Con los leones

Del Gobierno de concentración a la barricada

Oído en el patio del Congreso a un veterano diputado de CiU: “En Cataluña estamos quebrados, aquí en Madrid el Gobierno está muy mal, pero tiene algo más de dinero que nosotros. Con esta situación, al borde la intervención, las apuestas de Convergencia a favor de un Estado independiente son fuegos artificiales”.

Pocos metros más allá, un diputado asturiano del PSOE me comenta: “A Javier [Fernández] le veo muy animado, quiere llegar al Gobierno, pero los demás en el partido estamos alarmados porque las arcas en Asturias están vacías y se necesita mucho valor para gestionar así el Principado. La situación es dramática…”.

Lo que estos días se escucha sin parar en los pasillos del Congreso y en sus aledaños en boca de parlamentarios de todos los colores es que el país está mucho peor de lo que nos imaginamos. Vamos, que el Gobierno se anda con paños calientes para no asustar al personal con un lienzo dominado por el negro. Si esto es así, pronto saldremos de dudas. Los Presupuestos que este viernes aprueba el Consejo de Ministros deberían ser la foto más fiel del estado de la nación, aunque puede que haya que esperar a las cuentas del año que viene para medir la magnitud final del desastre.

Buen conocedor de la técnica presupuestaria, Cristóbal Montoro, ya tiene que tener en su cabeza lo que le espera a España este año y el que viene, puesto que su equipo empezará a escudriñar los números de 2013 en cuestión de dos meses, antes de que en el verano lleve al Parlamento un nuevo techo de gasto.

Sin elecciones a la vista hasta dentro  de un año, el Gobierno ya no tiene excusas ni para ocultar una realidad que se presume trágica ni para recurrir a las cataplasmas. Con los ajustes que están en capilla, a Mariano Rajoy le viene encima un segundo Prestige, cuyo poder contaminante podrá empezar a medirse en términos sociales a partir de la huelga general convocada para este jueves. Después de lo ocurrido en Andalucía, cuyas consecuencias pueden ser más profundas de lo que parece, a la vista de la preocupación que reina en La Moncloa, tenemos a unos sindicatos envalentonados que no parecen estar a la altura de las circunstancias. Son las mismas, si no peores, que las que hace seis meses llevaron a un alto dirigente sindical a prever un gobierno de concentración PP-PSOE. Pero se ha elegido la barricada.

La pregunta se la hacía recientemente un ministro del equipo económico y se presta a la reflexión: ¿Qué tendría que pasar en este país para dejar de practicar entre todos el juego de los trileros? La respuesta se antoja sencilla: que el Gobierno hablara alto y claro, que la oposición no se creyera lo que predica y que los sindicatos y los empresarios obraran con altura de miras. Pues eso.


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