Con Lupa

Artur Mas y la felicidad de los catalanes

Me cuentan que las tensiones provocadas por la escalada soberanista de Artur Mas han aflorado también en el club “Puente Aéreo”, un foro de opinión y reflexión (que así se venden) constituido hace poco más de un año por empresarios y ejecutivos de Madrid y Barcelona, que alternativamente se reúne en ambas capitales bajo la forma de un ágape que suele presidir un invitado “estrella”. El último ha sido José Manuel García-Margallo, y aseguran quienes asistieron al almuerzo que esas tensiones se hicieron presentes entre los reunidos después de que el titular de Exteriores realizara una cruda y hasta alarmista descripción del paisaje que nos espera a consecuencia del viaje a ninguna parte emprendido por el dilecto discípulo de Jordi Pujol I de Catalunya. 

Y no es que la representación catalana de “Puente Aéreo” –gente como Juan Rosell, José Manuel Lara, Juan María Nin, Emilio Cuatrecasas, Luis Conde, o Javier Godó, entre otros,- esté constituida por independentistas radicales de toda la vida, sino al contrario. Ocurre, por desgracia, que el discurso de la independencia manejado por CiU y Mas como un espantajo tras el que guarecer las miserias de su gestión diaria y la baja calidad democrática que, consecuencia de la corrupción, enseñorea la vida catalana (como la del resto de España), ha prendido con tal violencia que hoy es imposible al otro lado del Ebro permanecer ajeno a ese fuego que todo lo devora y a todos incorpora, arrasando con cualquier argumento sensato que pretenda oponérsele.

Rencor donde antes había cordialidad. Vientos de fronda donde antaño reinaba la paz

El “incendio” ha superado ya la esfera de lo político para entrar de lleno, como un huracán, en la vida de los barrios, de las calles y hasta de las propias familias. Conozco el caso cercano de una familia de emigrantes de la provincia de Jaén establecidos en los años setenta en el área metropolitana de Barcelona, con hijos nacidos en la propia capital catalana, en la que el paterfamilias, ya abuelo, no se habla con algunos de sus vástagos que han abrazado con el fervor del converso la causa del independentismo. Padres que no se hablan con sus hijos. Amigos que ya no se quieren. Vecinos de escalera que se dan la espalda y se niegan el saludo al tropezarse en el portal. Rencor donde antes había cordialidad. Vientos de fronda donde antaño reinaba la paz. De paz y en paz antes se charlaba sobre los problemas para pagar la hipoteca, educar a los hijos y llegar a fin de mes.

Las emociones han sustituido ahora a las razones, consuetudinaria catástrofe que suele acompañar con su aliento fétido todas las confrontaciones civiles que en el mundo han sido y de las que en España hemos tenido abundante muestrario a lo largo y ancho de nuestra Historia. Inútil tratar de argumentar, apelar a la historia compartida, contraponer balanzas fiscales, intentar unir en lugar de separar. El espacio para el diálogo sereno ha sido sustituido por un cuadrilátero donde los antagonistas se insultan y cocean. Los cafres ganan la partida a uno y otro lado del Ebro, retroalimentándose en su visceralidad. Porque se trata de vencer, no de convencer.

Demagogia a borbotones

Dicho lo cual, es obligación moral de todo demócrata señalar con el dedo al señor Mas y al partido que le sostiene, CiU, como los grandes responsables de la tempestad en que podrían derivar los vientos de discordia que tan demagógica como irresponsablemente han venido sembrando. Identificado el enemigo común de los nacionalistas –sin el cual el andamiaje argumental de los vendedores de humo se vendría abajo-, anteayer nos enteramos en el Senado de que el señor Mas viajó a Madrid a entrevistarse con el presidente del Gobierno con el único propósito de cargarse de razón y regresar a Barcelona coronado con el laurel del victimismo. “Si no me das lo que pido, atente a las consecuencias”. El de la Generalitat no ha desmentido la acusación. Si acaso, ayer matizó que Rajoy le dijo: “No quiero negociar el pacto fiscal porque creo que Catalunya no está tan mal tratada como decís”. Para un catalanista enragé, una provocación inaceptable, un insulto en toda regla… 

En Barcelona siguen cayendo rayos y truenos contra todo lo que suene a moderación y sentido común. La edición en internet del diario La Vanguardia (antigua “Vanguardia Española”) era ayer tarde un poema: “Badia [la eurodiputada del PSC firmante de la carta pidiendo a la UE protección para Catalunya ante las "intolerables invocaciones a las Fuerzas Armadas”] replica a Rubalcaba que no se arrepiente del contenido de la carta: Lo que pedía lo sigo pensando ahora” (…) “ERC pide al Gobierno un compromiso de no usar el Ejército contra Catalunya: La mejor forma de desvanecer la duda de una intervención militar es que el presidente haga público que no tiene ninguna intención” (…) “La Diputación de Lleida pedirá que cesen los vuelos militares sobre Catalunya: Reñé tacha de "impresentable" que el Ejército del Aire realice vuelos de aviones caza a baja altura” (…) “Mas ve inmoral que se meta el miedo en el cuerpo con las pensiones: El president asegura que un estado catalán podría pagar pensiones un poco más elevadas…”

El milagro de las pensiones de Mas

Mientras hablamos de la tierra prometida de la independencia no lo hacemos de la corrupción

No explica Mas cómo haría el milagro de aumentar la cuantía de las pensiones, aunque a lo mejor está dispuesto a dedicar a tal menester el importe del famoso 3% denunciado en su día por Pasqual Maragall como coima o comisión de curso legal en todo negocio u operación realizada en Cataluña… Porque de eso va esta Historia: mientras hablamos de la tierra prometida de la independencia en la que correrán ríos de leche y miel, no lo hacemos de la corrupción (Vostès tenen un problema i aquest problema es diu 3%) generalizada, ni del trapicheo transversal, ni de la necesidad de sanear y regenerar las instituciones, ni de hacer posible una mejor calidad de vida democrática para catalanes y españoles. Mientras hablamos de la independencia no hablamos de los recortes, ni de una Sanidad convertida en despilfarro cuya eficiencia no sabemos gestionar, porque esa burguesía de derechas que se envuelve en la estelada para poder gozar mañana de un Poder sin contrapesos ha demostrado ser una  pésima gestora de la res publica, de los asuntos que afectan a la vida diaria de los ciudadanos. El espectáculo ha terminado con la Generalidad en quiebra, incapaz de salir a los mercados de deuda porque nadie está dispuesto a prestarle un euro. La solución ha sido pedir el rescate a Madrid, algo más de 5.000 millones, a “ese Madrit (sic) que nos está robando”.

Es muy posible, incluso hay quien lo da por seguro, que tras la jornada electoral del 25 de Noviembre las aguas desbordadas del nacionalismo que alienta CiU vuelvan a su cauce, pero no lo va a tener fácil, ni él ni la dinastía Pujol (“Nacionalismo es hambre de poder atemperada por el autoengaño” que dijo George Orwell) a la que representa en la sombra. Quien siembra vientos recoge tempestades, dice el refrán, y el diluvio ha sido tan fuerte, tan aparatosa la tormenta, tan demagógica, que la riada amenaza con llevarse muchas cosas por delante, incluso al propio Mas y a su séquito.  Decía el Artículo 13 de la Constitución de Cádiz que “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar de los individuos que la componen” y antes, el propio Artículo 2 aclaraba que “La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”. Doscientos años después, asombra comprobar cuánto ha retrocedido Cataluña respecto a estas gloriosas ideas liberales. Algún día habrá que exigir responsabilidades, incluso penales, a políticos de esta calaña que tan dura, arteramente, han trabajado por la infelicidad y la discordia entre catalanes y españoles.


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