Como la vida misma

Bajo el disfraz del camaleón

Ni el gran Houdini sería capaz de hacerlo tan bien. No han pasado ni cinco años desde la inscripción de la primera empresa de asesoramiento financiero y ya tenemos a todas las grandes bancas privadas enarbolando la bandera del asesoramiento financiero de calidad.

Sinceramente, muchas gracias, pues hemos conseguido que todo un sector cambie de opinión desde la negación del valor añadido ofrecido por un asesor financiero a apostar por la capacidad de las entidades financieras para prestar el servicio de asesoramiento financiero y, además, cobrar en directo por esta actividad. No podemos negar que es un avance en la línea correcta, pues un buen asesoramiento eliminará una gran cantidad de conflictos de interés que emergían como consecuencia del enfoque meramente comercial de la actividad de banca privada.

Sin embargo, los camaleones siguen siendo camaleones. La propuesta por asesorar desde la misma entidad financiera que intermedia la operación es sinceramente un nuevo paso para tratar de monopolizar todos los servicios de inversión y así, seguir controlando desde dentro la actividad de inversión. Y de esta forma, continuar con el sistema de objetivos y de políticas comerciales diseñados para maximizar los beneficios de la entidad.

La realidad es que el precio que un inversor está dispuesto a pagar por un servicio de asesoramiento se sitúa al menos un 60% por debajo del precio que pagaba cuando éste invertía en los “productos de la casa”. La reacción de un cliente es bien distinta cuando éste tiene que hacer de forma continuada el ejercicio de firmar una transferencia para el pago del servicio de asesoramiento, que cuando no tiene que efectuar ningún pago efectivo pues la entidad le ofrece compensar (o netear) de forma transparente las distintas comisiones que el cliente genera para la entidad.

Con un 60% menos de ingresos, no hay más remedio que ser eficientes en la prestación del servicio de asesoramiento y esperar que el volumen se incremente de forma sustancial. Si no es así, las tentaciones para agitar de nuevo la bolsa de los conflictos de interés serán altas, aumentando, otra vez, las probabilidades de entrampar a los clientes en situaciones patrimoniales embarazosas.


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