Como la vida misma

Cuentos chinos

En la Edad Media y antes de la llegada del Derecho Romano era costumbre, como método para dilucidar la inocencia o culpabilidad de un acusado, el celebrar una ordalía o Juicio de Dios. Una de las más comunes consistía en obligar al reo a agarrarse a un clavo ardiendo y de aguantar el tirón con la ayuda de la mediación divina, transformar su estado de culpable a inocente.

Pues para el caso de la economía china y para dilucidar si estamos frente al famoso dragón dormido que Napoleón juzgó mejor no despertar igual haría falta tirar de una ordalía.

Y es que los analistas no parecen ponerse de acuerdo al respecto y aparecen divididos entre fervorosos creyentes del milagro chino que defienden su solidez y su cuasi obligatorio papel como relevo de la economía más grande del planeta (la estadounidense, por supuesto) y por detractores que a golpe de cifra parecen desmontar el sueño de la República Popular.

Así que veamos algunas cifras. En dólares corrientes, que proporcionan una medida mejor del control de un país sobre los recursos globales, la economía americana es todavía dos veces mayor que la China. El gigante asiático sigue siendo un país mucho más pobre. Los ingresos per cápita en China apenas suponen una quinta parte de los de Estados Unidos, incluso ajustados por el poder de compra.

Históricamente no existen precedentes de liderazgo global de países que no hubiesen sido previamente ricos. Además del chirriar que comportaría situar al frente de la economía mundial a un país sin un sistema político democrático.

Hay que recordar que La República Popular China es uno de los pocos estados socialistas y autoritarios que quedan en el mundo. Con fuertes restricciones en muchas áreas y en especial respecto al libre acceso al internet, la libertad de prensa, la libertad de reunión, el derecho a tener hijos, la libre formación de organizaciones sociales y la libertad de culto.

Pero dejando de lado estos pequeños detalles, pongamos más datos económicos sobre la mesa. En junio de este año el ratio deuda/PIB chino alcanzó la inquietante cifra del 251%. Para que se hagan una idea, España bordea el 96%. La deuda total de China ha escalado más de dos veces y media el tamaño de su economía. Está claro que China se ha endeudado en exceso antes de enriquecerse.

Las autoridades chinas llevan años advirtiendo de que la ralentización del crecimiento (la previsión para este año está en torno al 7% frente a los crecimientos de doble dígito acostumbrados por esos lares) con una dependencia cada vez mayor de la deuda es insostenible.

El crecimiento de China ha caído del 14,2% de 2007 al 7,5% en el segundo semestre de este año. Los resultados de esta situación pueden verse en océanos de bloques de apartamentos vacíos y en una burbuja inmobiliaria que puede estallar en cualquier momento y para la que se han adoptado medidas preventivas de contención, aún de dudoso resultado.

Crecimientos absolutos del nivel de deuda en tan corto período de tiempo siempre han ido seguidos de una crisis financiera. En lugar de contener el crédito, el Gobierno ha permitido su aceleración con el objetivo de evitar que una ralentización del crecimiento, agravada por la caída del mercado inmobiliario, suponga un duro golpe para la economía.

En un entorno en el que cada vez se usan más créditos nuevos para pagar deudas anteriores, mantener la tasa de crecimiento resulta cada vez más complicado. El volumen de la deuda alcanza la colosal cifra de 17,89 billones, de los que el 43% tiene su origen en fuentes paralelas a la banca oficial. Y un 11% procede de entidades pertenecientes a la denominada banca en la sombra.

Para empeorar la situación China se ha visto afectada en sus exportaciones como consecuencia de la disminución del consumo de una posible burbuja inmobiliaria, para la que se han adoptado medidas preventivas de contención, aún de dudoso resultado.

La realidad es que los chinos están presionados por unos salarios bajos, un continuo aumento de los precios de los productos básicos y una espiral al alza del valor de la vivienda, que ha registrado un incremento medio del 20% en el último año.

La actividad industrial refleja una pérdida de competitividad. Padece los efectos combinados de un aumento de los costes laborales, las exigencias medioambientales para frenar los altos niveles de contaminación y la apreciación del yuan que lastra a su vez sus exportaciones.

No sé qué les parecerá a ustedes, pero yo desde luego, casi preferiría que si este es el panorama que presenta el posible relevista de la principal economía mundial las cosas se queden como están. Que el somnoliento o resacoso dragón chino vuelva a dormir placidamente hasta que haya descansado lo suficiente para despertar fresco y en plenitud de forma económica. Y porque no decirlo, democrática.


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