Blogomaquia

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

La princesita anda afligida, pálida, en su desconsuelo, como la nieve. El origen de sus padecimientos viene de muy atrás cuando en un día ya lejano, al salir de las habitaciones de palacio, los ogros del bosque –que todavía existen por si Vd. no lo sabe- se le acercaron para parlamentar. Y con halagos, rendibúes y muchas promesas lograron adueñarse del espíritu, cándido, de la niñita… o infanta, que al fin y al cabo es lo mismo.

La princesita que, a la sazón, era hija de un rey, glorioso en tiempos arcanos, cayó de bruces en la fullería de fiarse de un apuesto chicarrón del norte quien, según señalan las crónicas del lugar, a  lo tonto somardón, vamos, entre cojo y rebaño, acopio para mí y me lo guardo, se hizo con una fortuna abrumadora tras estampar, eso sí, la rúbrica real de su amada sobre, ay, oscuros legajos y operaciones aviesas.

Una vez que las gentes descubrieron los festines y continuos gaudeamus de la princesa y de su Robin el aventurero, a ella le fue cambiando la tez de su alma. Aquellos que marchan cerca de la pequeña Cristina ven, eso comentan, cómo su persona se consume día a día, enrocada en la casilla del silencio y de la vergüenza. A la infantita, a punto de cruzar el rubicón de los 50 años, le hicieron la mamola, le engañaron con arrumacos fingidos y la trataron como una boba, gritan sus más próximos. Y debe haber algo de verdad en lo que respecta a  los negocios de su marido, pues a tó de qué viene que la propia princesita proclame y proclame a los cuatro vientos: “yo no sé nada”, “no sé nada”.

Las reglas del Estado de derecho nos honran con la responsabilidad, también penal. Y siendo dueñas de nuestros actos, lo somos asimismo de nuestras decisiones, incluso de las erradas

Y aparecieron las Lisístrata

¡Qué desastre pueden crear las malas elecciones y, sobre todo, la falta de inteligencia! Pero retomemos el hilo de la historia. Los rumores volaban y sobrevolaron todos los puntos cardinales del Reyno. Y, ante la penuria que soportaban las carnes de por sí enflaquecidas de los súbditos, unas mujeres nada linajudas se reunieron hace una semana en la plaza del pueblo. Y preguntaron, doy fe de ello porque estaba allí, ¿por qué usar mentiras y fraudes?, es decir, ¿por qué invocar como motivo legal un falso desconocimiento para excusar y anular la gravedad de los delitos? Y, peor, ¿por qué permitir el argumentario de que la descendiente de una antigua monarquía se pueda salvar del pus de la corrupción gracias al escudo del fuera de la ley de la irresponsabilidad? “¡¡¡Flaco favor nos hace a las mujeres esta niñita!!!”, protestaron las Lisístrata.

Empero si un kilo de paja pesa lo mismo que un kilo de oro fundido, el delito resulta siempre idéntico, lo cometa una dama de la alta alcurnia o una mujer de la calle. Las reglas del Estado de derecho nos honran con la responsabilidad, también penal. Y siendo dueñas de nuestros actos, lo somos asimismo de nuestras decisiones, incluso de las erradas. ¿A qué entonces tanta imbecilidad femenina?, ¿cuál es la razón de despreciar los cabos de la inteligencia y de la moral para exonerar a quien comete actos equivocados?

Una eterna menor de edad

Con estos vestidos y mañas, ¿se imaginan a Cristina de Borbón y Grecia en el trono de España y saludando desde el Palacio de Oriente? Yo tampoco. Y no solo eso. Mientras las mujeres saudíes, sin sangre azul, verde o carmesí por sus venas, luchan por salir de las mazmorras de la oscuridad y tratan de convertirse en sujetos de derecho, nuestra niña, a la que bautizaron seguidora de Cristo o “Cristina”, sigue empeñada en deshonrar el ducado de Palma, continúa entre gambitos extraños reclamando permanecer dentro de los fueros inexpugnables del privilegio, perpetuarse en los altozanos de la asimetría legal, en la oscuridad del burkha. Por tanto, fuera del marco democrático de la mayoría de edad. Y de la responsabilidad.

Lo dicho: este relato principesco que ni siquiera posee lomas poéticas para un cuento de Navidad es una de miles de señales nada democráticas que, tiempo ha, mancillan el paisaje y paisanaje de este Reyno. Y lo siento porque colorín colorado este cuento aún no ha acabado.

Que pasen una verdadera noche de Reyes.


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