Blogomaquia

Los políticos son el problema

En mentideros y salones se cuenta que Víctor Manuel, por eso de saberse icono de la progresía, ocultó la creación de una elegía suya dirigida al dictador Francisco Franco Bahamonde, titulada Un gran hombre. No hay de qué sorprenderse: en todos los sitios cuecen habas, pues hasta en la propia Francia Simone de Beauvoir (criticada junto a Sartre por su nulo compromiso con la Resistencia) estuvo trabajando con los colaboracionistas en “Radio Vichy”. Ahora bien, a diferencia del país vecino, aquí aún no se han levantado las alfombras para limpiar el polvo que nos nubla la visión.

Fugas del pasado

"No está en juego un proyecto partidista sino la integridad de la Nación", ha declarado recientemente y con solemnidad José María Aznar ante las estampidas de insumisión de CIU y Esquerra. Palabras relamidas y sansónicas, aunque huecas, si recordamos que como Presidente de España negoció con quien, entre otras boutades, defendía que hablar español era hablar la lengua del franquismo. Y es que el pacto de Majestic (1996), firmado entre Aznar y Pujol, no solo dio alas a la asimetría autonómica catalana, sino que bendijo, con el descabezamiento de Vidal-Quadras, la imposibilidad de estudiar castellano en los centros catalanes de enseñanza.

Nacido en Valladolid, canta a los cuatro vientos su León-idad como rasgo personal. Le gusta además recordar la memoria de su abuelo paterno. Y afirmar, cuando puede, que murió fusilado por "defender los valores de la democracia en la Guerra Civil española". Eso sí, Rodríguez Zapatero, el que viste y calza que el concepto de nación es “discutido y discutible", siempre olvida decir de su dilecto ancestro, el capitán Lozano, que estuvo en 1934 al lado del mismísimo Francisco Franco sofocando, pistola en ristre, la insurrección de Asturias.

En pleno franquismo, nacía en Alcampell, un pueblecito de Aragón, un tal Durán. Y sus padres, en honor al poderoso fundador de la Falange Española, le bautizaban “José Antonio” en letras grandes castellanas. Hoy, coronado su esfuerzo neoidentitario entre quienes, cree, son los suyos, ha logrado catalanizar hasta los cruasanes de su suite madrileña en el Hotel Ritz porque la identidad, ay, madre, es un asunto muy serio, eso sí… no sin antes expresar el tal Durán que la inmigración -¿lo dice por gente como él?- constituye un problema para la identidad catalana.

Un sacerdote de la “A” a la “Z”, para más señas “jesuita”, adorador de Dios y amante incondicional de la vida humana, quiso un buen día alejarse de la senda de lo sagrado y ocuparse de los asuntos terrenales. Por empatía histórica con los rebeldes carlistas cuyas historias escuchaba de niño, Arzalluz decidió unirse a los que transitaban los caminos del tiro en la nunca. Eternos aliados de Franco, los del PNV -Arzalluz se afilió a esta coalición ultraconservadora-, llevan décadas realizando extraños kamasutras con la gentuza de ETA, Bildu, Sortu, Amaiur…, igual que antes practicaron todo tipo de contorsiones al lado del Generalísimo.

Vamos a contar mentiras ♫

A base de deshojar la margarita, los políticos pasan horas falseando la Historia y jugando al funeral de los recuerdos, mientras dejan en el tintero detalles interesantes. Evoco este aspecto ya que desde la Transición nuestros líderes manipulan a su antojo los sucesos históricos para aparentar que fueron bravos luchadores “antisistema”. Y auténticos campeones de la libertad.

Preguntado en una ocasión Horacio Vázquez-Rial sobre qué era la política, con la sagacidad de quien ha vivido en muchos frentes, contestó que “la política es la administración de la historia”. Y su respuesta sigue siendo acertada, puesto que en la administración política de nuestra Historia se cuelan muchas mentiras, demasiadas, como aquélla que realizaba con cínica distinción Miquel Roca cuando exponía que “una cosa es haber sido alcalde franquista y otra, alcalde en el franquismo”, como si esa distinción hubiese alguna vez sido posible.

Ante retóricas mentirosas o ante la continua falsificación del tiempo histórico, decía Anaxágoras (s. V a. C.): “si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía”. Pero, salvo los maquis y un puñado de comunistas, nadie, absolutamente nadie combatió en este país contra el franquismo, ya que la mayoría, lo señaló Enrique Tierno Galván, se dejó balancear por el viento de los acontecimientos.

La paradoja de Karl Popper

Carentes de cualquier rasgo de modernidad, asfixiados en metafísicas antediluvianas, nuestros políticos constituyen, por retrógrados, un peligrosísimo obstáculo para el desarrollo y bienestar de los ciudadanos. Cual parásitos, y sin pensar jamás en el bien general, viven como clase cerrada para y por sus intereses, es decir, alejados aristocráticamente de las desventuras de la gente de la calle y ajenos a cualquier voluntad de gestionar la crisis con éxito. Y, peor aún, a partir del botín de las instituciones del Estado, han conseguido preparar las exequias del régimen del “1978”, pues, según parece, han cumplido al pie de la letra la paradoja popperiana de que la democracia puede democráticamente rechazarse a sí misma.

Obsesionadas por resucitar los epiciclos y ecuantes de la astronomía ptolemaica, empeñadas en volver antidemocráticamente a un pasado predemocrático, estas oligarquías están dispuestas a hacernos extranjeros, a inexplicar lo explicable, a buscar el origen fundacional del Universo en los fueros de la IIª República (PSOE, IU), en la pureza de la raza euskérica (PNV, SORTU, BILDU), en los espejismos centenarios de catalanidad suprematista (CIU, ER, PSC), cuando no, a airear las raíces de una Andalucía prehispana (CUT-BAI), de una Galicia celta (BNG), y de paso demostrar la prehistoria del País Valenciano (CPV), incluso el sustrato no europeo de Canarias (MPAIAC), entre otros cometidos.

Tanta necedad es lo que ha hecho posible que la inmensa mayoría de las coaliciones de este país haya trabajado por inocular el virus del “patriotismo inverso”, entendiendo por “patriotismo inverso” el gesto postfranquista de buscar más cuotas de poder por la vía de falsear la Historia e inventar nacionalidades extranjeras y esconder, bajo la propaganda del calamar, la ineficacia y miseria ideológica de sus dirigentes políticos cada vez que, en salmodias fractales, repiten el algoritmo babélico del nacionalismo sin solucionar, uf qué cansancio, los problemas reales de la ciudadanía.

Así que sí: aquí, como en otros lugares del mundo, los políticos son el problema, un gravísimo problema.


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