Blogomaquia

Los nacionalismos en el país de las maravillas (II)

Ante las muestras de secesionismo que desde hace meses se producen en España, los mandatarios de la UE vienen cubriéndose con el velo del silencio. No es para menos, pues el símbolo político, burocrático y administrativo de ese crisol de naciones que es la Unión Europea descansa sobre la inestable ciudad belga de Bruselas, asediada por la falla del separatismo “Flandes-Valonia”. Esto significa que el fenómeno de las nuevas patrias, lejos de estar apagado, asoma por doquier. De hecho, con su bandera irrumpe en las islas Feroe (Dinamarca), también aflora en las Azores (Portugal), emerge en Escocia (Gran Bretaña), lo mismo que en Trentino-Alto Adigio (Italia), en Bretaña y Córcega (Francia), en el cantón de Jura (Suiza)… Y la lista sigue.

La naturaleza burguesa del nacionalismo

Usted no verá a un líder peneuvista comparar sus anhelos con las aspiraciones de un saharaui o de un armenio. Se medirá con quienes poseen riqueza y patrimonio, o sea, con los finlandeses, del mismo modo que a un dirigente catalán de CIU jamás se le verá buscar el reflejo de sus deseos en la imagen de los sudaneses del Sur, pero sí, en cambio, en la próspera  Quebec  y en la floreciente y glamurosa Milán. Lo cual demuestra cómo buena parte del origen de los nacionalismos arranca de las ambiciones burguesas de las élites políticas regionales.

A esto hay que añadir una obviedad fractal: que las (otrora) boyantes autonomías que exhiben plataformas independentistas son las mismas que vacían los bolsillos de los contribuyentes con mayores tasas de endeudamiento y peores niveles de gestión económica en la Res Pública local, son las mismas que,  en medio de la quiebra financiera de las Autonomías, anuncian los preparativos hacia el país de las maravillas. No es casual entonces que, cuando la Agencia Fitch amenazaba con rebajar la deuda de Cataluña a la condición de “bono basura”, casi al mismo tiempo el Sr. Artur Mas acudiera a su cita en el Ritz, el día 13 de este mes, custodiado por miembros de CIU, por dirigentes del Partido Nacionalista Vasco… y por el ex presidente autonómico catalán, el cordobés José Montilla, para explicar la épica independentista desde la lógica de los Borgia, “¡o César o nada!”, y pronunciar que “no nos hemos vuelto locos”.

Un detalle a tener en cuenta. Mientras la globalización y su consecuencia, la deslocalización de empresas, golpean el continente europeo; mientras los cinturones industriales dejan de serlo y la pobreza se socializa entre los desfavorecidos; resulta que en las pancartas nacionalistas no se leen reivindicaciones de mejora hacia la población marginada, que se cuenta por legiones en toda la geografía española hasta un total de 6.000.000 de parados. En la lucha por la soberanía solo aparecen peticiones de más poder para quienes ya lo tienen y son causantes, en buena medida, del empobrecimiento de importantes sectores de la ciudadanía, debido a su forma enloquecida de administrar las instituciones autonómicas al permitir la ruina en sus comunidades con casos de nepotismo, clientelismo, fraude y… una falta absoluta de higiene democrática.

Por supuesto, los nacionalistas, acosados por la penuria que desluce su sueño pequeño-burgués de viajar a “Matrix”, nunca admitirán que han cooperado en el avance de la pobreza, jamás que han generado un brutal desequilibro deficitario por los gastos suntuarios dirigidos a alimentar las muchas bocas de la burocracia nacionalista, igual que negarán haber entremezclado los intereses públicos y los familiares, los gubernativos y partidistas, hasta el punto de hacer de la política un lugar para el negocio, “para la aventura personal, un territorio para lograr concesiones, ventajas. Y nuevos privilegios”, como dije en otro lugar. 

La Era de las nuevas élites

Tras la muerte de Franco se intentó diluir, que no perseguir, los tentáculos de esa gigantesca oligarquía nacionalista que económicamente había crecido agarrada al mástil de la Patria “Una, Grande y Libre” y que, por otra parte, había sido culpable de mantener firmes los garrotes de la dictadura militar durante casi 40 años. La Transición y, más tarde, el artículo VIII de la Constitución sobre la organización territorial del Estado auspiciarían la creación de nuevas, y no menos vigorosas, oligarquías en el recién nacido mapa autonómico, postergándose negativamente y sine die: ofrecer mayores márgenes de libertad política a la ciudadanía, abrir vías de participación ciudadana, romper el modelo inmovilista de las listas cerradas, desmantelar el cesarismo autocrático de los partidos, limitar a dos los mandatos de los representantes públicos, imposibilitar la multiplicación “ad infinitum” de puestos políticos, hacer de la justicia un órgano independiente del poder ejecutivo, abandonar el régimen de inmunidad política, perseguir e inhabilitar a perpetuidad a quien, desde un cargo público, corrompe y/o es corrompido, etc., etc., etc.

Todo esto y mucho más no se hizo, pues nuestra clase política estaba centrada en consumar con rapidez la metamorfosis de un Estado totalitario a una sociedad libre. Y los partidos mayoritarios, por acción y omisión, alimentaron el leviatán victimista de los nacionalismos. “Leviatán”, decimos, porque fomentaba la aristocratización de los líderes, los cuales a su vez, espoleados por la sed de poder, no se centraron en hallar soluciones a los problemas cotidianos de las personas, ¡qué vulgaridad!, sino en jugar con imaginarios, ideologías y metafísicas.

Si a esto unimos que el hecho diferencial, que la búsqueda de una cultura identitaria “única”, que la reivindicación, a la manera de las mónadas de Leibniz, del multiculturalismo autonómico…, ha venido a favorecer a los privilegiados (élites, altos funcionarios, adherentes, familiares, amigos), entendemos por qué el Pueblo jamás saca provecho de los movimientos de liberación, sean éstos nacionalistamente de derechas o de izquierdas, de ultraderecha o ultraizquierda, entre otras cosas porque tal es el abismo que separa a la élite gobernante de la mayoría no gobernante que las distancias, lejos de acortarse en la deriva nacionalista, se dilatan y vuelven más extremas y asimétricas.

Concluyendo, que es gerundio

El nacionalismo hace de la mentira virtud. Además, forma parte de “la ciencia de los poderosos [que] intenta desde siempre borrar, en la experiencia del dominado, la posibilidad de distinguir claramente entre dominante y dominado”.1 Por eso, el nacionalismo es un movimiento ultraconservador que azuza las olas de una revolución romántica, esto es, antidemocrática, que anhela implantar un Estado despótico, paternalista, restrictivo con el uso de la libertad, y procura, en palabras del escritor Horacio Vázquez-Rial, hacer de la políticala administración de la historia”.

Dicho de otra forma. La organización de un modelo de administración pública basada en el idealismo nacionalista deviene -a todas las pruebas históricas contemporáneas me remito- en instrumento político de los pocos contra los muchos, tanto o más cuanto que el líder pasa de ser servidor público a convertirse en espíritu vivo de la voluntad colectiva y, por tanto, en amo y señor del Pueblo.

Consiguientemente, no existe ninguna equivalencia entre el Partido Nacionalista Vasco y el Pueblo Vasco, entre Convergencia y Unión y el Pueblo Catalán, entre el Partido Andalucista  y el Pueblo Andaluz, igual que no hubo ninguna equivalencia hegeliana entre el Pueblo Español y el modelo de Nación que Franco y sus acólitos brutalmente amarraron a las espuelas de sus zapatos.

1 André Glucksmann (1975), La cocinera y el devorador de hombres, Mandrágora, Barcelona, 1977, p. 27. Traduce Marga Latorre.


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