Con Lupa

Mesié Guillotin a las puertas del San José

Fue el cirujano francés Joseph Ignace Guillotin, diputado en la Asamblea Nacional, quien en 1789, año de la Revolución francesa, la madre de todas las revoluciones, recomendó a la propia Asamblea la utilización de la máquina –cuya eficacia probaría en cuello propio Luis XVI- para su uso en las ejecuciones en sustitución de los métodos aún más bárbaros usados hasta entonces. La Asamblea terminaría por aceptar la propuesta, con la idea de que la pena de muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social, ya que, hasta entonces, sólo los aristócratas tenían el privilegio de ser ajusticiados sin agonía. Ayer el ingenio de mesié Guillotin se paseó, metafóricamente hablando, por los pasillos del hospital USP San José. Don Juan Carlos I, a punto de abandonar el centro médico, se disponía a pasar por la guillotina el prestigio de su Auctoritas. El titular del derecho de gracia, estaba a punto de pedir perdón como cualquier mortal.

De “gesto sin precedentes” han sido calificadas las palabras del Rey al abandonar el hospital en el que fue intervenido del elefantiásico trompazo sufrido en Botswana. “Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. Diez palabras que recuerdan vagamente aquellas siete últimas pronunciadas por Cristo en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). El Rey se sometía así a las condiciones expresadas sottovoce por la casta política dominante, PP y PSOE, que por diversos conductos vinieron a conminarle con la necesidad de pedir disculpas, Majestad, porque el pueblo soberano está francamente cabreado, y con la fuerza que ha cogido el incendio es posible que se tenga usted que ir, y nosotros detrás, como no apaguemos pronto el incendio.  Marchemos pues todos francamente, y vuecencia el primero, por la senda del perdón general...

El pool de medios (RTVE, EFE y RNE, públicos todos) que recogió la histórica demanda de perdón habla a las claras de la falta de espontaneidad del gesto y permite adivinar un tráfago de negociaciones y contactos entre el Gobierno y la Casa del Rey, con el PSOE al aparato, para ver la forma de arreglar el inmenso roto provocado en la sociedad española por la aventura afrikáner. Sería interesante conocer el papel jugado por el Príncipe Felipe en este precipitado “pacto de mínimos” alcanzado entre los protagonistas-herederos de la Transición. El caso es que el Rey ha aceptado pronunciar esas diez palabras en un acto de contrición y propósito de enmienda inaudito tratándose de alguien acostumbrado durante décadas a hacer de su capa un sayo, pero sobre todo de un humano aparte, no sujeto a responsabilidad civil o penal alguna (“La persona del Rey es inviolable, y no está sujeta a responsabilidad”,  Art. 56.3 de la Constitución).

Un lampedusiano ejercicio de estilo

Es inevitable, a la par que justo, reconocer que la imagen castigada del Monarca impetrando la clemencia pública provoca un sentimiento de piedad, de compasión incluso, que subliminalmente apela al mismo tiempo al ejercicio de la obra de misericordia de permitirle continuar en el ejercicio de sus “obligaciones” como si nada hubiera pasado. Lo que ocurre es que quien se somete a la caridad de los españoles no es un político cualquiera –por cierto, sería todo un detalle que el zángano de Rodríguez Zapatero se disculpara antes los españoles por la herencia de sus casi ocho años-, sino el titular de la Corona, quien, al renunciar a la Maiestas con el Sr. Gillontin por testigo, se iguala al común de los mortales para, en un lampedusiano y revolucionario ejercicio de estilo, tratar de conseguir que las cosas parezcan distintas aunque todo siga igual.

Muy difícil empeño. Antes de esta voluntaria renuncia a la Maiestas, ya la sátira se había apoderado de las redes sociales y corría cual agua desbocada por el patio de vecinos. Y cuando la crítica, más o menos ácida, prende sobre el manto de armiño de las instituciones, el respeto a las mismas está perdido. En su discurso de Navidad, el Rey aseguró haber sentido el daño causado a la imagen de la Monarquía por el caso Urdangarin. Recordamos ahora que “la justicia es igual para todos” y que “Me preocupa enormemente la desconfianza que parece extenderse en algunos sectores de la opinión pública respecto a la credibilidad y prestigio de algunas de nuestras instituciones. Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”. Pronto supimos que la igualdad en la Justicia no llegaba para empapelar a la infanta Cristina. Y de la ejemplaridad del propio Rey, ocioso es hablar.

Es probable que quienes han aconsejado a Don Juan Carlos se hayan equivocado. Asumido el error africano, tal vez lo procedente hubiera sido rectificar por medio de los hechos, nunca mediante su reconocimiento. Además de haber gastado la única y valiosísima bala que tenía en su recámara desde que accediera al Trono, con la petición de perdón ha puesto en grave riesgo aquella Auctoritas en que se cimenta la “función arbitral” que la Constitución del 78 atribuye a la Corona. Si el árbitro es un jugador más, y el común sospecha que juega con ventaja, difícilmente atenderá las urgencias de su silbato. ¿Delenda est Juan Carlos?


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