Con Lupa

Papandreu: ¿cobardía o intento de chantaje?

Hace cinco o seis años viajé a Grecia, mes de agosto, en compañía de mis hijas para pasar 15 días en una isla del Egeo de cuyo nombre no puedo acordarme. Al margen del trauma –apenas enmascarado por el intimo placer que siempre provoca caminar por el Partenón –su museo estaba cerrado por obras- y visitar el espléndido Arqueológico Nacional- que supone recalar en Atenas en pleno ferragosto al entrar y salir del país, del viaje entero nos quedó el regusto amargo de la escasa amabilidad que, salvo contadas excepciones, percibimos por parte de la mayoría de los naturales con los que nos tratamos o cruzamos. Para nuestra sorpresa, buen número de griegos parecen desprender un halo de arrogancia difícil de entender en quien vive del turismo.

Naturalmente que esta puede ser una opinión subjetiva y, por lo tanto, falsa, pero el caso es que, a consecuencia de aquella negativa experiencia, tanto mis hijas como yo hemos seguido con interés en la distancia el devenir de la política griega y muy en particular la peripecia helena en la Europa del euro. Nada nuevo que no se haya repetido ya hasta la saciedad sobre la peculiar estructura económica y social de un país escasamente productivo, acostumbrado a vivir del clientelismo político, reñido con el concepto moderno de ciudadanía que implica, por encima de todo, respetar la ley, asumir el pago de impuestos y no tratar de engañar permanentemente al Estado, entre otras cosas. Seguramente su importancia geoestratégica, muy visible desde el final de la II Guerra Mundial y la partición del mundo en bloques, ha favorecido las malas prácticas individuales y colectivas de un país convertido en valladar contra el entonces llamado “telón de acero”.

Esa posición mereció siempre un trato de favor por parte de los Estados Unidos y de la Europa del norte, a lo que hay que añadir el detalle nada despreciable de la consideración que la Grecia moderna, que se parece a la Grecia clásica como un huevo a una castaña, ha merecido siempre para Occidente como fuente inagotable de la que se nutre nuestro acervo cultural. El caso es que, a cuenta de estas consideraciones y seguramente algunas más, en el inconsciente colectivo griego se ha instalado la idea de que el resto del mundo, occidental o no, les debe un respeto que traducido a euros significa el mantenimiento de un nivel de vida colectivo en modo alguno justificado por la generación de riqueza que sus naturales son capaces de producir con su solo talento y esfuerzo. En otras palabras, que estamos ante un país que lleva muchas décadas acostumbrado a vivir del cuento.

Curiosamente, son multitud ahora los griegos que se sienten absolutamente indignados, decididamente incendiarios, con Europa y la Unión Europea, como si los socios de la Unión hubieran decidido de pronto romper algún sagrado designio de Zeus por el que cientos de millones de ciudadanos están obligados a mantener el nivel de vida de once millones de improductivos naturales del Ática y alrededores. Desde este punto de vista, la UE lleva en el pecado la penitencia de pasar por puta y poner la cama. Dicho lo cual, parece evidente que Grecia jamás debió ser admitida en el club del euro. Intentar equiparar economías y sistemas productivos y fiscales tan dispares como el de Alemania y Grecia solo podía conducir a la situación actual. Y parece evidente que Grecia tiene que abandonar el euro cuanto antes.

En este contexto, la decisión del premier Papandreu de someter el segundo plan de rescate a referéndum ha provocado el cataclismo que es de imaginar en la UE y aún en todo el mundo. A quienes hacen de esta repentina salida de pata de banco un canto a la democracia, tan helena ella, habría que recordarles que tan democrática iniciativa hubiera estado plenamente justificada en mayo de 2010, cuando el eje Berlín y París sometió a Atenas al primer plan de ajuste. Ese era el momento de haber convocado a los griegos y no otro. Por el contrario, el anuncio de anteayer solo puede entenderse desde razones que poco o nada tienen que ver con la democracia.¿Acto de cobardía o intento de chantaje?La iniciativa esconde, seguramente, el miedo de un hombre asustado por lo que se le viene encima. El acto de suprema cobardía del político rebasado por la importancia del envite que, en lugar de apechugar con las obligaciones inherentes al cargo que juró desempeñar, pretende trasladar la responsabilidad de lo por venir al conjunto de la sociedad griega. “Esto puede ser el definitivo estallido del euro”, decía ayer un reputado economista y político madrileño, “porque la incertidumbre provocada por esa decisión se va a llevar por delante a Italia y vamos a ver lo que pasa con España. Nunca debimos haberles admitido en el euro, pero ahora ya es demasiado tarde para casi todo; las cosas se han podrido tanto que no veo más solución que utilizar a fondo el BCE, la única herramienta realmente valiosa con la que contamos, y que se dedique a imprimir pasta a lo bestia, tipo Reserva Federal americana…”

Cabe sospechar una segunda –entre otras muchas- intención en la iniciativa adoptada por Papandreu: un chantaje o algo bastante parecido a un chantaje. Una operación destinada a, desde su condición actual de carga explosiva que puede hacer volar al euro dando pie a una crisis financiera global sin precedentes, intentar que quienes le han perdonado el 50% le perdonen al fin el 100%, y ello merced a la presión sobre Bruselas -y en particular sobre Alemania y Francia- del resto de economías mundiales, empezando por los Estados Unidos y Reino Unido, temerosos todos de las consecuencias del “no” en ese referéndum.

De modo que, puestos en tan dramático brete, la Unión Europea y sus líderes podrían sorprendernos con una nueva muestra de lesa incapacidad llegando a algún tipo de acuerdo con Atenas destinado a mantener los privilegios griegos, lo cual supondría premiar la desvergüenza de quienes se comportan como ricos petulantes siendo pobres, el osado atrevimiento de quienes ni trabajan ni cumplen los compromisos contraídos. Grecia merece ser expulsada del euro, de modo que los griegos puedan emprender la travesía del desierto de su regeneración como sociedad y como país, volviendo al dracma, devaluando, y afrontando el pago de su deuda en las condiciones que los acreedores les concedan. De grado o por fuerza, los ciudadanos griegos tendrán que volver a poner los pies en el suelo y reconocer que son pobres y que deberán ganarse el pan con el sudor de su frente.


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