Como la vida misma

Una burbuja en busca de explosión

En los últimos tiempos no se oye hablar de otra cosa: ¿estamos ante la formación de una burbuja en los mercados de renta fija? Legiones de economistas defienden su formación. En igual número se encuentran los detractores de esta opinión.

Cabe recordar que la existencia de nuestra propia burbuja patria (la inmobiliaria) fue negada por una muy numerosa tropa de economistas oficiales. Pero, antes de opinar al respecto, conviene aclarar conceptos.

Una burbuja financiera es un fenómeno que se produce en los mercados y que se caracteriza por una subida anormal y prolongada del precio de un activo o producto, de forma que dicho precio se aleja cada vez más del valor real o intrínseco del mismo. Han sido profusamente estudiadas por diversas ramas de la ciencia (economía, sociología, psicología, neurociencia, etc) sin haber sido posible aún establecer las causas de su formación.

Las burbujas surgen en mercados especulativos pero también en escenarios racionales sin incertidumbre y, lamentándolo mucho, son identificadas a la perfección solamente cuando estallan. De hecho las burbujas lo son en tanto que estallan. Previamente son una mezcla de precios irracionales combinados con indicadores de riesgo diversos.

Los ejemplos históricos de burbujas son numerosos: tulipomanía (especulación con los tulipanes holandeses en el siglo XVII), burbuja de la Compañía de los Mares del Sur en 1720 (Isaac Newton se arruinó en este episodio), crack de 1929, burbuja financiera e inmobiliaria en Japón, crisis financiera asiática, burbuja puntocom, crisis económica de 2008, burbuja inmobiliaria en España, etc.

Un auténtico baño de burbujas a lo largo y ancho de tiempos y geografías diversas con la común característica de que nadie supo identificarlas y las consecuencias fueron la destrucción de una gran cantidad de riqueza y un malestar económico continuado y persistente en años posteriores hasta poder alcanzar de nuevo niveles de renta y riqueza previos a su ocurrencia.

Burbuja de renta fija

Las burbujas se han formado en todo tipo de activos (renta variable, materias primas, inmuebles, etc…) y la renta fija no parece que vaya a ser la excepción.

Las políticas ultraexpansivas de los bancos centrales han disparado el apetito por activos de riesgo entre los inversores. Los bonos corporativos de baja calidad pagan el interés mínimo de su historia y el apetito provocado por el tsunami de liquidez del mercado producen milagros como los de la deuda de algún país africano cuya emisión fue recientemente cubierta por un importe superior al 50% de su PIB.

El entorno de bajos tipos de interés y la búsqueda desesperada de rentabilidad de particulares y especialmente instituciones financieras –léase fondos de pensiones, fondos de inversión, compañías de Seguros, etc– no hacen más que engordar la tan traída y llevada burbuja. Por otra parte, cada vez hay más emisiones de baja calidad de empresas y proliferan de nuevo los productos financieros complejos, como antes de la crisis. Incluso de cédulas hipotecarias. Son indicadores cuanto menos inquietantes.

Como comentaba más arriba, las opiniones están claramente divididas con economistas que por optimismo impenitente niegan la mayor y por recalcitrantes pesimistas que afirman que no es que se esté formando una burbuja, sino que ya estamos inmersos en ella.

Con estos mimbres es difícil posicionarse de forma radical con uno u otro bando. Personalmente opino que estamos ante una burbuja en busca de explosión que hay que reconducir para que no estalle. No estamos frente a meros desajustes de valor que por arte de magia vayan a corregirse sin mayores consecuencias sino ante una bomba de relojería que habrá que desactivar.

Y el tema no es sencillo, pues las burbujas por definición son sutiles, quebradizas y de vocación perecedera. Y las financieras no son una excepción.


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