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La papeleta del separatismo

Emplear ejemplos que trascienden la casuística no es peculiaridad de hoy. Prat de la Riba comenzó la carrera de las comparaciones al citar, hace 120 años,  las similitudes entre Cataluña y Polonia. De ahí nacería el chascarrillo (que aún sobrevive) sobre los “polacos” de los catalanes.[1] Por supuesto, luego vendrían más y más analogías. Recientes, las de Quebec y Escocia.

Y, dado que una cosa lleva a la otra, en fechas cercanas hemos visto a los jefes del independentismo escocés querer plantear otro referéndum por no aceptar los resultados de la primera votación, asunto que corrobora algo que ya sabemos: que los independentistas pretenden reordenar la realidad a partir de sus deseos o, lo que es igual, que el  independentismo funciona a imagen de los gases que, al calentarse, se expanden si no hay obstáculo que los contenga. Por tanto, ¿para conquistar la secesión cuántas votaciones son necesarias cuando los sufragios registran el “no”? Esto se planteó a raíz de las repetitivas, por fallidas, consultas separatistas en la región canadiense de Quebec.

Democracia sin ley

El auge de los populismos se debe al abandono de querer vivir en horizontes abiertos sin trampas legales territoriales. El ascenso de los populismos se explica a partir de quienes codician disfrutar de mayores cotas de poder y, por medio del control de las instituciones del Estado, encabezan un movimiento, en clave nacionalista, de acantonamiento de la administración regional.

Dicho esto, y a diferencia de lo ocurrido en Canadá o en Reino Unido, en los actuales territorios insurrectos de Ucrania, Donetsk y Lugansk, sus dirigentes no han respetado ni la forma ni, menos aún, el contenido de su Constitución, igual que viene sucediendo en Cataluña, pues en esta autonomía unos pocos desean separarse de los muchos y, en un ejercicio límite de poder que transgrede el marco de la Carta Magna de España, planifican al milímetro el incumplimiento de la ley.

Que la presente élite catalana diga que ansía sentir empatía histórica con tiempos pretéritos no es algo que interese demasiado, más allá de la anécdota. En cambio, sí importa y mucho la desconfianza que exhibe dicha élite hacia la legalidad del sistema democrático cada vez que reitera sus llamamientos al pasado. Y, además, cuanta más agresividad manifiesta contra los mandatos constitucionales, más esquiva se muestra al cumplimiento de la justicia y menos escrúpulos a la hora de vulnerar todo tipo de preceptos legales tiene esa oligarquía.

Así que no es de extrañar que la clase política catalana (que vive cual "fugitiva", ahogada en casos múltiples de corrupción) evada sus atracos monumentales a la ciudadaníasepultando su gansterismo bajo la bandera romántica de que cualquier demarcación, incluso democrática, constituye un ataque, una afrenta a la libertad.

Con la demagogia vino el desastre

Entre políticos de derechas e izquierdas que han alabado hasta la extenuación los senderos del patriotismo mágico destacó un tal Carod Rovira que solía incidir en que las mejores páginas de la historia de Cataluña “han sido siempre las etapas unitarias en las que hemos actuado como un solo pueblo”.[2] Los hechos vienen, sin embargo,  a desmentir esta fábula, a fuer de que enla convocatoria de 9 de noviembre no existen garantías de transparencia: en palabras deJoana Ortega, vicepresidenta de la Generalidad catalana, "no hay funcionarios, no hay censo, no hay registro" previstos. Y en la representación de este fraude cualquiera puede votar, lo ha denunciado en VozpópuliJavier Benegas.

La verdadera revolución, la que genera auténtica emancipación, digo, implica ejemplaridad política y moral. Un ejemplo de tal revolución sería poner en práctica el cacareado axioma de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley cuyo cumplimiento conllevaría aplicar penas de cárcel (y confiscación de bienes) a quienes desde los privilegios del poder público han esquilmado los bienes de la ciudadanía.

Por otro lado, el quehacer de la política nunca ha de alejarse de la supervivencia y prosperidad de los miembros de la comunidad. Pero con la demagogia vino el desastre, en estos términos diagnosticó Josep Tarradellas la actuación del nacionalista Jordi Pujol. Y apuntaTarradellas"La división cada día será más profunda, y se alejará más y más de nuestros propósitos de consolidar para nosotros y para España la democracia y la libertad a la vez que los equívocos que surgirán entre nosotros serán cada día más graves". Este comentario se completa con la misiva que dirige al entonces monarca Juan Carlos I:“[…]Si hoy insisto es porque me doy cuenta que los partidos políticos no lo tienen demasiado presente y continúan divagando y hundiéndose cada vez más en problemas ideológicos o personales. [3]

La mala gestión política, que provoca el aviltamiento ideológico, ningunea los problemas reales de los individuos, aunque de ello tienen la culpala mayoría de los partidos españoles, incluidos los del Gobierno de la Nación, que durante años han ido cediendo al culto de las esencias y desde la Transición hasta hoy han participado en el festín de diluir los derechos de los ciudadanos dentro de la ficción de los derechos de los pueblos. De esta manera, por la carretera de Xanadú, por la vía de la utopía, andan muy creciditos los separatistas, empeñados en dar pábulo a la identidad colectiva.

Qué papeleta de separatismo

En la Edad Media la desobediencia civil era justificada en aquellos casos en que los gobernantes incumplían las leyes establecidas. Pasados los siglos, y con el ascenso de los movimientos revolucionarios, la insumisión ya no valdría para reclamar el regreso al antiguo orden, sino para destruir la hidra del poder absoluto y derribar el statu quo en su totalidad.

En las últimas décadas, el principio de resistencia civil ha perdido prácticamente todo su baúl ideológico y, con la “apolitia” que nos acecha, las élites actuales han sucumbido a la indiferencia de la irresponsabilidad. Es más, por la pereza que conlleva cumplir las obligaciones jurídicas democráticas que juraron, han caído en el ensueño de tomar la libertad como capricho personal y signo de autorrealización.

De este modo, un puñado de políticos, convertidos en aventureros, viene a decirnos: “Hemos desobedecido y nuestra rebelión será para nosotros un título de gloria: hemos desobedecido y esta desobediencia honrará nuestros nombres; la posteridad nos tendrá en cuenta; nuestra resistencia será motivo de su afecto y respeto”.[4] Bueno, pues está por ver si esos representantes políticos tan corajudos logran salir de la quiebra económica que ellos solitos han generado.

Está claro que en política la estupidez no es a menudo obstáculo. Y algunos piensan que la escenificación de algo “más que una encuesta pero menos que un referéndum por la independencia”, opina Artur Mas, constituye el verdadero rito fundador de la democracia. Se olvida que resucitar el agonismo nacionalista implica matar el tempus real de la política, la cual, sin héroes ni mártires, solo desde el respeto a la ley, sirve para controlar la corrupción, para dotar de eficiencia a los servicios públicos, mejorar el bienestar social de los ciudadanos, optimizar las vías de participación democrática. En suma, perfeccionar el funcionamiento de la democracia.


[1] Enric Prat de la Riba y Pere Montanyola, Compendi de la Doctrina Catalanista, en La Renaixensa, Sabadell, 1894.

[2] Carod Rovira, La força de la unitat, publicado en el periódico Avui (26-X-2005).

[3] Josep Tarradellas (12-III-1981), Carta al Rey Don Juan Carlos I, en Jesús Conte, Tarradellas, testigo de España, Barcelona, Destino, 2011. Las negritas son mías.

[4] Gabriel Honoré de Riquetti, conde de Mirabeau (9-I-1790), Discurso en la Asamblea Nacional, en Mirabeau, Un pensamiento intempestivo, Buenos Aires, Leviatán, 2006, edición a cargo de María Victoria Suárez, p. 109.


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