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Los europeos estamos atrapados en el mito de la seguridad, ese El Dorado al que todos los caminos de la perdición conducen. Ya escribía Stefan Zweig a este respecto, en referencia a la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX, que “dicho sentimiento de seguridad era la posesión más deseable de millones de personas, el ideal común de vida. Sólo con esta seguridad valía la pena vivir y círculos cada vez más amplios codiciaban su parte de este bien precioso”. Fue este anhelo vehemente de un mundo de seguridad llave en mano, que la ideología nos hizo creer posible de manera falaz, lo que nos condujo al relativismo y a las dos peores guerras de la Historia. Y, ahora, si no ponemos remedio, nos impedirá salir de una crisis para la que no existen precedentes equiparables.
La idea de que el Estado puede proporcionarnos una vida segura y sin demasiados padecimientos, creencia que en su día dio lugar a un rompecabezas de derechos con el que los corruptos han alcanzado el paraíso en la tierra, se ha demostrado una quimera. Sin embargo, ahora que los Estados de bienestar europeos agonizan, resurge esta idea, ante todo populista, dispuesta a galopar a lomos de la indignación y el miedo. No es necesario ser un erudito historiador para prever que este estertor ideológico tendrá un recorrido muy corto, pero puede ser suficiente para dar un último paso y precipitarnos al vacío. Pese a ello, el pavor a vernos abocados a una recesión prolongada que nos puede llevar a alcanzar los seis millones de parados, está dando alas a una nueva ofensiva “progresista” –término este que es una contradicción en sí misma, pues sus recetas son más que conservadoras– cuyo punto de apoyo es la defensa numantina de eso que llaman “lo público”. Una estrategia que pasa por obviar la temeraria negligencia del anterior gobierno y que aspira a relanzar, en el peor momento posible, la ideología más incombustible, inútil y destructiva que el mundo haya conocido.
La coartada de “lo público” como defensa de “lo mío”
Pese a que no hay otro camino que sanear las cuentas si queremos que las posibilidades de un crecimiento futuro no se esfumen con el pago de los intereses de la Deuda, numerosos políticos, sindicalistas, economistas y ciudadanos, casi todos ellos de izquierdas, abogan por desertar en masa de la política de austeridad y volver a la de estímulos, que es aquella que se realiza por la vía del gasto público. De esos otros incentivos que no cuestan dinero, como la liberación del mercado de bienes, no hablan, por supuesto.
Con la Hacienda Pública exangüe, esta estrategia pasa por socializar nuestra deuda extendiéndola a terceros y titulándola en eurobonos; es decir, poner de avalistas a nuestros socios europeos –lo que hará que su calificación crediticia se desplome– y poder superar de esta forma los límites de insolvencia que los inversores consideran de no retorno. Una jugada maestra que dejará a Europa sin ninguna locomotora que tire de tanto vagón cafetería.
La coartada de esta nueva ofensiva es la defensa de “lo público”. Porque, como si fuera un vicio heredado de nuestro amor por el ladrillo, el Estado de bienestar tiene que ser por fuerza una súper estructura construida a base de cemento y granito, que se pueda ver y tocar, poblada por funcionarios y políticos, a la que desviar ingentes cantidades de dinero. Lo que de siempre ha equivalido a dar de beber a los ciudadanos sirviéndoles el agua en un colador. Esta idea equivocada de cómo ha de ser el Estado de bienestar ha degenerado en “lo público”, un sistema ineficiente en el que muchos buscan el acomodo perfecto para sortear las incertidumbres de la vida (el mito de La seguridad). Ya no se trata de servir al ciudadano sino de que unos cuantos elegidos, y no precisamente pocos, puedan servirse a sí mismos. De ahí que cuando se defiende “lo público”, la mayoría lo haga pensando en su plato de garbanzos y muy pocos, o casi ninguno, en el bienestar y derechos de todos los ciudadanos.
Por poner un ejemplo cualquiera, para asegurar la igualdad de oportunidades mediante la subvención de la educación no son necesarios infinidad de colegios, institutos y universidades públicas, con un ejército de ciudadanos en nómina, sino que basta con que el Estado proporcione el dinero directamente a las familias (cheque escolar) y que sean éstas quienes, a salvo de la ingeniería social y el proselitismo, den la mejor educación posible a sus hijos. Este derecho no sólo estaría igualmente garantizado, que es de lo que se trata, sino que, además, la oferta sería más competitiva y de mayor calidad puesto que el consumidor, y no la arbitrariedad burocrática al albur de la política, generaría los incentivos correctos. Lo cual nada tiene que ver con la mano invisible del mercado, aquella metáfora acuñada por Adam Smith, sino con la elección bien visible, previsible y coherente de los interesados.
También cabe cuestionarse ese otro mantra que es la investigación con dinero público. El verdadero problema en España no es investigar más o menos, sino que exista una estructura empresarial suficiente que rentabilice y dé sentido y utilidad a los avances que se obtengan con el dinero de nuestros impuestos. Y como el tejido industrial que tenemos es casi inexistente, cabe preguntarse si el dinero destinado a investigación no estará sirviendo para pagar las nóminas y los legítimos sueños de unos investigadores para los que en España no hay sitio. Lo cual sin duda es muy triste. Pero algún día habrá que afrontar la realidad si lo que se pretende es cambiarla.
No se engañen. Las soluciones saturadas de ideología no servirán de nada. La realidad es implacable. Ahí fuera hay centenares de millones de tipos que trabajan como chinos, aunque muchos sean mejicanos, indios o brasileños y no sólo orientales. Todos ajenos al mito de la seguridad y muy ligeros de equipaje. Y están copando el mercado. Nada ni nadie puede frenar la vertiginosa transformación del mundo en la que estamos incursos. Si queremos tener futuro, hemos de sufrir, darnos un baño de realidad, cambiar nuestra mentalidad y desechar para siempre las estafas ideológicas.
Soy de la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista (aunque a veces no lo parezca), porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. A los 27 años, en un tiempo en el que los bancos se negaban a descontar incluso los pagarés de las mayores y más solventes compañías, puse en marcha mi primera empresa. Y aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día (Ciencias Políticas), siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos tan distintos como lo son la noche y día: el mundo de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que, en definitiva, condiciona y mucho nuestras vidas. El título de mi blog, “Game Over”, no hace referencia a ningún cambio brusco o cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. La partida anterior ha terminado y hemos empezado un nuevo juego. Seamos pues razonablemente optimistas y vigilemos muy de cerca a quienes pueden aguarnos la fiesta.
Comentarios más votados#11 Doblecero
Dejen de darle vueltas al asunto.Estamos quebrados y sanseacabó, nuestra deuda...
#8 Moriarty
Estimado Don Javier. Una excelente prosa que no puedo evitar admirar aunque, no...
#3 Javier
@cefelener #2 No se enfade usted. Mire, Zapatero no es el problema. Como...

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