Como la vida misma

La clase “E”

Érase una vez un país tan profundamente bancarizado que su población, cautiva y desarmada se sometía mansa y resignadamente frente a los allanamientos más groseros que las instituciones financieras cometían reiteradamente contra él.

Un país en el que el elevado nivel de analfabetismo financiero favorecía las conductas irracionales de sus habitantes en la toma de decisiones de inversión y los convertía en víctimas inmisericordes de prácticas abusivas por parte de propios y foráneos.

Con esos mimbres, la Banca de los  países vecinos del área en la que estaba integrado ese país, rápidamente detectó oportunidades de negocio fácil, por lo que pronto llamó a las puertas de las autoridades del mismo y solicitó comercializar sus productos financieros entre tan despistados habitantes.

La complacencia de las autoridades del país no tardó en llegar y sabedores de la secular mansedumbre y despiste de la población rojigualda en lo relativo a las inversiones (que era inversamente proporcional a su pasión y sabiduría balompédica), acordaron con  las entidades extranjeras la creación de un producto exclusivo y especial para sus habitantes.  

De tal forma y en el campo de los fondos de inversión si las gestora extranjeras querían comercializar sus productos en ese país, la exclusividad comercial consistiría en crear una clase especial de los mismos a la que se le bautizaría como clase “E” pues el nombre de ese bello país poblado por obedientes ‘paganinis’ empezaba por esa vocal.

El lobby bancario del país aseguró a los comercializadores que con ese camuflado homenaje patrio y con la lozana apariencia de esa “E” tan mayestática nadie se percataría del nuevo atropello.  Una suerte de plan “E” financiero echaba a andar.

¡Qué privilegio internacional! En ese soleado país el mismo fondo de inversión con la misma cartera, gestión y gestor era contratable en una nueva y reluciente clase “E”. Emocionados, los clientes los contrataban sin ser justamente informados que se trataba del modelo con las comisiones más caras de dicho vehículo de inversión. Desinformados e ignorantes, uno tras otro contrataban una versión extracara e ideada para la enorme masa de adocenados habitantes del país que desde tiempos inmemoriales se había significado por ejercer  la compra inmediata y sin preguntas de toda suerte de mejunjes inversores.

Un cuento de final feliz para las arcas de sus promotores de no ser por la aparición, en el país -que  lucía con orgullo el lema de ser aquel donde más rápido y fácilmente uno podía hacerse rico-, de los incomodos pero necesarios asesores financieros independientes. Unos advenedizos que poniendo los puntos sobre las íes intentaban impedir el mantenimiento de situaciones sonrojantes para  la profesión y perjudiciales para la indefensa población.

Con el tiempo y tras singulares batallas, los tercos ‘independientes’ lograron que la verdad resplandeciese y que criterios como el mejor interés del cliente, el precio justo o el valor de las propuestas de inversión y la ética en las transacciones financieras prevaleciesen sobre las oscuras y erradas prácticas del pasado que formaban parte de la acrisolada incultura financiera del país de referencia.

Persistiendo en su conducta y con el paso del tiempo, los ‘independientes’ lograron sacar al país de la ceguera financiera y todos (entidades y clientes ) vivieron más felices, mejor informados y mucho menos sobresaltados . Y colorín, colorado…. este cuento podía haber acabado.

Pero ni es un cuento ni ha acabado. Es la realidad de un país llamado España. Un país que persiste en atormentar los adentros de los inversores con esta metodología hispana para la distribución comercial de fondos de inversión por parte de las gestoras extranjeras. Gestoras a las que en su momento se les puso como condición para operar en el país, la creación de esa nueva clase para sus fondos de inversión: la clase “E”.

Una clase que se creó ad hoc y en exclusiva para España y para ser distribuida a mansalva entre clientes minoristas por redes de Banca retail. Una clase que sin aportar valor añadido conlleva un sobreprecio susceptible de reparto entre creadores y distribuidores y que supone un lastre a la rentabilidad del producto frente el mismo vehículo en su clase minorista básica.

Una anomalía mercantil y un auténtico baño de realidad para los que creíamos superado el famoso “Spain is different” que sigue plenamente vigente en las finanzas patrias para desgracia de los inversores, pues tal distingo no nos hace diferentes. Nos hace peores. Peores que los belgas, los franceses o los ingleses. Países en los que una práctica parecida sería impensable. 

Es por todos conocido aquello de que no existe el veneno, existe la dosis, así que las autoridades españolas debieron pensar que una dosis de clase “E” tampoco iba a ser para tanto. Seguro que salvo abuso, a dosis no letales un invento tan estelar no podía ser tan malo para la salud financiera general.  

De ese modo y hasta día de hoy, todos contentos. Las entidades financieras engordando sus cuentas de resultados gracias a esa esbelta “E”, los comercializadores modulando a su interés sus márgenes y los clientes, en babia e ignorando la existencia para idéntico producto de una clase “A” o incluso una clase “I” mucho más baratas.

Siendo esa la realidad española vigente y no pareciendo que vaya a cambiar, me permito aconsejarles que en la próxima reunión comercial que mantengan con su proveedor financiero acudan a la misma acompañados por un asesor financiero independiente que le recuerde al  especialista que les intente vender un fondo de inversión clase “E” -de los del malévolo Plan “E”-  la existencia de alternativas idénticas más baratas del mismo producto y por tanto su negativa a pagar más por lo mismo.

Del mismo modo que revisen las posiciones de sus carteras de fondos de inversión y si tienen fondos de clase “E” soliciten el cambio por el mismo producto pero de clase “A”.  En muchos casos el ahorro puede ser cercano al 30-40% e incluso al 50% de la comisión de gestión. Un sobrecoste relevante e injustificable bajo cualquier circunstancia.

Ser dispensados de enarbolar el blasón de la “E” en sus portfolios de inversiones redundará en la rentabilidad de sus carteras, en minorar los costes ocultos del  famoso asesoramiento gratuito y en una sana, racional y normalizada exigencia cuando se trata de dar cauce adecuado a sus inversiones personales.       

Actuando así, no perjudicaremos los ingresos de la banca pues no existe mejor fórmula para satisfacer y fidelizar a un cliente que la información imparcial, transparente y ética.  Y un cliente satisfecho, no solo transacciona más con su entidad sino que también se convierte en un potente prescriptor de nueva clientela.

Admito que no es una fórmula tan atractiva o maquiavélica como un plan “E” pero seguro que es una solución más efectiva y la mejor forma de entre todos, ponerle final feliz a este perverso cuento.


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