El Buscón

Cebrián aprovecha la muerte de Suárez para dedicarse un autoelogio en 'El País'

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Hay piezas periodísticas que quedan en el recuerdo. Y hay otras cuyos autores tienen intención de depositar para siempre en las memorias de los lectores, pero nunca lo consiguen. Hablamos hoy de una de las segundas. Este Buscón se quedó patidifuso este lunes al leer El País. En páginas interiores, Juan Luis Cebrián, primer director del diario, ahora presidente de Prisa y académico de la lengua para sonrojo de cualquier ser humano con ínfulas de escritor, narraba su relación con el fallecido Adolfo Suárez. Bueno, más bien, con su artículo aprovechaba la muerte del expresidente del Gobierno para escribir un tributo a sí mismo, como sumo sacerdote del periodismo patrio y guardián de las esencias de la libertad, la pluralidad y la verdad. Amén.

La pieza, titulada pomposamente, como siempre titulan quienes se sitúan por encima del bien y el mal, Un hombre de Estado frente a las bayonetas, parece un elogio a Suárez pero es, ante todo, un canto a la figura del propio periodista. Sus obras y milagros en la redacción de El País, antes "independiente de la mañana" y ahora "global en español", siempre visto por muchos como pilar indiscutible de la Santa Transición y hoy tan agonizante como el régimen surgido de aquélla. Qué lecciones de buena praxis periodística. Qué manejo del lenguaje en cada frase. Qué relevancia inusitada de las anécdotas. Soberbio artículo, sí señor, para no dejar de adorar al gran periodista ahora convertido en presidente inmisericorde con sus antiguos subordinados.

El periodista aprovecha para presentarse como víctima propiciatoria del régimen franquista 

Yo si fuera usted correría a leerlo. Pero, si prefiere, ya se lo cuento. Los dos primeros párrafos nos contextualizan a los personajes protagonistas, el político y el periodista. Y luego ya viene lo verdaderamente interesante, el meollo de la cuestión, la exclusiva ciclópea, el párrafo inolvidable en que Cebrián incurre en ese vicio periodístico tan chabacano, tan absurdo, tan corrupto, al fin y al cabo, que consiste en presumir de la amistad con tal o cual político importante. Así, dice: "Traté con frecuencia, al igual que tantos otros periodistas, a Adolfo Suárez. Mantuve con él una relación personalmente cordial, aunque no tanto como para que se decidiera a parar la actividad frecuente del fiscal general del Estado contra mi persona y contra EL PAÍS".

"Fui procesado y condenado"

Adoba el asunto con un poquito de victimismo, para presentarse como víctima propiciatoria del régimen franquista: "Fruto de la misma fui procesado cinco veces y condenado a un año de cárcel por las opiniones editoriales del periódico, sin que su Gobierno se decidiera a indultarme ante la oposición notoria del Tribunal Supremo de la época". Y, de postre, la gran revelación: "Desde la discrepancia política pudimos tejer una relación de amistad creciente y de confianza mutua. Fue fructífera para ambos y, como es lógico, se hizo más estrecha y distendida una vez que le descabalgaron del poder". (Una duda: ¿Es la "discrepancia" algún lugar que ustedes conozcan? Lo digo porque si se actúa "desde" ella debe serlo, ¿no?). O sea, el párrafo inolvidable se resume en una frase: "Queridos, que sepáis que yo era amigo de Suárez". Muy bien, ¿y?

Si sus bostezos o sus risas o su indignación lo permiten, vamos ya con las tres anécdotas igualmente imposibles de olvidar que Juan Luis refiere a continuación a la menguante masa lectora de El País. Para empezar, Janli habla de "la primera entrevista que le hice siendo ya presidente". Y ahora ese almíbar tan obsceno hablando sobre la importancia de uno mismo. "Me invitó a comer en La Moncloa a fin de dar el visto bueno al reportaje y, ya a los postres, me hizo con toda prudencia un ruego: que eliminara mi última pregunta sobre si estaba dispuesto o no a elaborar y aprobar una ley de divorcio". ¿Y qué hizo el periodista? "Después de muchas dudas y de consultarlo con mis colaboradores, accedí al ruego". Es decir, el presidente del Gobierno rogaba al director del rotativo de Prisa. Ahí queda eso. 

¡Un pago a ETA!

Y así, como el que no quiere la cosa, nuestro siempre admirado Cebrián narra a sus lectores cómo él y su entonces consejero delegado y creador del imperio prisaico, Jesús de Polanco, decidieron pagar a la banda criminal ETA tres millones de pesetas a cambio de una entrevista con Javier Rupérez, en aquel momento secuestrado por los terroristas. Todo ello, eso sí, después de informar al presidente del Gobierno de lo que iban a hacer. En La Moncloa se vieron los tres: el periodista, el empresario y el presidente. Fue una reunión de alto secreto: "Nos hizo entrar por la puerta trasera de La Moncloa y aseguró que no quedaría registro de la visita". Uy, qué interesante. 

Cebrián cuenta que el entonces jefe del Ejecutivo le mostró un dossier con "fotos, informes sobre mi vida privada y amorosa"

La tercera de las anécdotas tiene que ver con lo sucedido en aquella reunión. Según el presidente de Prisa, el entonces jefe del Ejecutivo le mostró en una ocasión "una carpeta llena de documentos" sobre él que incluía "fotos, informes sobre mi vida privada y amorosa, que demostrarían mis relaciones con el espionaje soviético, y cosas así". Olé, torero. Y, por lo que pueda venir, el bueno de Juan Luis dice que nunca ha tenido copia de aquellas pruebas falsas contra él y "no me extrañaría que cualquier día uno de esos calumniadores profesionales que circulan por la red las exhiba de nuevo contra mí". Ay, las conspiraciones perversas... 

Tras reconocer que retiró una respuesta de Suárez, que el diario pagó dinero a ETA y que existe un informe falso sobre su vida amorosa, Cebrián concluye que este tipo de cosas, tan higiénicas y edificantes, "ponen de relieve algunas de las dificultades mayores que hubimos de encarar durante la Transición y hasta qué punto periodistas y políticos trabajamos muchas veces de común acuerdo, desde sensibilidades y obligaciones diferentes, en la construcción de una democracia amenazada entonces, sobre todo, por el intervencionismo militar". Para acabar, este constructor de la democracia, según su propia definición, suelta un elogio a Carrillo y un rejonazo a Aznar, para no variar sus costumbres y vuelve, por fin, a escribir un poco sobre Suárez. 

Este Buscón travieso prefiere no entrar en valoraciones sobre la calidad estilística de esta pieza impagable y reveladora. Juzguen ustedes mismos, si les apetece, si Cebrián es digno de su sillón en la Real Academia Española. Martín Prieto suele recordar que Janli siempre escribía clítoris con 'x', pero esa no es la cuestión aquí. La gran duda, esa sí, es saber si el bueno de Juan Luis se refiere a Suárez o a sí mismo cuando habla de "hombre de Estado frente a las bayonetas". ¿Ustedes qué creen? 


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