Con Lupa

Cataluña no necesita más autogobierno, sino más democracia

El editor y ensayista catalán Josep María Castellet relataba en noviembre de 2010 su pesar por lo que calificaba de “voladura de puentes” entre Madrid y Barcelona. “Si no es entre amigos, esto [lo que “nos unía” antaño] ya no existe y, la verdad, no veo ninguna posibilidad de arreglo a medio plazo; esto se ha esconyat”. Para Castellet, las culpas había que buscarlas en “el desarrollo político del Estado español desde 1975 para acá y las políticas culturales de los dos bandos”. Como ocurriera con el famoso Puente Viejo de Mostar sobre el Neretva, bombardeado en 1993 durante la guerra de Bosnia, los puentes que sobre el Ebro comunican Barcelona y Madrid, que ya se hallaban muy dañados, han saltado por los aires tras la gran manifestación del miércoles celebrada en Barcelona con motivo de la Diada. Y esta vez las culpas no se pueden cargar en el debe de Madrid, o al menos no todas las culpas.

El café para todos autonómico ha sido incapaz de satisfacer o aplacar las aspiraciones de los nacionalismos catalán y vasco

Nada de lo ocurrido es casual, porque en el guión de las siempre difíciles relaciones entre Cataluña y Madrid todo está escrito. El libreto corrió a cargo de los “padres de la Constitución” del 78, parteros de aquel error histórico que fue el “café para todos” que, ideado por Adolfo Suárez, alumbró el Estado de las Autonomías, ardid con el que se pretendió escamotear la realidad de las llamadas nacionalidades históricas catalana y vasca. Hoy, ese Estado autonómico se ha demostrado una estructura paquidérmica imposible de financiar salvo en épocas de boom económico, sin haber sido capaz de satisfacer o aplacar las aspiraciones de los nacionalismos de derecha catalán y vasco, más alejados que nunca de cualquier proyecto de convivencia con el resto de los españoles. Descontada la radical deslealtad de ambos nacionalismos para con la Constitución que contribuyeron a alumbrar [“Votadas las autonomías”, decía Manuel Azaña en uno de sus celebrados discursos, “el organismo de gobierno de la región es una parte del Estado español, no es un organismo rival, ni defensivo ni agresivo, sino una parte integrante del Estado de la República Española. Y mientras esto no se comprenda así no entenderá nadie lo que es la autonomía”], todo hubiera discurrido de otra forma de no haber sido por la deriva delictuosa mostrada por la clase política española en su conjunto en las últimas décadas.

Imposible explicar la situación catalana sin aludir, siquiera brevemente, al marco de crisis sistémica en que se debate España entera. Se ha escrito hasta la saciedad que la nuestra no es una crisis económica, o no solo económica; estamos ante una crisis política e institucional de carácter terminal, crisis de agotamiento del modelo político salido de la transición, que ha resultado herido de muerte por la corrupción moral y material en que vive instalada una clase política que, en afortunada sentencia reciente (César Molinas, El País del domingo), “ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación”. Siempre he dicho que los catalanes son los más españoles de entre los españoles, para lo bueno y lo malo, y en este sentido su crisis –más profunda aún, más descarnada que la del resto del país, tanto en lo político como en lo económico e institucional- es fiel reflejo de la gran crisis de valores española. Al margen del espectáculo de anteayer, en ningún sitio el abismo que separa al ciudadano de la calle de su clase política ha alcanzado tal profundidad, lo cual se manifiesta en cifras de abstención en elecciones autonómicas de entre el 45% y el 50%, por no hablar del nuevo Estatuto, refrendado en junio de 2006 por apenas el 36% del electorado catalán, ello después de infinitas horas de radio y televisión, infinitos ríos de tinta, e infinita e interminable, atosigante propaganda nacionalista.

“Ustedes tienen un problema que se llama 3%”

El fenómeno no es casual: el ciudadano opta por dar la espalda al vergonzante espectáculo de una elite política acostumbrada, más contenta que resignada, a vivir en y de la corrupción. “Ustedes tienen un problema que se llama 3%” que dijo Pascual Maragall a Artur Más en célebre sesión parlamentaria. Resulta desalentador comprobar así cómo, año tras año, esa clase política instalada en el trapicheo transversal se niega a proponer un gran pacto capaz de sanear las instituciones, en España y en Cataluña, capaz de regenerar nuestra pobre democracia. Esa clase política corrupta -porque de tal cabe calificar a quien no es capaz siquiera de mostrar propósito de enmienda-, ha demostrado ser, además, una pésima gestora de la res publica, los asuntos que afectan a la vida diaria de los ciudadanos. El espectáculo ha terminado con la Generalidad en quiebra, incapaz de salir a los mercados de deuda porque nadie está dispuesto a prestarle un euro. La solución ha sido pedir el rescate a Madrid, algo más de 5.000 millones, a “ese Madrit (sic) que nos está robando” según la propaganda oficial, y al mismo tiempo organizar una gran manifestación para reclamar la independencia.

Tradicional e impúdica conducta que caracteriza a una clase que nunca se disculpa, nunca pide perdón, siempre camufla su responsabilidad bajo el mantra del “Madrit nos está robando”, olvidándose de las comisiones del 3%, del 13% o del 30%, vaya usted a saber. Me llama un ciudadano catalán: “Además de los de siempre, los convencidos, los independentistas enragés que votan Convergencia y ERC, que son muchos, Mas consiguió el miércoles lo que los sindicatos no han logrado en Madrid ni en Barcelona: sacar a la calle a los cabreados, que son legión, los que han perdido el empleo, los que tienen que pagar las medicinas, afrontar las subidas de los comedores escolares, etc., etc.” De un modo u otro, la manifestación del miércoles marca un punto de inflexión evidente en la deriva de unas elites nacionalistas que hace ya tiempo, cuando se percataron de la pedestre condición de la clase política española en su conjunto dedicada igualmente al tironeo, decidieron que era llegada la hora de crear su propio Estadito para, mejor cabeza de ratón que cola de león, reinar sin cortapisas en ese espacio mágico nacionalista, esa Ítaca soñada donde corren ríos de leche y miel, esa Cataluña homogénea, monolítica, pétrea, donde no hay ni derechas ni izquierdas, solo nacionalistas. Una huida hacia adelante en toda regla.

Hambre de poder y autoengaño

Y ahí tenemos al molt honorable Jordi Pujol, cual flautista de Hamelín, conduciendo a sus huestes hacia el desfiladero. “Nacionalismo es hambre de poder atemperada por el autoengaño” que dijo George Orwell, autor precisamente del celebrado “Homenaje a Cataluña”. Nadie ha preguntado al conjunto de los ciudadanos catalanes si quieren la independencia o simplemente lo que quieren es vivir mejor, en una verdadera democracia, con unas instituciones no corrompidas, dirigidos por una clase política capaz de rendir cuentas ante los ciudadanos y la Justicia. Nadie les ha preguntado si quieren remplazar a los Borbones por los Pujoles, a una dinastía por otra. Porque esta es la madre del cordero: lo que Cataluña necesitaba antes no era más Estatuto, que tenía de sobra con el viejo, ni ahora más autogobierno o simplemente independencia. Lo que precisa es más democracia, toneladas de regeneración democrática, de buena calidad de vida democrática, más sociedad civil, menos corrupción, más separación entre lo público y lo privado, menos clientelismo, más capacidad de generación de riqueza, menos sectarismo, más tolerancia para quien no piensa en clave nacionalista, menos pensamiento único. En suma, más libertad.

Eso es lo que está en juego en Cataluña y en España entera en los últimos tiempos: la mejora sustancial de la pobre calidad de nuestra democracia, una aspiración que va en contra de los intereses profundos de la clase política en general, clase que ha hecho del servicio público un negocio privado, y de las elites periféricas nacionalistas. Todo menos aceptar el viaje a ninguna parte que hoy CiU le propone al catalán medio. “Piensan que soy malo, la imagen de la dictadura”, decía Lucio Cornelio Sila (138-78 A.C.), dictador de Roma. “Soy lo que el pueblo se merece. Mañana moriré como todos morimos. ¡Pero te digo que me sucederán otros peores! Hay una ley más inexorable que todas las leyes hechas por el hombre. Es la ley de la muerte para las naciones corrompidas, y los esbirros de esa ley ya se agitan en las entrañas de la Historia”. ¡Me sucederán otros peores!

P.D.: El autor de este artículo ha utilizado en su preparación algunas ideas y citas contenidas en anteriores trabajos suyos.


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