Con Lupa

Discurso bien construido para país en ruinas

Quienes llevaban años esperando un discurso de nivel, el discurso a la Nación propio de un hombre de Estado, capaz de reconfortar a una ciudadanía enfrentada al mayor reto económico y político de su reciente historia, un alegato con la fuerza necesaria para hacer brotar una brizna de esperanza entre el roquedal de las dificultades, quienes esperaban todo eso, digo, habrán podido dormir satisfechos esta noche. Seguramente no es el mejor de los textos imaginables; seguro que es mejorable, que en la historia de la política –y no digamos ya de la guerra- los ha habido más brillantes; seguro que no colma todas las expectativas, pero es el mejor que se ha oído en esta España montaraz en mucho tiempo. Ya era hora.

Me estoy refiriendo a la primera decena de folios del discurso, los que de verdad han llamado mi atención, los que se han echado a faltar en la travesía parlamentaria del líder popular a lo largo de los últimos ocho años, porque la parte del león del alegato, la referida a las medidas concretas, medidas sin cuento, medidas a medio concretar, esas importan menos en este contexto y pueden conocerse y valorarse más adecuadamente por otras vías.

Aludo, en suma, a la filosofía que enmarca esas primeras páginas, la “voluntad de restauración de nuestra vida pública”, filosofía que da sentido a los sacrificios que a lo largo del texto distribuido ayer por los “populares” se proponen a los españoles. “No estoy pensando únicamente en los beneficios materiales de la creación de empleo: cuando se crea empleo el país se estabiliza, se afirma la confianza, se reparte mejor la dignidad, los derechos se concretan, los sueños se vuelven accesibles y cada ciudadano recupera la capacidad de administrar su propia vida. Cuando se crea empleo, señorías, crece la libertad”.

Particularmente acertado me pareció el deseo de insertar las reformas en el horizonte del largo plazo -los 20 años ni más ni menos- y la voluntad de utilizar las dificultades del momento, y las imprescindibles reformas que aquéllas reclaman, como palanca para ganar el futuro: “Lo que propongo es que España aproveche la oportunidad. Hemos de hacer reformas, sí, grandes reformas, pero debemos hacerlas pensando en algo más que en reducir el déficit, crear empleo, corregir nuestro modelo educativo o asegurar nuestra atención sanitaria. Tenemos que mirar más lejos y más alto, pensar en lo que España necesitará, no el año que viene ni el siguiente, sino en los próximos 20 años”.

Otro tanto cabe decir de la apelación a la responsabilidad individual, a la tarea de arrimar todos el hombro en el objetivo de alumbrar un país mejor a través del diálogo. “El futuro de España es cosa de todos, y cada español ha de tomarlo como cosa suya. La tarea del Gobierno no consiste en suplantar a la Nación, sino en coordinar sus esfuerzos y facilitar sus tareas. Y no existe mejor instrumento para coordinar y encauzar la energía de la Nación que el diálogo”.

Imposible no destacar en lo ayer oído algunas diferencias sustanciales con la lamentable etapa de un Zapatero que se pasó sus casi 8 años de Gobierno echando las culpas al Gobierno Aznar de todos sus dislates: “En el diagnóstico que expondré a continuación no hay ninguna voluntad de mirar atrás ni de pedir a nadie responsabilidades, que ya han sido sustanciadas por las urnas hace un mes. Pero me parece de la máxima importancia que compartamos una visión de donde estamos y por qué estamos precisamente donde estamos”.

¿Lo peor? Ni palabra sobre la regeneración democrática 

Y una manifestación de fe en los españoles, más bien un acicate a esa confianza que tantos ciudadanos están reclamando, una nota de optimismo, tan necesario en este tiempo de sombras, en el futuro: “Siempre que los retos han sido suficientemente estimulantes, los hemos sabido superar; siempre que las metas han sido suficientemente claras, las hemos conseguido alcanzar”.

Un discurso, en suma, bien construido y ciertamente moderado en la forma. Con una buena priorización de temas y, loados sean los dioses, con los resortes necesarios para transmitir al país la gravedad del momento en que nos encontramos (“La grave situación que acabo de describir, señorías, no es un ejercicio de masoquismo. Afrontamos enormes dificultades, nos esperan esfuerzos muy exigentes”), del que solo se podrá salir con grandes dosis de sacrificio y esfuerzo. En definitiva, Mariano Rajoy estuvo más en hombre de Estado que de partido, a pesar de las reiteradas salvas de aplausos con que los devotos del grupo popular le premiaron a cada paso, un latazo insufrible para quienes siguieron el debate.

¿Ha nacido de estos duros años en la oposición una nueva derecha en España? ¿Quizá una izquierda distinta alumbra tras el batacazo electoral? El de ayer fue un discurso templado, como lo fueron, a mi entender, las réplicas del candidato de la oposición. Tal vez fuera esta otra de las “conquistas” del día: la sensación de que la política vuelve a ser civilizada –si es que alguna vez lo fue- en España; la idea de que se puede discrepar sin que el titular del Gobierno trate de reducir a cenizas al líder de la oposición con desplantes e injurias verbales varias. Sucedió con Felipe para con Aznar; volvió a suceder con Aznar para con Zapatero y, por increíblemente que pueda parecer, se repitió el proceso con ZP (ya se sabe que el hábito hace al monje) para con Rajoy. ¿Se vuelve civilizada nuestra política?

Naturalmente que en lo de ayer hay algo que se echa en falta, una carencia cuya constatación hará infelices a muchos ciudadanos preocupados por la baja calidad de nuestra democracia. Me refiero a la ausencia en el discurso del futuro Presidente de planes de reforma del Estado y mucho menos de cualquier proyecto de regeneración de nuestra vida democrática. La carga de la deuda zapaterista es tan onerosa que se lleva a la tumba, de momento, el sueño de quienes siguen gritando en el desierto por esa mejora de la calidad de nuestra democracia. Una exigencia inaplazable para millones de españoles, que a partir de ahora se verán obligados a reclamar todos los días al titular de la nueva mayoría.


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