Blogomaquia

¿Dónde está mi periódico?

Voces, enfados. Alguien reclama su periódico. Y no porque sea suyo. Simplemente es que no está ahí, en ese momento, el periódico que con sistémica regularidad acostumbra a leer. Y en ausencia de ese álter ego llamado“periódico” tiene que hojear otro. Y eso es un revés, una bofetada en la cara a su narcisismo.

El guión que describo, aunque en tono satírico, no resulta inusual. Al contrario, delata algo muy frecuente, a saber: que tenemos nuestras fobias y, claro, nuestras correspondientes predilecciones. Y, en relación a éstas, la elección de un rotativo viene condicionada por las pulsiones ideológicas que posee cada persona que, a su vez, busca en las noticias un tipo de anatomía narrativa que se acople a su manera de pensar. De lo que se deduce que el gesto de identificarnos con una determinada publicación nunca constituye un hecho inocente y, menos, un suceso trivial.

Pero, si sabemos esto, ¿por qué nos resistimos a leer otros periódicos o por qué pecamos de inflexibilidad? Primero, porque somos seres previsibles, animales de costumbres, es decir, “somos más monos que el mono”, como diría  Michael Landmann. Y, en segundo lugar, porque cada día y de forma progresiva adelgazamos el espacio dedicado a la reflexión. Y, quizá por tal motivo, confiamos, damos crédito a explicaciones ajenas y, debido al modo en que vivimos: con prisas y faltos de tiempo, aceptamos sin cortapisas, y demasiado a la ligera, las ideas de los demás. Con lo cual, incluso sin quererlo, en el acto de preferir un tipo de prensa, en detrimento de otra,  nos convertimos en personajes activos que demandan una clase de historias, de crónicas, de noticias..., igual que cuando efectuamos la compra en el supermercado adquirimos unos productos. Y no otros.

Juego de afinidades

“Yo leo con tijeras, perdóneme usted, y corto todo lo que me desagrada. Así tengo lecturas que no me ofenden jamás”.Esta cita de J. P. Dauphin y H. Godard está impresa en los viejos Cahiers Céline (1976). Ahora bien, lo importante es que con una perspectiva tan egomaníaca dejamos a la deriva la aventura del conocimiento, al tiempo que colocamos andamios para mantener a raya la realidad que estéticamente incomoda. Por tanto, ¿para qué acudir a lugares periodísticamente distintos si la vulgata de mi periódico ya me ofrece dibujados, con claridad cartesiana, los límites perfectos de la noticia?

A partir de estos pésimos hábitos de lectura se pone de manifiesto cuán lejos andamos de obtener información de calidad, sobre todo en el instante en que engullimos cocina periodística “rápida” y “rica” en mensajes manidos que no amplían ni elevan el debate, que no ensanchan tampoco el horizonte de la realidad, sino que generan tópicos, “pensamiento en pack” como señala Carmen Posadas, de forma que, dice esta escritora, algunas personas “leen a sus iguales para que los reafirmen en lo que ya piensan de antemano”.

Mal que pese

Estos comportamientos apenan porque nos achican, porque nos  quedamos satisfechos con fuentes liliputienses de información, porque, en fin, parece que deseamos convertirnos en aquellos seres mitológicos, los Cíclopes, que solo tenían un ojo. Y por falta de espíritu crítico, atrapados en ese gusto reduccionista y obsesivo por fidelizar y visualizar nuestras preferencias ideológicas volcando nuestros apetitos en el baile de palabras de un único periódico, al final revelamos ignorancia, conservadurismo. Y miedo.

Mal que pese, las palabras no son alimento espiritual, por lo menos cuando hablamos de “buen periodismo”. Las palabras son, en todo caso, herramientas indispensables con que analizar y desenredar la complejidad de los sucesos sociales. Y a veces logramos bastante luz. Y en otras circunstancias conseguimos menos certezas de las esperadas. Así que hacer del trabajo periodístico un castillo en cuyo interior cobijar nuestra credulidad no es información. Antes bien, es un error, amén de un acto indigno de manipulación que conduce, entre otros escenarios, a leer lo que no ha sucedido.


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