Blogomaquia

“La riqueza escondida de los pobres…, de los pobres políticos” (II)

En la semana anterior subrayamos la necesidad de buscar una solución que pusiera coto a la inmoderación de esas élites que dicen actuar por nuestro bien. Desde luego, lejos de falsas equivalencias, conviene insistir en que no todos los Estados son idénticos: Dinamarca, Finlandia o Nueva Zelanda, p. e.,  se caracterizan por reservar y mantener el bienestar social en sus cotas más altas, cosa que consiguen al controlar de modo escrupuloso cualquier señal de corrupción ciudadana. También dentro de su clase política. La ecuación, entonces, es cartesianamente clara y distinta: cuanto mayor es el nivel de despilfarro, cuanto mayores son los abusos en que incurren los gobernantes, mayor es la tasa de pobreza que han de soportar los habitantes de un país.

Tipos de Estado

Debido al declive del cesarismo papal y a la caída del Estado-Iglesia, en las incipientes naciones de Occidente se instaló una organización de Estado que dependió de la herencia biológica de un monarca. Guillotinados, a raíz de la explosión de la Revolución francesa, los derechos de sangre del Estado-Familia, parecía que los resortes del poder iban a adquirir flexibilidad. Y una mayor apertura. Craso error, por cuanto que con el desarrollo del movimiento revolucionario se pasó del linaje nobiliario a la alcurnia del dinero. Y en el reemplazo de unas élites por otras apareció una nueva nobleza, la censitaria. El propio agitador Jean-Paul Marat en su periódico El amigo del pueblo denunció cómo se habían sustituido “las distinciones del nacimiento por las del dinero, la influencia de las dignidades por las del oro”.1

Junto a estos hechos, y dentro del imaginario político, la extensión del sufragio universal, a lo largo de los siglos XIX y XX, alimentaría la creencia optimista de que cualquier individuo por la cualidad de ser elector era en potencia elegible. De nuevo, craso error, pues en el utópico Estado-Individuo del liberalismo las castas (que existen y funcionan como lobbies) se apoyan sobre los potentes engranajes  de los partidos políticos con el fin de negar xenófobamente la entrada de cualquier “intruso” a las instituciones públicas, amén de que en el cacareado Estado democrático de corte liberal –también sucede otro tanto en el Estado colectivista, o Estado-Partido, de China, Cuba, etc.- la clase política se  protege fieramente a sí misma y, como grupo hermético y cerrado, teje y levanta a su alrededor una alambrada de obstáculos que imposibilita cualquier signo de cambio, innovación o verdadera participación democrática.

La política española

Golpeándonos en las narices los casos continuos de corrupción y desde hace 30 años, el desánimo y el pesimismo se han incrustado en la piel de la ciudadanía que, atónita y sin recursos reales a su alcance, observa en todos los órdenes de las instituciones del Estado la existencia  de pícaros de alto copete, los cuales, en medio de la mayor de las impunidades, no son perseguidos ni, menos aún, condenados por tribunales de justicia. Tal anomalía convierte en esperpento el principio de que la ley es igual para todos.  Y, lo que es peor, tamaña irregularidad explica por qué nuestros representantes políticos tienden a comportarse como si estuviesen dentro de un Estado cortesano, asociando el control de la administración oficial al disfrute de privilegios personales, indultos incluidos. Pero asimismo explicaría por qué procuran romper el criterio antidespótico de la parcelación del poder y proceden a desarrollar redes clientelares expansivas hasta asignar parasitariamente cargos y presupuestos del Estado a empresas afines, a amigos, favoritos y… familiares, y, por supuesto, sumergir su trabajo político en los círculos planificados de la opacidad.

¿Cómo democratizar las instituciones del Estado?

Estando el Estado ocupado y sujetado por grupos territoriales que  se afanan en agrandar el dominio de su poder, no extraña que arraigue con fuerza la dictadura de la corrupción, como la denomina con buen tino Jesús Cacho. Y digo más. En la cansina y repetitiva escenografía del poder a la que estamos acostumbrados, no sirve de nada que nuestros partidos empleen el guión de que sus jefes son héroes  frente a los villanos que integran otras coaliciones políticas, ya que, fuera de esta oratoria ficticia y vacía, todos los gobernantes, salvo contadísimas excepciones, actúan por igual y de manera idéntica, es decir, como clase impenetrable que niega la entrada a los individuos y, de facto, imposibilita la renovación democrática dentro y fuera de esas maquinarias de poder y corrupción que son los partidos políticos.

Así que, con estas y otras técnicas del poder, y lejos del ideal kelseniano de Estado como espacio normativo basado en la justicia objetiva, parece que caminamos de la mano de Jean Bodin (1530-1596). Y guiados por ese concepto arcaico suyo de que el Estado es el conjunto de familias.  Dicho en román paladino: en estaaristocracia democráticaque aquí padecemos, es lógico que nuestros líderes manifiesten peligrosas propensiones a la ubicuidad, a la indistinción de poderes. Y no solo eso. Por estar al frente de las instituciones de la Nación y haber ascendido a las cumbres más altas de la jerarquía social, es lógico igualmente que la clase dirigente se sienta embriagada ante el vértigo de la omnipotencia y exhiba desde las alturas del Olimpo, y sin recato,  un sentido patrimonialista y privilegiado del poder, igual que ocurría en las viejas y antiguas aristocracias. Pero, claro, “un pueblo en donde por todas partes ha penetrado la corrupción, decía Maquiavelo, no puede vivir libre.”2Ni nunca lejos de la pobreza, puntualizo. 

1 La denuncia de Jean-Paul Marat puede leerse en L’ami du peuple, nº 531, 16-VIII-1791.

2 Niccolò Machiavelli (1531), Discursi sopra la prima Deca di Tito Livio, lib. I., cap. XVI.


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