Como la vida misma

No es Euro todo lo que reluce

Dieciocho países europeos comparten el euro y todos 'teóricamente' se han beneficiado de la moneda única. Desde su creación, el euro ha cumplido plenamente las tres funciones tradicionales del dinero: ser un instrumento de cambio y pago, ser utilizado como unidad de cuenta y ser un depósito de valor que permita mantener la riqueza disponible para el consumo futuro.

Pero si nuestra moneda única no está  falta de virtudes, sigue siendo cierto que no ha logrado unificar ni en términos sociales ni económicos a las economías de los dieciocho estados que lo han adoptado.

Y es que el euro es especial, ya que sólo funciona bien cuando la economía va bien. A la inversa, en ausencia de adaptación mutua entre los estados de la zona del euro, su comportamiento es decepcionante cuando surgen dificultades económicas. Esta paradoja es consustancial a su creación: imponer una política monetaria única a dieciocho estados heterogéneos es en el mejor de los casos un reto y en el peor, una quimera.

Este defecto estructural del euro explica muchos aspectos de la crisis monetaria a que se enfrenta hoy la Unión Europea. El funcionamiento de la zona euro, que se dibujó tras el Tratado de Maastricht ha alcanzado sus límites: un tipo de cambio único para todos, sólo es posible si la situación económica de los miembros de la zona euro es idéntica.

A causa de la heterogeneidad de partida, nunca ha sido posible poner en práctica políticas monetarias expansivas en el caso de una desaceleración de la actividad económica, o por el contrario, políticas restrictivas para amortiguar la actividad económica en situaciones de recalentamiento.

Al no poder utilizar a voluntad instrumentos de política monetaria para devaluar la moneda, los miembros de la zona euro se ven obligados a recurrir a la devaluación social para mejorar su competitividad. Tales restricciones sociales exacerban la desigualdad y reducen aún más la demanda interna de los Estados en cuestión ​​.Retrasan toda la recuperación económica y favorecen el creciente desempleo.

Por tanto, el euro tiene una parte de responsabilidad tanto en la debilidad de los remedios usados para luchar contra la crisis como en la aplicación de las políticas de austeridad.

¿Deberíamos, por lo tanto llegar a la conclusión que abandonar el euro produciría la recuperación de la senda del crecimiento y el empleo?

Desde la teoría económica está probado que la salida de un miembro del Euro supondría una temeridad con más efectos económicos negativos que positivos.

Sin embargo, si dejar el euro es un camino peligroso para un Estado miembro también lo es la permanencia sin afrontar los problemas de fondo.

Una moneda única implica la consecución de metas de integración fiscal,  presupuestaria y social que han quedado en mensajes vacíos de aplicación sine die y cuya falta de completitud ha sido crudamente puesta de manifiesto durante la crisis económica.

Urge pues acelerar las reformas estructurales para así fortalecer la homogeneidad entre los países que conforman la zona Euro y para reactivar el proceso de integración europea sobre las bases de la cooperación y la solidaridad con el fin de evitar tentaciones de salida de sus miembros y el colapso que eso produciría en Europa .

Demorar la aplicación de medidas de calado con un euro afectado de déficit de "Europa" y de falta de gobernanza económica colectiva solo favorecerá la repetición de episodios de inestabilidad económica y supondría aceptar las desigualdades que sostienen el fracaso en la creación de una "Europa de los Ciudadanos" frente al triunfo  de una “Europa de los Mercaderes".


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