Con Lupa

Bankia o la connivencia entre política y finanzas

Pocos asuntos, en efecto, han puesto de manifiesto la escandalosa connivencia existente en España entre política y finanzas como el “caso Bankia”. Normal como la vida misma, si tenemos en cuenta que políticos –de uno y otro signo- y  financieros, poder político y poder económico, han sido los protagonistas y beneficiarios, además de acérrimos defensores, del régimen surgido tras la muerte de Franco, con los partidos nacionalistas como aderezo en la tarta y la Monarquía cual guinda coronando el pastel. La colusión devino escandalosa en el caso de las Cajas de Ahorros. Los presidentes de la mayoría, si no todas, de las entidades tenían que contar con el beneplácito del capo autonómico de turno, cuando no eran nombrados directamente por el Gobierno respectivo. Lo cual implicaba, entre otras cosas, poner los recursos de la Caja “al servicio de”, actuando como sedicentes bancos públicos de la Comunidad Autónoma de turno y financiadores sotto voce y gratis total del partido en el poder en la región.   

Aquella connivencia llegó al paroxismo con la nominación de Rodrigo de Rato y Figaredo, Rodrigo Rato para los amigos, como presidente de Caja Madrid. Nadie supo nunca qué títulos avalaban sus aspiraciones para ocupar un sillón sobre el que cayó parachutado sin pasar por puesto alguno del escalafón, pero todo el mundo sabe, porque es sabiduría transmitida en España de generación en generación, que en esta tierra de pan llevar quien tiene padrinos se bautiza, y quien no los tiene permanece para los restos en el limbo de la mediocridad y la pobreza. Es cierto, el citado había sido vicepresidente y ministro de Economía de los Gobiernos Aznar, además de fallido director gerente del FMI. Un capo, en el más amplio sentido de la palabra, del partido de la derecha española, a quien la nomenklatura del PP terminó colocando al frente de la Caja porque sí, por bemoles, porque es uno de los nuestros y muy principal, y porque no se le podía negar ese capricho. Cosas de España y su acrisolado caciquismo, tan difíciles de explicar en otras latitudes.  

Que sus conocimientos en materia financiero/bancaria no debían ser muchos ha quedado ampliamente demostrado con lo ocurrido después. Lo que vino a continuación está en las hemerotecas: un rosario de decisiones erróneas, o disparatadamente erróneas, en materia de fusiones -en esencia, la de Bancaja-, que hizo bueno aquello de que dos Cajas malas hacen una malísima, pastel pésimo engordado, además, por un rosario de entidades menores llevadas del ronzal al huerto de Don Rodrigo por la autoridad autonómica correspondiente, mayormente castellano-leonesa, y que en esta aventura se han jugado, entre otras cosas, la valiosa Obra Social que era su razón de ser. Ello por no hablar de la injustificable salida a Bolsa, o la escandalosa colocación de preferentes entre la clientela popular de las instituciones.

Tras muchos meses intentando ocultar –el conejo tapado y las orejas fuera- lo que medio mundo sabía: que Bankia era el cáncer que amenazaba con llevarse por delante el entero sistema financiero español, el asunto terminó por salir a la luz cuando los mercados, en plan estricta gobernanta, decidieron negar el pan y la sal a la deuda externa española. El nuevo Gobierno de Mariano Rajoy tuvo que meterse en harina nada más llegar, empezando por un saneamiento integral de los bancos. El escándalo de los 19.000 millones de necesidades de recapitalización fue la explosión nuclear que de repente hizo ver al mundo el desolado paisaje de un país en ruinas, en el que sus clases dirigentes han campado a sus anchas con desprecio a la ley y donde las  responsabilidades/connivencias/culpas están no solo repartidas a lo ancho, sino también a lo alto, alcanzando desde la primera magistratura del Estado al último director de sucursal, pasando por presidentes del Gobierno, ministros de Economía, gobernadores del BdE, presidentes de CNMV, firmas de auditoría, bancos de inversión, bufetes de abogados, consultores, políticos de todos los partidos, etc.

UPyD y el valor de una denuncia

Felicitaciones a Unión Progreso y Democracia (UPyD), el partido de Rosa Díez, por haber tenido el valor, entre tanta gente como a diario hace alarde de tragaderas en esta tierra de yuntas acobardadas, de llevar el escándalo Bankia a los tribunales de Justicia. Que no es sólo Bankia, porque el mismo caminito de Jerez deberían recorrer igualmente los responsables de la CAM, de CatalunyaCaixa, de CaixaGalicia, de las castellano-leonesas y de tantas otras. El auto del juez Andreu devuelve a este país el sueño de la voluntad, que no de la razón, de que la explosión de este pastel de inmundicia que ha permitido a tanto sinvergüenza hacerse rico pueda significar el inicio de un proceso de regeneración de nuestras instituciones, empezando por Doña Justicia, tan vapuleada ella, capaz de culminar en el diseño de un país mejor, en el que sea posible sentirse confortado y confortable a la hora de vivir y trabajar.

No nos hagamos demasiadas ilusiones, empero. Este ha sido el país capaz de acabar con la acción popular consagrada en la Constitución para salvar de la cárcel a dos pájaros amigos del Monarca, y ha sido también el país capaz de inventarse una doctrina jurídica ad hoc para permitir a un banquero de tronío seguir en el machito como si tal cosa. Como en la Atenas de Solón, bien sabemos que las leyes son aquí “como las telas de araña, que apresan a los bichos pequeños pero dejan escapar a los grandes”. No sé por qué, sin embargo, presiento que las cosas van a cambiar. Que no van a poder seguir siendo lo que han sido. Y lo creo porque la situación se va a tornar tan complicada, tan difícil, tan crítica, a cuenta de los ajustes de caballo que el Gobierno no va a tener más remedio que adoptar si España no quiere despeñarse como país por el barranco de la miseria, que los golfos de cuello banco y chequera negra no van a poder irse de rositas, ni los políticos amigos van a poder seguir protegiéndoles. Porque puede que llegue el momento en que la calle no se lo permita.


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