Blogomaquia

Les priva lo público

En esta España nuestra en la que a ciertos ciudadanos les cuesta mucho trabajo distinguir lo propio respecto de lo ajeno, y al revés, suceden cosas relacionadas con el nepotismo o la <<desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos>>, como define la Real Academia Española el término “nepotismo”. Pues bien, conocido el alcance de este tipo de prácticas, sabemos que el Sr. Chaves en calidad de Presidente de la autonomía andaluza facilitó ayudas financieras a la empresa en la que trabajaba “su niña”. Por otro lado, sin separar los intereses privados de aquellos que pertenecen a la esfera pública, resulta que el Sr. Oliart permitió, desde el sillón presidencial de RTVE, contratar a la sociedad en la que trabajaba “su niño”. Ya se sabe que los padres hacen todo lo que está en su mano por la felicidad y el bienestar de sus retoños. Por supuesto, conviene no olvidar el escándalo que rodeó al actual Presidente de la autonomía catalana, Sr. Artur Mas, cuando éste se enteró de que el grupo bancario de la casa real  del principado de Lichtenstein, LGT, disponía de más de dos millones de euros a nombre de “su papá”, total na, una calderilla, una minucia de patrimonio, evadido a un paraíso fiscal.

Desde luego, en este país de disimulados, gente a la sombra y Lazarillos de Tormes, no sorprenden  los Urdangarín de turno que saben convertirse  en arquitectos de éxito tras edificar sus “affaires” a partir de las arcas de las instituciones públicas. Lo que sorprende es que estas actuaciones, propias del Antiguo Régimen, persistan aún en el paisaje político actual, aparte de que se resistan, y de qué modo, a desaparecer. Hechos semejantes a éstos recuerdan sin duda alguna, aunque salvando las distancias, el gran terremoto social que causó la publicación en enero de 1781 de la Cuenta dada al rey. La edición de esta obra –ahí radicaba una de las claves del escándalo- corría a cargo del propio Ministro de Finanzas de Francia Jacques Necker. Pero es que además, en dicho documento, Necker desvelaba a qué bolsillos particulares iban destinadas las partidas de los presupuestos del Estado.

Como aquí todavía nadie ha descorrido el velo a la manera de Necker, me viene a la cabeza Goethe, en especial un fragmento de Fausto en el que éste le pregunta a Mefistófeles: <<¿quién eres?>>. Yo con mayor motivo, y a la vista de tanto listo suelto por ahí, pregunto: ¿quiénes son esos que confunden sus negocios familiares con el cargo público y de interés general que temporalmente ocupan? Eric Voegelin tenía una fórmula para denominar a los nuevos señoritos que integran las élites presentes: “chusma malvada”. Desconozco si el juicio moral de Voegelin se queda corto o es ajustado. No obstante, en estos 35 años de democracia en España, desde el caso “Juan Guerra”, hermanísimo del entonces Vicepresidente Alfonso Guerra, hasta el entramado “Gürtel” pasando por el asuntito de los trajes del ex Presidente de la autonomía valenciana Francisco Camps, no se cuenta con los dedos de la mano el número de políticos, directivos y altos cargos del Estado que hayan sido juzgados y condenados a penas de cárcel, pese a los numerosísimos casos de corrupción que les han estallado en su cara a lo largo de estos siete lustros.

La descomposición de la dimensión pública del Estado, central y autonómico, entraña modelos de conducta poco edificantes, amén de empobrecimiento social, pérdida de riqueza en el PIB, tráfico de influencias, altos  niveles de corrupción y... mucha opacidad democrática. Llegado a este punto, ¿hay espacio para escapar de los daños que ocasionan los individuos que no distinguen lo propio de lo ajeno? Decía el filósofo de origen portugués Baruch Spinoza en su Tractatus Theologico-Politicus (1670) que <<los que administran el Estado o los que tienen el poder, sean cualesquiera sus hechos, se ocultan siempre tras la justicia o intentan persuadir al pueblo de que han obrado en todo honradamente, lo cual fácilmente se consigue cuando solo de ellos depende la interpretación del derecho>>.

A este análisis acertado de Spinoza sólo cabe añadir una postilla: si la ley, según dicta nuestra Carta Magna, es idéntica para todas las personas y nadie está por encima ni eximido de su cumplimiento, ¿por qué razón entonces los miembros de nuestra clase política viven en el búnker de la excepcionalidad jurídica y precisan gozar de fueros y  cortijos legales que les otorgan prerrogativas frente al común de los ciudadanos? Empeñarse en estos tiempos que corren en sustentar para los políticos tales ventajas es algo absolutamente anacrónico como antigualla es alimentar sine die a los miembros de una familia que basa su auctoritas en el hecho fortuito de hundir sus genes en las ramas linajudas de una monarquía.  


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