El Buscón

Don Juan Carlos sigue currando: almuerza con Alberto Alcocer

   

Alberto Alcocer y el rey Juan Carlos I
Alberto Alcocer y el rey Juan Carlos I GTRES/VP

El rey don Juan Carlos prosigue con su atareada vida, mayormente consistente con pasarse un par de veces a la semana por el nuevo despacho que le han habilitado en el Palacio Real -él dice que no le gusta un pimiento, que el sitio es frío y el lugar inhóspito, y en eso este Buscón le da la razón- y en obsequiarse con unos banquetes de no te menees en los mejores restaurante del país y alrededores. Su última aventura culinaria ha tenido por escenario el restaurante marisquería Kulixka, 'La casa de las angulas', en la calle Santa Engracia de Madrid, entre la glorieta de Iglesia y la plaza de Chamberí, puro casticismo, un local tirando a antiguo que consta de dos salones decorados con motivos taurinos y no particularmente confortable, pero donde se manducan las mejores angulas y cocochas de la capital del reino. A su debido precio, claro está.

Para la ocasión, el monarca dimisionario estaba acompañado por su inseparable Alberto Alcocer, de los Albertos de toda la vida, el hombre que más y mejor ha resistido con el paso de los años la condición de "valido" real, un Alcocer, eso sí, claramente metido en carnes y avejentado. La novedad, esta vez, ha sido la presencia en el ágape de Carlos Gutiérrez-Maturana-Larios Altuna, Carlitos, marqués de Paul y propietario de la Dehesa de los Llanos, en Albacete, una de los mayores latifundios existentes en nuestro país y lugar muy apreciado antaño, antes del incidente de Botswana, por el rey para darle caña a la escopeta y a la pobre perdiz autóctona.

En el almuerzo estuvo también presente una misteriosa mujer rubia, casi un clon de Corinna

Don Juan Carlos y las señoras rubias de lo Corinna

En el almuerzo en Kulixka estuvieron también otras dos personas: un personaje con apariencia rusa, que no ha podido ser identificado por este Buscón, y una misteriosa mujer rubia de mediana edad, casi un clon de la célebre Corinna, ese tipo de mujeres exuberantemente rubias tan del gusto del monarca español en los últimos tiempos. Tampoco ha podido ser identificada la rubia de tomo y lomo, al parecer pareja del ruso de marras.

A don Juan Carlos se le vio salir de Kulixka tan elegante y sonriente como había llegado, apoyado en su bastón y con las limitaciones físicas, evidentes, de todos conocidas. He ahí un hombre que ha decidido ponerse el mundo por montera y salga el sol por Antequera, dispuesto a acometer largos viajes al otro lado del Atlántico -en los últimos meses ha visitado California y la República Dominicana- y a no olvidar la vieja pasión por el rifle de mira telescópica. En compañía de su inseparable Alcocer, con quien comparte su devoción por las mujeres, la caza y el dinero, a mediados de agosto pasado viajó a Sudáfrica, país donde abatió un leopardo cuyo C.I.T.E. (código internacional necesario para su importación) fue puesto a nombre de su amigo Alberto. Dura vida la de don Juan Carlos


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