Como la vida misma

Cyborg Bank

En la tarde del domingo, mi compañero Juan Manuel Vicente Casadevall me pasaba un artículo que apareció en El Economista y que despertó en mí un sentimiento ambivalente entre la ineludible inquietud que conlleva el propio futuro y la esperanza de estar ante una noticia  de corto recorrido para la muy tocada salud laboral de nuestro sector financiero.

El artículo parecía anunciar la paulatina pero imparable sustitución de los asesores financieros de carne y hueso por los denominados robots asesores y ponía como ejemplo que Charles Schwab, uno de los principales agentes de Estados Unidos, acababa de introducir para su extensa clientela, máquinas automáticas que ofrecen asesoramiento financiero y de gestión de cartera.

Tras la lectura del citado artículo se disiparon las dos inquietudes iniciales, pues de la misma, se deriva solamente la posibilidad, (no la certeza) que los asesores automáticos puedan gestionar carteras mejor que los humanos y que por puro ahorro de costes y supuesta eficiencia, es muy probable que los fondos que gestionen, crezcan en importancia y volumen en un futuro. Con el tiempo además, eso podría tener repercusiones en el mercado porque los robots tomarían decisiones de inversión sutilmente distintas  a los de sus colegas humanos.

Se avecinan, dicen, cuatro cambios posibles: los mercados serán menos volátiles porque los robots no son tan emocionales, se volverán más rigurosamente analíticos, habrá menos operaciones y también se globalizarán más.

El artículo advierte que los robots asesores no son nada divertidos. No invitarán a nadie a comer ni a jugar al golf o a tomar una copa después del trabajo, ni convertirán cada inversión en una montaña rusa pero un mercado dominado por ellos podría funcionar más eficientemente e incluso ofrecer más rendimientos. En condicional.

Nada a discutir sobre esos posibles escenarios futuros y sobre un desempeño que está por ver, supere claramente el guiado por meros mortales.

En todo caso, que el asesor financiero humano y una gestión de carteras rigurosa vayan a ser sustituidas por la labor de un cyborg de forma inminente se me antoja muy inverosímil.

Otra cosa es elaborar carteras de activos financieros en base a determinados criterios previos de perfil inversor, restricciones y objetivos económicos. Eso ya lo hacen programas informáticos y lo ofrecen diversas plataformas en España. Nada que objetar pues son formas de democratizar el asesoramiento financiero para clientes que no pueden permitirse un asesoramiento Taylor made integral.

Dar el salto a que un cyborg, un robot o un androide sustituyan a un asesor humano me parece un salto que deja en pañales al de Neil Armstrong cuando puso un pie en la Luna. El complicado negocio de evaluar las necesidades, deseos y metas financieras de las personas no creo que pueda ser sustituido perfectamente por las conclusiones de una serie de algoritmos por más bellos e  inteligentes que pretendan ser.

En una correcta gestión patrimonial la evaluación del conjunto de circunstancias personales, familiares, patrimoniales, fiscales, de sensibilidad personal, deseos y objetivos son tan peculiares y cambiantes que a día de hoy están muy lejos de lo que los robots pueden hacer. De hecho, los robots, que yo sepa, solo hacen lo que se les diga qué han de hacer. Aún no conozco ningún robot que por millones de cálculos por segundo que realice, haya compuesto algo que se acerque a producir el estremecimiento que nos brinda una Suite de Bach o una sinfonía de Mozart.

Gracias a Dios, la autonomía y a veces, por qué no, el genio de los asesores financieros independientes está también a años luz respecto de las máquinas programadas. De ahí que a pesar de los avances roboticoeconómicos son y serán muchos más los que preferirán debatir y consensuar cara a cara con su asesor de cabecera los límites, objetivos y detalles de su vida financiera personal o empresarial.

Por no hablar de dónde quedan componentes intangibles como la experiencia previa, la formación continuada, la pasión por el trabajo bien hecho, la mejora continua o la  pedagogía que tanto enriquece la relación entre asesores y clientes y que difícilmente se derivarán nunca de un pdf que te pueda entregar un cyborg asesor del Terminator o del Cyborg Bank de la esquina más cercana.

Puestos a imaginar, ¿se imaginan ustedes enfrentándose  a un cyborg comercial bancario que en base a sus perfectos algoritmos haya decidido que tal o cuál inversión ha de formar indefectiblemente parte de su cartera en base a un maquinal, insensible y frío análisis? Díganle que no y confíen en que el programador del robot asesor se haya acordado de adecuar algunos parámetros del cachivache a nivel pacífico. Parámetros sutiles y fundamentalmente humanos como la aceptación de negativas, el nivel de insistencia, la negociación o la tolerancia a la frustración. De lo contrario, pónganse a correr: “¡Corre Sarah Connor, te persigue el cyborg… asesor!


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