Con Lupa

Merkel, Thomas Mann y la opción española

Si el proyecto de Unión Europea no fuese el empeño político más importante emprendido de Carlomagno a esta parte para, en el mundo convulso en que vivimos, construir un referente de paz y prosperidad en un continente que durante siglos se desangró en crueles guerras fratricidas, estaríamos en disposición de decir que lo que actualmente ocurre con esa antaño embriagadora idea es de aurora boreal o de ópera bufa. Lamentable y bochornoso al tiempo. Porque, salvo la señora Merkel y su germánico círculo de hierro, nadie sabe en realidad lo que está pasando, aunque, si por los signos externos hemos de guiarnos, lo que pasa es que no se respetan los acuerdos alcanzados en las cumbres, cada país juega las cartas de su particular interés sin el menor recato, las posibles soluciones a los problemas del momento se dilatan ad aeternum, se dan dos pasos adelante y tres atrás, los pactos duran dos días, las promesas uno, y nadie dice la verdad. Todo el mundo miente, o lo parece. Un drama para el proyecto de Unión, y una falta de respeto total hacia el ciudadano europeo.

Y ahí están los presidentes y jefes de Gobierno de la Unión -de la eurozona en su caso-, danzando en torno a la fortaleza alemana como antaño hacían aquellas tribus del lejano oeste americano pidiendo a los dioses la vuelta de la lluvia o de las manadas de bisontes. Reclaman nuestros líderes que la Emperatriz germana se digne a salir al balcón del continente a decir de una puñetera vez qué quiere hacer con nuestras vidas y haciendas. Solo ella tiene el global picture de lo que va a ocurrir; solo ella controla la situación; ella censura el presente; ella reparte el futuro. El resto de líderes emplean su tiempo en celebrar briosas cumbres bilaterales desde la que se le envían recados, consejos y admoniciones varias. La prensa acude a esos guateques y cuenta después cuentos muy interesantes, en general grandilocuentes, que apenas duran unas horas porque pronto se desvanecen como el humo. Porque nadie entiende nada; nadie sabe lo que pasa. Lo sabe todo, pero nada cuenta, la frau alemana.

Ayer se reunieron en París, en una de esas cumbres bilaterales, los presidentes Rajoy y Hollande, dispuestos a presionar a Berlín para que “cuanto antes acepte llevar a cabo la unión bancaria y fiscal”. La señora Merkel debe haber quedado muy impresionada por el tono imperativo del mandato. “Entre Francia y España tenemos la misma concepción de lo que hay que hacer en las próximas semanas”, aseguró el francés, lo cual pasa por “aplicar lo que ya hemos decidido”. Ahí le duele. Porque en la cumbre del 28 y 29 de junio pasado se alcanzaron algunos acuerdos clave para Francia, España e Italia que nuestra señora se ha pasado por el arco del triunfo: el primero en importancia, por lo que atañe a España, es que el fondo de rescate europeo MEDE iba a poder recapitalizar directamente a nuestros bancos sin pasar por el Estado, es decir, sin aumentar la deuda pública española.

Pero el 25 de septiembre pasado, con nocturnidad y ciertas dosis de alevosía, los ministros de Finanzas de Alemania, Holanda y Finlandia (la llamada “Triple A” de países que conservan esa calificación por parte de las agencias de riesgo) decidieron echarle agua al buen vino mediterráneo acordando que el MEDE haga frente a los problemas bancarios que surjan una vez se concrete la nueva supervisión única por parte del BCE, que vaya usted a saber cuándo, pero que los Gobiernos respectivos tendrán que pechar con los problemas heredados del pasado. Todo el gozo de Rajoy en un pozo. No hay precedente de tropelía semejante en la historia de la eurozona. La negativa a cumplir lo acordado es, en realidad, un golpe de Estado en toda regla que pone contra las cuerdas al proyecto europeo y que de un grosero manotazo descorre el velo que ocultaba lo que por otro lado era obvio: que aquí manda Alemania y que el resto de países no pasan de ser meros comparsas.

Una prusiana sin complejos

En efecto, Berlín viene utilizando a sus satélites, Holanda y Finlandia, como peones de brega en quienes delega aquellas tareas ingratas que él no quiere hacer directamente por el alto coste de imagen que acarrearían. Alemania dirige la orquesta y la señora Merkel visita Atenas como los antiguos cónsules de la República de Roma visitaban los confines del mayor imperio de la antigüedad, dispuesta a impartir órdenes mientras por la ventana contempla displicente las protestas callejeras. Es evidente que Alemania tiene razones de sobra para exigir disciplina a los países ribereños del Mediterráneo, pero está por ver si esta estricta gobernanta carente de la altura de miras que lucieron Adenauer y otros cancilleres germanos más recientes no se lleva por delante el sueño de una unidad que ha dado a Europa –Balcanes excluidos- casi siete décadas de paz.

Alguien ha querido hacer notar que Angela Merkel, prusiana de pura cepa, es la primera jefa de Gobierno que procede de lo que no hace mucho fue la antigua República Democrática Alemana socialista, y que desconoce, o tal vez conoce pero no lo mamó en la cuna, lo que la nueva Alemania debe a esa Europa, a ese bloque occidental, cuya ayuda resultó decisiva para sacar de la ruina a un país devastado tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Quiere ello decir que la señora carece de complejos a la hora de tratar con la tropa europea, circunstancia agravada por la ausencia casi total de contrapesos: la decadencia de Francia es obvia; el Reino Unido parece cada vez más anclado en su glorioso aislamiento, más pendiente de su alianza transatlántica que de los tejemanejes continentales, y los Estados Unidos, en fin, miran hacia el Pacífico, entre otras cosas porque la hegemonía alemana en el viejo continente ya no crea problemas geoestratégicos a Washington.

Guste más o menos, Alemania es otra vez, una vez más, la gran potencia hegemónica europea, capaz de lograr con la potencia de su economía lo que en infaustas épocas intentó con los tanques, una potencia obligada a mirar hacia el Este, hacia esa Rusia de la que procede la mayor parte de su abastecimiento energético. Hay quien sostiene, por eso, que el gran aliado de Alemania en el futuro inmediato será Rusia, no la Europa del Oeste, y desde luego no una Francia tal vez condenada a convertirse en un protectorado de Berlín, un nuevo Vichy con todo lo que ello tiene de decadente. Más que nunca vienen a cuento las palabras del gran Thoman Mann: “No queremos una Europa alemana, sino una Alemania europea”. Helmut Kohl y otros muchos alemanes ilustres respondieron a esta cita renunciando incluso al marco, el amado símbolo del milagro alemán de la posguerra, como garantía de esa opción. ¿Está frau Merkel dispuesta a conservarla y enaltecerla?

En este marco tan someramente descrito, y puesto que, al menos de momento, estamos condenados, en justo castigo a nuestros excesos, a ser meros comparsas en el gran teatro continental, convendría que el Gobierno de España no olvidara que puede resultar divertido colocar alguna que otra piedra en el zapato alemán, pero que es obligado saber quién manda en este negocio y obrar en consecuencia, lo que implica, ni más ni menos, que hay que hacer los deberes por encima de todo y de una vez por todas. Mejor circular por la autopista alemana que por el camino de cabras griego. Porque si no somos capaces de disciplinarnos de grado, nos obligarán por fuerza. Nos gusten más o menos los modales de la frau.


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