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La imagen que acompañó a Don Juan Carlos en su discurso de Noche Buena, en la que aparecía él mismo flaqueado a ambos lados por sus dos más serviciales caballeros, no fue una foto cualquiera. Es obvio que esa alegoría en forma de retrato fotográfico expresaba el apoyo incondicional a la Corona de los dos partidos mayoritarios. Pero tiene además otro mensaje emboscado: el imperativo mandato a los mensajeros de los medios leales, sostenidos por uno y otro partido, de que, en momentos tan delicados, han de tratar a la primera institución del Estado con exquisito cuidado. No en vano Su Majestad es la piedra angular de un modelo político – y por ende económico – que lleva dando pan y cobijo a los buenos vasallos desde hace la friolera de 36 años. Y ese y no otro es el verdadero sentido de esa extraña foto de familia sin familia, en la que el Rey y sus dos meritorios caballeros aparecen juntos, hombro con hombro. No hay hijas, hijos o nietos, sólo los padres de la patria, en cuyas manos recae un poder casi absoluto.
“Quanta similitud tenga el gobierno con el cuerpo humano, el qual también adolece por excessos o causas naturales: y lo mismo sucede a la República, la cual va en declinación o por mal gobierno de los que la tienen a su cargo, o por causas naturales que proceden del mismo tiempo”. decíaJerónimo de Ceballos.En el caso de España, nuestro cuerpo político, pese a adoptar algunas características formales de la democracia, ha permanecido cerrado a cal y canto. En consecuencia, ha ido declinando hasta verse sumido en una decadencia severa. Y, ahora, quien ejerce de médico – la clase política – no puede curarlo, pues antes deberían cumplir con aquello de “médico, cúrate a ti mismo” o, en su defecto, hacer la reformas necesarias para dejar el paso expedito a un nuevo tiempo político.
Soy de la generación que creció con el estigma del 22% de desempleo crónico; de aquellos que nos vimos obligados por las circunstancias a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Por lo tanto, esta crisis no me asusta o no me asusta demasiado. De hecho, soy optimista (aunque a veces no lo parezca), porque la vida me ha enseñado que nada es por completo imposible. A los 27 años, en un tiempo en el que los bancos se negaban a descontar incluso los pagarés de las mayores y más solventes compañías, puse en marcha mi primera empresa. Y aunque mi profesión actual poco tiene que ver con aquello que estudié en su día (Ciencias Políticas), siempre he tenido la vocación muy viva, lo cual ha hecho que, en la práctica, esté en contacto con dos mundos tan distintos como lo son la noche y día: el mundo de los profesionales liberales y el de la política y los intereses creados. Pertenezco al primero, por principios y, sobre todo, por amor a la libertad (soy liberal de los pies a la cabeza). Pero vigilo muy de cerca al segundo, porque, nos guste o no, es el que, en definitiva, condiciona y mucho nuestras vidas. El título de mi blog, “Game Over”, no hace referencia a ningún cambio brusco o cataclismo, sino al hecho de que estamos incursos en una transformación que será trascendente. La partida anterior ha terminado y hemos empezado un nuevo juego. Seamos pues razonablemente optimistas y vigilemos muy de cerca a quienes pueden aguarnos la fiesta.

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