyes? Pues sí, con estos bueyes habrá que arar, porque, desde la tierra yerma de la España liberal, no se adivinan otros.


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