El Buscón

¿Tiene futuro un país que abuchea a su himno y a su Jefe del Estado?

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El Rey Juan Carlos conversa con el lehendakari, Iñigo Urkullu (d), a su llegada a la final de la Copa del Rey de baloncesto.
El Rey Juan Carlos conversa con el lehendakari, Iñigo Urkullu (d), a su llegada a la final de la Copa del Rey de baloncesto. EFE

Es la pregunta que anoche se harían muchos españoles de buena voluntad, monárquicos y/o republicanos, tras asistir en directo o por televisión al penoso espectáculo de la pitada, ciertamente atronadora, que saludó la presencia del Rey Juan Carlos en el Buesa Arena de Vitoria, para presidir la final del torneo de baloncesto que lleva su nombre.

Cierto que no es la primera vez que en un evento deportivo es abucheado el himno nacional. Seguramente ningún país del mundo, ninguna democracia avanzada, toleraría semejante espectáculo que se sitúa mucho más allá de la buena o mala educación, para entrar en terrenos que tienen más que ver con el respeto a sus símbolos y, sobre todo, con su identidad y su futuro como país. Todo se consiente en España, porque todo se ha consentido durante demasiado tiempo, y ya parece tarde para intentar frenar este incendio, extendido por los cuatro puntos cardinales del país.   

Silbidos y gritos de “¡Fuera, fuera!” recibieron al Rey. La impresionante tromba de agua que caía fuera del pabellón se trasladó al recinto en forma de sonora pitada por parte de las aficiones, con mayoría del equipo catalán, antes de que diera comienzo el partido entre el Barcelona Regal y el Valencia Basket. También hubo aplausos, principalmente de las aficiones canaria y valenciana.

Los silbidos continuaron después, cuando sonaron los primeros acordes del himno nacional mientras los jugadores de ambos conjuntos esperaban en la pista el inicio del encuentro. La organización optó por reproducir la versión más corta del himno, de apenas 27 segundos, con una potente megafonía que fue incapaz, sin embargo, de silenciar las protestas. Durante el tiempo que duró la Marcha Real, en la grada pudieron verse varias pancartas en favor del acercamiento de presos de ETA al País Vasco. El ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, también ha sido saludado con gritos de "Fuera, fuera" al descanso.

El primer ‘encontronazo’ del Monarca con los pitos en el baloncesto se produjo hace tres años en el BEK de Bilbao, antes de la final entre el Barcelona y el Real Madrid. La pitada, igualmente atronadora, se repitió, con otro balón, el pasado mes de junio en el Vicente Calderón, en el final de Copa de fútbol entre el Barça y el Athletic de Bilbao. Entonces también hubo insultos a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que durante la semana previa había abogado por celebrar el partido “a puerta cerrada” si la pitada se producía.

Es obvio que no es el momento de rasgarse las vestiduras por una pitada más o menos sonora a la luz de los problemas, muchos y a cual más grave, que ahora mismo acosan a España, pero es también evidente que ese rechazo a los símbolos debería provocar alguna que otra reflexión por parte de nuestra clase política y de los millones de españoles preocupados por el futuro de España. Algo habrá que hacer, con todas las de la Ley, si queremos recuperar el orgullo de ser y sentirnos españoles.

La reflexión es más que obligada en el caso de la Casa Real. El Rey, cuyo prestigio está desde hace tiempo bajo mínimos por causas de sobra conocidas, ya no está para partidos de baloncesto, y tal vez sí para ese gran partido de homenaje con motivo de su jubilación. El problema es que Juan Carlos I ya no une, sino que desune. Alguien debería tomar nota y obrar en consecuencia.


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