Con Lupa

Fernández Villa y el pañuelín coloraduco al pescuezo

Todos los años, al despuntar septiembre, las huestes del PSOE y del SOMA-UGT se reúnen en la campa de Rodiezmo (León) en una fiesta minera que incluye puestos de ajos, bollos preñaos, mucha sidra y alguna que otra gaita. Por las verdes praderas de la villa leonesa han desfilado GonzálezRubalcabaZapateroMéndezGuerra, el polémico Guerra, guardián de las esencias Guerra, porque de eso iba la cosa, de arenga, de universo minero, primavera de guerra de los trabajadores, y sí, por allí pasaban los presidentes del Gobierno del PSOE, gentes todas contingentes, pasajeras como un viento de otoño, porque el inmutable era él, Ángel Fernández Villa siempre estaba allí, el histórico líder de la minería asturiana presidía año tras año el festejo como una institución, él era el SOMA, él la UGT en estado puro, y allí, pañuelín coloraduco al pescuezo, lanzaba su mitin y puño en alto invitaba a la Internacional, arriba parias de la gloria, y qué pensaría entonces este hombre hoy de 81 años y enfermo, qué pensaba mientras con una mano arengaba y con la otra arramplaba, 1,4 millones de euros, 240 millones de pesetas, dinero que ocultó y regularizó con la amnistía fiscal de Montoro, ¿y en qué pensaría Villa, digo, mientras predicaba y afanaba frente a los fieles mineros presentes, frente a la famélica legión de los ausentes, los miles de mineros enfermos, mutilados y muertos por el grisú que se tragó la historia?

En este 2014, émulo envidioso de aquel 1914 que llenó de sangre las campas europeas del atroz siglo XX, el escándalo de los fondos suizos del líder minero ha sido la guinda que ha colmado el vaso de los infortunios españoles. Ahora ya sí podemos tasar en 2014 el final del periodo histórico que comenzó con la entrada en vigor de la Constitución del 78. Hasta aquí llegó la riada de la Transición. La abdicación de Juan Carlos I, la muerte de Suárez, la crisis, siempre la crisis y el martilleo del paro, el desafío secesionista catalán, el final del bipartidismo, la aparición estelar de Podemos, el pánico al Ébola y la corrupción, el robo consentido anegándolo todo, Bárcenas en Soto del Real, los ERES andaluces y el caso Pujol, el escándalo del padre de la patria catalana que acumuló y escondió una gran fortuna en el exterior, por no hablar del espantajo de las tarjetas opacas, más bien grises, negras como el carbón del SOMA, de esos casi 90 tipos que en Caja Madrid hicieron y deshicieron a su antojo, porque enriquecerse en España ha sido cosa de estar en el sitio adecuado en el momento oportuno, ni un hombre justo en el bosque de los bandidos, de modo que hoy nos ahoga la sensación, la mortificada intuición de que aquí no ha robado quien no ha podido, y de que España es una letrina, una gran riera por donde circulan las aguas fecales de una sociedad que entronizó al Dios dinero en el altar de los sueños y a él sacrificó esa serie de valores que durante siglos caracterizó a la pobre, sacrificada, mísera, atrabiliaria incluso, pero espartana España.  

El paralelismo entre Villa y Pujol es evidente, como el mazazo que en Cataluña y Asturias ha supuesto ver a ambos arrastrados por el fango de la avaricia

Villa era en Asturias mucho más que un líder sindical y el SOMA bastante más que un sindicato minero. Hombre de inmenso poder en el partido, las instituciones, las empresas y los bancos durante décadas, Villa hacía y deshacía en el Principado, recibía los fondos mineros y los administraba, negociaba con la derecha cuando gobernaba la derecha, y dirigía a la izquierda cuando lo hacia la izquierda. Un tipo también temido. De “patriarca de Asturias, alcaldón de las cuencas mineras y padrino político del actual Presidente de Asturias, Javier Fernández”, lo definía estos días un diario gijonés. El paralelismo con el caso de Jordi Pujol es más que evidente. Como el mazazo que en Cataluña y Asturias ha supuesto ver el liderazgo de ambos personajes arrastrado por el fango de la puta avaricia, esa codicia sobre cuyos efectos el gran Gracián ya advirtió de forma reiterada. Cuando se cumple el 80 aniversario de la Revolución del 34, la Asturias dinamitera ha saltado por los aires con esa pasta que, sisada a los fondos mineros, el gran Villa iba colocando a buen recaudo cual helvética hormiguita.

Como ya ocurriera con Pujol y Banca Catalana, también en este caso existían indicios más que sobrados que apuntaban a que no era oro todo lo que relucía en el sindicalista astur. En 2007, el ex vicesecretario general del SOMA-UGT, Laudelino Campelo, se sentó en el banquillo acusado de un delito de cohecho por el presunto intento de extorsión a unos promotores que pujaban por construir un centro comercial en Langreo, villa en la que el citado oficiaba como portavoz del PSOE cuando ocurrieron los hechos. Campelo habría pedido 200 millones a los dueños de Codema-Leclerc por adjudicarles el concurso para la construcción del centro. Durante el juicio, el acusado no se mordió la lengua: “siempre mantuve al jefe informado de todo”. Lo mismo afirmaron otros testigos. El “jefe” era, naturalmente, Fernández Villa. Campelo fue absuelto y una espesa cortina de silencio cayó sobre el caso. El jefe de Asturias dirigía ya los destinos del Principado ataviado con el pañuelín coloraduco de Rodiezmo mientras afanaba de los fondos mineros, del mismo modo que el jefe de Cataluña hacía su fortuna parapetado tras la senyera y el discurso del “fer país”. A última hora, con la edad vencida, ambos jefes han terminado asomados al escándalo de dos vidas avergonzadas, destruidas por el infinita pasión del dinero.

Exaltación de la avaricia sin parangón conocido

En el turbión de escándalos que asola a un país bajo mínimos, el caso del monarca minero ha sido para muchos la gota que ha colmado el vaso, la definitiva constatación, por si alguna duda quedara, de que aquí no se salva nadie, aquí no se ha librado ni Dios, todo el mundo ha picado, todos han caído en el pozo sin fondo de la avaricia (“Chupa la sangre del pobrecillo el ricazo de rapiña”, que decía Quevedo), como se ha encargado de demostrar esa obscena relación de prohombres de Caja Madrid que, no contentos con sueldos, bonus y otras suculentas gabelas, disponían de una tarjeta de representación de la que tiraban incluso para sacar del cajero dinero en metálico, como si lo suyo no fuera bastante, exaltación de la avaricia sin parangón conocido, que permite especular con un comportamiento que devino en norma en ese ejercito derrotado de Cajas de Ahorro que ha sido necesario rescatar con más de 62.000 millones, de momento, de dinero público.

Flota en el aire una vocación de crispar el ambiente, un deseo de incendiarlo todo, porque nadie va a pedir cuentas, ninguna barbaridad va a pasar factura

Desasosiego. España en un sobresalto. Espectáculo de país desamparado, aterido ahora bajo la amenaza del ébola. País donde todo rumor tiene acogida, todo exabrupto su casa, toda barbaridad su canal de expresión. Sindicalistas de gesto crispado tienen estos días su minuto de gloria ante miles de micrófonos, y todo son declaraciones explosivas, acusaciones con dinamita, datos alarmados y alarmistas (la portavoz de un sindicato de enfermeras anunció el jueves noche ante un racimo de micrófonos que la infectada había sido entubada). Flota en el aire una vocación de crispar el ambiente, un deseo de incendiarlo todo, porque nadie va a pedir responsabilidades, ninguna barbaridad va a pasar factura, nadie con mando en plaza va a mandar aparar y exigir un minuto de reflexión a un personal que se lo cree todo, que todo lo teme, sociedad desarmada, incapaz de jerarquizar entre perro y humano, que no está dispuesta a asumir ningún sacrificio, ninguna responsabilidad, que rechaza el rigor que toda persona en sus cabales se impone a la hora de intentar discriminar entre el trigo y la paja, entre el bien y el mal, entre la buena y la mala información, entre el relato ajustado de los hechos y cualquiera de las barbaridades que estos días han visto la luz.

Una sociedad enferma que, castigada como viene por todo tipo de escándalos, primero se mira perpleja cuando estalla la bomba Ébola, y enseguida eleva el lamento del ¿cómo ha podido pasarnos esta desgracia? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?, y de inmediato se entrega a ese vicio tan hispano de la flagelación, la autocompasión, ¡país de mierda!, el canto a la fatalidad, el regocijo en la miseria, el sentimiento trágico de la vida que relató Unamuno (“La vida es tragedia”), el pesimismo antropológico español, el triunfo de esa mediocridad en la que tantos se sienten tan a gusto. Es un regodeo en la tristeza, un “buscar consuelo en el desconsuelo” (de nuevo Unamuno), una holganza en el pesimismo que recuerda episodios como el del 98, pero sin la grandeza de los protagonistas de entonces, sin el vuelo intelectual de aquellos que cantaron los males de la patria, porque esta sociedad acomodada en el hedonismo, apoyada en el quicio del buenismo, está tan desarmada moral e intelectualmente que cualquier demagogia echa en ella raíces. Sociedad sin referentes. País sin tregua que camina con la lengua fuera de desgracia en desgracia, incapaz de discriminar y pararse a pensar. País en desbandada.

El futuro no puede esperar

Y a la intemperie, sin elites de ningún tipo. Territorio del sálvese quien pueda. Porque nada de lo que está sucediendo hubiera ocurrido si, en el caso del Ébola, el Gobierno hubiera sido capaz de establecer un relato coherente y fiable de la situación, una portavocía dispuesta un par de veces al día a dar cuenta cabal de lo que está ocurriendo. Ocurre que para hacer realidad tal deseo hubiera sido necesario tener al frente del ministerio del ramo a una persona con un nivel de preparación adecuado, no a una señora que a su incompetencia une una cobardía sin límites que le ha llevado sencillamente a esconderse para no tener que dar la cara. Pagamos el precio del empobrecimiento de nuestras elites políticas, tomadas al asalto por una gente muy menor, muy pedestre, inculta incluso y en general ligada al jefe por una mera relación de vasallaje, de suerte que la mediocridad más atroz se ha hecho fuerte en las alturas del poder. El daño de imagen para el Gobierno es grande. La vicepresidenta Soraya la quiere sencillamente fumigar, nunca mejor dicho, lo mismo que buena parte del colegio ministerial, pero todos callan de puertas afuera porque la Mato es la protegida del jefe, siempre el jefe, el eterno jefe español señor de vidas y haciendas.

El Gobierno ha tardado 5 días en reaccionar. Para ello ha necesitado sentir en el cogote el aliento de otro Prestige, un fantasma que se han encargado de agitar tipos como Llamazares y cuyo recuerdo electoral les mueve a espanto. Con el otro fantasma, el de Cataluña y su 9-N a la vuelta de la esquina, España acaba de vivir una de las semanas más bajas de tono de su reciente historia, semana para la histeria, semana de ruido y furia, de miedo, de miseria colectiva. Ébolas al margen, es importante, con todo, tener presente que el turbión del momento es consecuencia de los males incubados por la sociedad española durante los años del boom, males que ahora afloran en torbellino, porque prestaríamos un pobre servicio al país si olvidáramos esta circunstancia y nos dejáramos llevar por ese fatalismo, ese sentimiento trágico de quien todo lo ve negro y no encuentra salida. Aquí no vamos a entrar en ese juego macabro. No vamos a contribuir al nihilista sentimiento del todo está perdido. España tiene remedio y los millones de españoles honrados que ansían un país mejor tienen derecho a exigirlo con todas sus fuerzas. La Transición definitivamente ha muerto y es preciso abrir un nuevo periodo histórico. Está por ver quién oficiará de partera de ese futuro incierto. Pero si, avejentadas y envilecidas, las elites actuales renuncian a la tarea, otras fuerzas lo harán con fórmulas mucho más radicales y tal vez más dolorosas. “Y es de la desesperación y sólo de ella de donde nace la esperanza heroica, la esperanza absurda, la esperanza loca” (Unamuno). El futuro no puede esperar.


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