Blogomaquia

La riqueza escondida de los pobres… de los pobres políticos (I)

Antes de que Aristóteles lo hiciera, Heródoto (484-425 a.C.) ya había clasificado los tipos de gobierno y distinguido entre monarquía, aristocracia y democracia. Por pura inercia, los politólogos se centraron en analizar las diferencias que rodean a los regímenes políticos, en lugar de averiguar las comunes y fortísimas tendencias aristocratizantes que caracterizan a cualquier organización del Estado, sea cual sea su régimen político. Esto no fue lo que le ocurrió al republicano y sutilísimo Maquiavelo (1469-1527) quien, discrepando de sus predecesores y contemporáneos, se preguntó por los mecanismos que permiten conservar el poder. Y con una perspectiva muy actual Maquiavelo observó en sus Discursos (lib. I. cap. XVI) que no importa cómo esté ordenada cualquier ciudad -léase Estado-. Importa que “en los niveles de mando no hay más de cuarenta o cincuenta personas”.

Recordar que la política es el instrumento elitista de que disponen algunos hombres y mujeres para lograr mantenerse en el poder resulta un detalle importante, habida cuenta de que el control del Estado siempre recae sobre un puñado de personas. Con lo cual, la pregunta obligada es: si tan solo un pequeño grupo de individuos tiene y retiene el poder de la nación a través de la gestión y administración del Estado, ¿los intereses de las élites gobernantes coinciden con los intereses de las personas que representan? Y, en caso de responder de manera negativa a esta cuestión, ¿cómo proteger la economía de los habitantes de un país, de la voracidad insaciable de los poderosos que dicen actuar por nuestro bien?

Corrupción, muy humana

El uso del poder no está exento de odiosas corrupciones. Hesíodo (c. s. VIII a. C), por ejemplo, nunca habló en términos positivos de los dirigentes en su obra los Trabajos y días. Con ojo desconfiado y censor acusó a los gobernantes de ser “devoradores de regalos” (dωrofagoi), de buscar el beneficio personal, de trapichear con la justicia “e interpretar las normas con veredictos torcidos” (221-223). Homero (c. s. IX  o s. VIII a. C), mucho más cauto y conservador, rara vez se le ve lanzar críticas a los que ostentan “jefaturas”. Sin embargo, en la Ilíada (II 221-242), culpa, en boca de Tersites, al mismo rey Agamenón de enriquecerse obscenamente, o sea, sin pudor y a costa de las penalidades de su ejército.

Saco a flote estos dos viejísimos retratos históricos por el hecho de que abusos los ha habido en el pasado, igual que existen en el presente y los habrá en el futuro. Así que no nos rasguemos las vestiduras: viendo la extensión del horizonte, los escándalos que saltan a la palestra de China a Argentina, de Suiza a Irán, de EEUU a Grecia, etc., indican que la falta de transparencia democrática y la opacidad financiera son dos caras de la moneda y, por ende, caldo de cultivo del origen de la riqueza escondida de quienes trafican con influencias y acrecientan sus fortunas de modo indebido.

¿Y en España? Conocemos los niveles de antidemocracia de este país por su índice de corrupción, índice que deriva de los ilusorios e inexistentes sistemas de control del poder que toleran que los gobernantes acampen al margen de la ley hasta confundir lo privado con lo público y habitar en medio del vacío legal, lleno de ambrosías y ventajas “aristocráticas”. A lo cual hay que añadir que, aunque en política se intenten plasmar una serie de fines generales, dichos fines no quedan a menudo libres de la manipulación corrupta de quien en su mano está consumarlos.

Llegado a este punto, todos inquirimos si para este panorama desolador hay algún remedio. Como veremos en el próximo artículo, las cartas pintan mal, pues en países como este, con escasa tradición democrática, es harto difícil que los que tienen en su mano los recursos para impedir todo tipo de ilegalidades quieran realizar el trabajo sucio de limpiar alcantarillas, desarmar oligarquías e inhabilitar sine die a sus compañeros de viaje. Y, repito, es harto difícil por cuanto quienes deben luchar por la higiene democrática de las instituciones del Estado son irónicamente los mismos que o bien cometen tales abusos o bien consienten la ejecución de injusticias ajenas desde la irresponsabilidad de la pasividad, del compadreo y… del silencio.

Ante lo cual, y rememorando las palabras de Abraham Lincoln, “se puede engañar a todos algún tiempo, a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo durante todo el tiempo”, y más cuando al inmovilismo político se unen prácticas oscurantistas que no solo conducen a los consabidos trapicheos, sino a enriquecimientos ilícitos que, al fin y a la postre, son auténticas expropiaciones del patrimonio de la ciudadanía.


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