Con Lupa

Halcones y palomas sobre los tejados de Moncloa

Halcones, cernícalos y alcotanes riñen estos días singular pelea aérea con un nutrido grupo de palomas castellanas que forrajean sobre los tejados de Moncloa y abrevan en el cercano Manzanares. Nuestras palomas, muy pendientes del sofoco electoral que afana estos días a sus hermanas andaluzas, no quieren saber nada de ponerse a malas con los sindicatos, a los que tienen un miedo cerval a pesar de ser ya un pálido retrato de aquellos fieros obreros que fueron, mientras los escuetos halcones intentan aprovechar el dramatismo del momento con una reforma laboral en profundidad, porque es ahora o nunca, y porque jamás volverán los españoles a contar con ocasión pintiparada semejante para arrinconar de una vez por todas una legislación heredada del franquismo y dotarse de un mercado de trabajo equiparable al que rige en los países de la Europa rica.     

Seguramente un extraterrestre caído por sorpresa sobre la piel de toro no podría entender cómo un país que luce una tasa de paro tan escandalosa como la española y que va camino, en este año infausto, de los 6 millones de desempleados, se enzarza en la discusión lampedusiana de si cambiar esto o retocar aquello, de si mover un poquito de aquí pero nada de allá, porque en el fondo se trata de blanquear, repintar, cambiar fachadas para que todo siga esencialmente igual. La sola escenografía de los juegos florales previos a la reforma resulta deplorable en sí misma, porque un país en sus cabales, no afectado por tanto detritus ideológico como los partidarios del Estado haga madrina han vertido aquí durante tantos años, debería reclamar a gritos la reforma integral de un sistema capaz de producir parados como palomitas de maíz al menor rumor de crisis. Cambio radical, pues, cambio total de legislación. Lo exige nuestra tasa de paro y lo demandan como un derecho esos millones de parados. Es hora de darles una oportunidad.

El Gobierno Rajoy está, pues, enfrentado a la que seguramente está llamada a ser la gran prueba política de esta legislatura. Es el momento de demostrar el valor que se le supone. Hoy es el día. Valor y sentido de la responsabilidad por encima de las amenazas de huelga, porque lo más probable es que se la hagan aunque la reforma sea mala, mediocre e insuficiente en términos de futuro colectivo. Sería, por eso, inaceptable que el Presidente se plegara a los miedos de ese bloque socialdemócrata que en su derredor pregona la necesidad de paños calientes, entre otras cosas para no perjudicar las expectativas electorales de Javier Arenas, sedicente jefe del clan, en Andalucía. Inaceptable y absurdo a la vez, porque los mercados, también expectantes, no van a dar por buena una reformita laboral más, la enésima, a la española manera. Rajoy se la juega.  

Dicho lo cual, y en espera de conocer la montaña -el ratón, en su caso- que el Consejo de Ministros de hoy sea capaz de parir, llama la atención, en línea con la ausencia de un discurso capaz de dar un sentido global a las reformas, la falta de un nexo o correlación entre la reforma laboral y la financiera. No hay, en efecto, ninguna herramienta en la reforma financiera que esté diseñada para interactuar de forma directa con la laboral, no hay un mecanismo de urgencia, ni nada que se le parezca, que intente proveer o forzar la financiación a las empresas. La reforma financiera, entendida como un mecanismo capaz de hacer que el crédito vuelva a fluir a particulares y empresas, no pasa de ser en realidad un traje a la medida de los bancos, con el "detalle" de recortar nóminas a sus ejecutivos en caso de haber acudido al FROB-1 ó 2, más que nada para que la gente no se coma al Gobierno por los pies.

El crédito, el imprescindible crédito

Desde este punto de vista, y sin una herramienta de financiación eficaz (prevista, en cambio, para la banca), estamos condenados a ver en el futuro inmediato nuevas oleadas de parados, sea cual sea el tenor de la reforma laboral. Y éstas vendrán no ya de unas PYMES exhaustas, sino de aquellas grandes que están esperando el abaratamiento del despido como agua de mayo. A fin de cuentas, muchas de ellas son también propiedad de los bancos por la vía de los créditos que tienen contraídos y que no pueden recuperar. Todo queda en casa. Entretanto, las CCAA, lejos de adelgazar como es debido, están de nuevo acaparando el crédito (10.000 millones, ampliables a 15.000), lo que equivale a decir que todos los esfuerzos terminarán alimentando un circuito cerrado de crédito del que será muy difícil, por no decir imposible, que el dinero escape. Dicen desde el Gobierno que ese dinero servirá para pagar deudas contraídas con PYMES, pero basta mirar los agujeros de las CCAA en otros apartados (luz, teléfono, seguridad social, nóminas atrasadas, etc.) para darse cuenta de que cuando se propongan pagar a sus pequeños proveedores no quedará uno vivo.

Se argumenta que no dar aire a las CCAA colapsaría su funcionamiento y les obligaría a despedir, cosa insólita en España, a decenas de miles de funcionarios, lo cual tendría un impacto negativo sobre el empleo y la economía. Pues bien, la ausencia de ese ajuste ya ha generado en enero, por falta total de tesorería de las CCAA, 140.000 nuevos desempleados, muchos de ellos provenientes de pequeñas y medianas empresas que han dejado de cobrar los servicios prestados a las administraciones autonómicas. Lo que nos lleva a admitir que no sólo el daño al empleo es el mismo, sino que el daño a la economía es mucho mayor, puesto que el ajuste se desplaza a las actividades productivas. Acometer el problema del crédito a particulares y empresas es, pues, cuestión de extrema urgencia, casi tanta o más que dotarnos de una reforma laboral para enmarcar. La solución, hoy mismo. ¿Halcones o palomas?


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