El Buscón

La infanta Elena se deja ver en su lugar de trabajo con su exnovio Luis Astolfi

La pareja se dejó ver en la exposición de Pablo Picasso en la Fundación Mapfre de Madrid el pasado 11 de febrero. El jinete y la Infanta mantuvieron un noviazgo que duró tres años en el periodo comprendido entre 1986 y 1989.

Luis Astolfi en 2012
Luis Astolfi en 2012 gtres

La relación entre la  infanta Elena y Luis Astolfi se afianza. No solo se encuentran en diversos acontecimientos hípicos a lo largo de toda la geografía española. Según fuentes cercanas al mundo del caballo cada vez son más frecuentes los viajes que el jinete sevillano realiza a Madrid para reencontrarse con la que fuera su viejo amor de juventud. Y no se esconden. La pareja se dejó ver en la exposición de Pablo Picasso en la Fundación Mapfre de Madrid el pasado día 11 de febrero. Ella vestía un traje de chaqueta azul y se apoyaba en la muleta que usa de forma ocasional tras haber sufrido un accidente practicando la hípica. 

Él, solícito y desenvuelto mostraba una complicidad y una cercanía que parecía ir más allá de la relación que une a dos colegas deportivos con un pasado amoroso en común. El hecho de que Doña Elena se haya llevado a su amigo al lugar donde trabaja como Directora de Proyectos Sociales y Culturales denota que bien podrían dar el paso de vivir con mayor naturalidad su amistad. Sin embargo, algunos observadores privilegiados, sostienen que ella está profundamente enamorada de él, y él, en cierto modo, se deja querer. A la Infanta no le importaría rehacer su vida junto a él, y sabe que una segunda edición de su historia de amor no sería vista con malos ojos por la opinión pública.

El jinete y la Infanta mantuvieron un noviazgo que duró tres años en el periodo comprendido entre 1986 y 1989. Luis, un Pérez de Guzmán, descendiente del legendario Guzmán el Bueno, era visto como un candidato adecuado por la madre de Doña Elena, la Reina Sofía. La madre de la Infanta intuía que junto a aquel joven de modales impecables, divertido y desinteresado, su hija podría aspirar a la felicidad.

Nuestra soberana puso toda la carne en el asador para facilitar un noviazgo que no pasó desapercibido ante la opinión pública y que no fue jamás negado ni confirmado por el jinete. Así, la Reina se preocupaba personalmente de alquilar películas para que la pareja pudiera verlas en el Palacio de la Zarzuela, donde organizaba meriendas para los dos jóvenes. Allí Luis Astolfi era siempre recibido por su 'suegra' con los brazos abiertos. Discreto, guapo, bien plantado, muy masculino y con enorme éxito entre las mujeres, Luis sonreía o reía apurado cuando se le preguntaba por la infanta, y tenía la habilidad para callar sin otorgar en las escasas entrevistas que concedía, presionado por la conocida firma de vino fino que lo patrocinaba.

El hecho que “estuviera pelado y no tuviera un duro”, como decían por aquel entonces algunos envidiosos relacionados con el mundo de la jet set y la hípica aspirantes a casar a sus hijas con el príncipe, no parecía preocupar en Zarzuela.

Fue él quien se distanció de la infanta, en parte por miedo al compromiso, y asustado también ante lo que se le venía encima. Pudo haberle usurpado el honor a Iñaki Urdangarin de haber sido el primer deportista olímpico que emparentaba con Casa Real, pero eligió una libertad que le duró poco. No fue fácil tampoco para él tomar la decisión de contraer matrimonio con Isabel Flórez, con quien que se casó en 1992 . Ella estaba embarazada de su primer hijo, Luis, y la familia de ella tuvo que ponerse seria ante la indecisión del jinete, todo un 'novio a la fuga', que sin embargo, se comportó como un marido excelente y un buen padre durante dos décadas. Hace algo más de dos años se divorció de Isabel.

Luis  Astolfi, tal vez el mejor entrenador de España, el hombre que en su momento no quiso ser el Mark Phillips español, puede si quiere, a sus 53 años, desandar el camino andado y volver a empezar junto a la duquesa de Lugo, una mujer con la que comparte unos fortísimos lazos de amistad. Treinta años no es nada cuando se conserva el espíritu joven, y tanto él como ella, a decir de los que los conocen, siguen teniendo cierto síndrome de Peter Pan en la mejor acepción del término.


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